Luis Ángel Pérez de la Pinta. Fútbol no es fútbol

El 29

Periodista y formador
30 de Octubre de 2026
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Tren de Renfe en visión de IA. El 29, un regalo
Tren de Renfe en visión de IA. El 29, un regalo

El abuelo Donato creía en pocas cosas. Diría, de hecho, que ni siquiera en Dios, porque nunca le vi comulgar. Creer, que viene de las raíces indoeuropeas kerd (corazón) y dhe (colocar), vendría  a ser cosa tal que poner o dar el corazón por algo y, si me preguntasen, juraría que jamás le vi creer en nada más que en la infalibilidad de su mujer, en las posibilidades de su nieto (yo) y, esto sí más prosaico, en los trenes. Y digo en los trenes como concepto y no en la RENFE, donde le hubiese gustado trabajar, pero no pudo. En lugar de eso, se quedó en tornero mecánico (dicen que bueno) de Minas de Barruelo S.A, la empresa que sacaba en su pueblo el carbón gracias al que, hasta el abandono del vapor, los trenes españoles se movían por las vías que (mal)gestiona hoy eso que llaman ADIF.

Mi abuelo, que nació en noviembre de 1926 (él, el 8 y su mujer, mi abuela, el 29, pero lo celebraban juntos al llegar el de ella), no tenía coche y ni falta que le hacía, porque me llevó a todos los sitios tren mediante. Jubilado ya y con tiempo para ir (en tren) a donde le daba la gana tenía como bien muy preciado su Tarjeta Dorada, que enseñaba con orgullo parejo al que, imagino, emplearán los socios del Real Club de Polo de Barcelona cuando lucen carnet. Era, ya lo digo, hombre sencillo, pero se sabía de memoria líneas y estaciones. No había cosa más entretenida que sentarse a su lado en un vagón de RENFE, FEVE o del mismo Metro de Barcelona y escucharle explicar por dónde estaba uno pasando y por qué las vías cruzaban por allí y no por otro sitio. Su querencia férrea iba con todo más allá y, si no había billetes ni viajes de por medio, andaba siempre enseñando estaciones, vías, puentes, locomotoras y vagones. Nos gustaba, especialmente, colarnos, en aquella Barcelona en la que vivíamos siendo yo pequeño, en la Estación del Norte, abandonada entonces y reconvertida hoy en insulso paradero de autobuses.

El tren, decía siempre, era lo más barato, seguro y cómodo si de viajar se trataba, pero eso eran sólo excusas y lo veíamos bien claro cada vez que tenía que ir de viaje. Para mi abuelo, el tren era a la vez ilusión, divertimento y regalo que nos hacía, porque los billetes siempre quería pagarlos él. Gracias a eso, mi hijo y yo entendimos pronto que los trenes eran algo más que una forma de ir de un sitio a otro. Estos días, me acuerdo mucho de la felicidad tonta con la que, con ochenta y tantos cumplidos, subía al Avant, al Alvia o al AVE y de lo contento que se ponía al explicar historias de Talgos, TAF y Electrotrenes o hasta del oxidado Platanito que, al pasar por Castejón de Ebro, veíamos en una vía muerta desde el tren en el que viajábamos juntos hasta Palencia y, después y desde allí en el Cercanías, hasta Barruelo.  

Este verano, habiendo planeado quien suscribe un viaje con mi hijo los dos solos, quise ir en tren y repetir con menos traza tales cosas, pero vistas ciertas desgracias evitables y repetidas que rompen vidas y familias, eché mano del más prosaico coche e hice bien. Y es que hoy, hasta aquella certeza tonta que mi abuelo tenía, se ha acabado revelando como vana. Y no precisamente por la osadía de Stephenson, Goicoechea y Oriol, Sir Nigel Gresley o sus herederos, sino por la negligencia de tres tipos naturales, para más señas, de Valencia, Valladolid y el barrio madrileño de Tetuán. Servidor, curado ya de espanto, puede entender que haya gente para quien cierto carnet con una flor roja sea lo mismo que para mi abuelo la Tarjeta Dorada y, por eso, pueda llegar a disculparles a estos tres y su cuadrilla lo de las putas, entender que en lo de la amnistía había alguna buena intención, resignarse frente a lo de Ceuta y hasta tragar con lo de la mujer catedrática, pero, qué quieren que les diga: lo de los trenes yo no lo perdono y querría pensar que nadie en su sano juicio fuese a perdonarlo.

Hoy, y aquí y por su culpa, vías, vagones y máquinas ya no son esa promesa de futuro limpio, mecánico y casi mágico en la que creía mi abuelo y sí una evidencia de cuánto daño puede llegar a hacer un idiota o un malvado cuando se le deja acceder a donde no debe. Pero, como sé -y en eso sí que pongo el corazón yo- que los trenes son mucho más que máquinas, tengo claro también que, según cómo, se te pueden llevar por delante.

Por eso, ya sé qué regalo, estén dondequiera que estén, necesitan mi abuelo Donato y su señora de aquí a un mes para celebrar los 100 años que nunca cumplieron. Y que ellos lo tengan y que nosotros lo disfrutemos depende de todos este 29.

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