Luis Ángel Pérez de la Pinta. Fútbol no es fútbol

Agustina

Periodista y formador
23 de Septiembre de 2026
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Agustina de Aragón
Agustina de Aragón

Servidor, como mucha gente, tiene una geografía vital complicada y, por eso, entiendo mal ciertas querencias que, llevadas al límite, obligan a negar sentimientos ajenos. Es lo que tiene nacer en un sitio, vivir en otro y trabajar a 70 kilómetros de aquel en el que se me suele hacer de noche. A todo ese mapa, y para acabarla de liar, le he añadido además ahora y gracias a una mujer estupenda que se llama Mónica, otro punto más, éste en la linde de Lérida y Tarragona. El punto en cuestión, donde paso algún fin de semana, es la Espluga Calba y está cerca de otro pueblo, Fulleda, famoso por ser cuna de Agustina de Aragón, singular cañonera que, en vida, dio todavía más vueltas que yo y que, cada mes de septiembre es objeto allí, de un homenaje en forma de feria (Fira Heroica, lo llaman), que este día 19 tuve a bien visitar.

Agustina, famosa por circunstancias bien conocidas en Zaragoza y arrabales, nació allá por 1786, no se sabe si en Reus o en Barcelona, pero de padre y madre naturales del citado y pequeño pueblo leridano. Por eso, cada año, se celebra allí en memoria suya la citada feria, que acerca hasta la villa a curiosos que aprendemos, vía recreación histórica, un poco más sobre la mujer que, sola y desde un cañón rodeado de muertos, dio a la francesada lo que no esperaba durante el primero de los dos asedios a los que los alonsanfans sometieron a la Ciudad Inmortal. Los heroicos cañonazos de la hija de fulledanos tuvieron, con todo y como es bien sabido, eficacia sólo momentánea, ya que Zaragoza capituló en febrero de 1809, tras el Segundo Sitio. Después de la guerra, hasta cuyo final nuestra heroína siguió combatiendo a los nietos de Richelieu, Agustina se mudó a Sevilla y, después, acabó en Ceuta, donde residía una hija suya esposa de militar. Allí, en la hoy tristemente de actualidad ciudad autónoma, murió a los 71 años de bronconeumonía.

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Tal peripecia, sea dicho, se explicó más o menos ante un respetable que andaba más ocupado en catar vinos, cervezas y quesos que en atender a una representación en la que no había franceses (napoleónicos, les llamaban los actores) ni españoles (‘bando popular’, decían) y, a lo que aquí conocemos como Guerra de Independencia se llamaba ‘Guerra del Francés’. Con todo, tuve suerte: nadie llegó a definir España como ‘realidad discutida y discutible’ pero, eso sí, no vi a la émula de Agustina que allí se batía invocar ni a San Jorge ni a Santiago y por supuesto, tampoco la oí soltar siquiera algún que otro ‘Muere, gabacho’ como los que la Agustina real seguro dijo. Por lo visto, según gritaban aquellos mozos, en la Zaragoza de 1808 se luchaba por “la llibertat”, que era la única bandera que allí se defendía. Después, cuando me explicaron que el alcalde del lugar ganó las elecciones de 2023 presentándose bajo la marca blanca de ERC, todo empezó a encajar, especialmente el afán que los tres actores tenían en presentar a Agustina como una mujer ‘empoderada’, que eso sí lo repitieron mucho.

El invento, sea dicho, no estaba mal, pero costaba de entender si, en vez de con TV3, acostumbrabas a merendar con Barrio Sésamo. Con todo, el homenaje, incluso con aquella representación tan singular, llevó aquel domingo hasta Fulleda a más de 300 personas, cifra no menor para un pueblo de 87 vecinos. Ahí llegados, con mi geografía personal a cuestas y el panorama que tenemos estas semanas todos encima, no pude evitar pensar cómo, con otro munícipe más osado, la jornada podría haber lucido mucho mejor y los 300 hubiesen llegado a 900 o más con el consecuente beneficio maximizado, porque los quesos, vinos y cervezas que allí se cataban eran de los que se venden solos. Hubiese bastado, de hecho, con traer hasta a aquella campa y para dejar ramos de flores junto a la escultura de la heroína que preside la entrada del pueblo, al presidente de Aragón, los alcaldes de Barcelona y Reus, el cónsul francés en Barcelona y, ya puestos y visto dónde murió Doña Agustina, a Juan Jesús Vivas, que Agustina tiene también calle en Ceuta. La transversalidad no tiene siempre que ser políticamente correcta, pero qué le vamos a hacer.

A Agustina, que debe mirar el tinglado que cada septiembre se monta en el pueblo de sus padres desde algún sitio si es que de verdad hay algo después de este valle de lágrimas, creo que le hubiese encantado porque, aunque ciertamente ‘empoderada’, sí que tenía más banderas que la de libertad. Y es que, si Agustina nos enseñó algo en aquella Zaragoza sitiada hace casi 220 años, fue que hay que hacer cuando se te mete en casa gente extranjera con malas intenciones. Quedó claro en 1808, cuando la soldadesca francesa invasora y prepotente que no respetaba ni honras ni haciendas nos invadió porque un rey felón le había abierto la puerta y debería resultar diáfano ahora, cuando Ceuta (donde la Artillera terminó sus días) ha sido invadida por un ejército irregular marroquí que, aunque sin armas ni uniformes, tampoco respeta nada y está aquí por culpa de un presidente que no sabe cerrar con llave ni la frontera ni su móvil. No sé, igual miro a ver si me hago con el teléfono de Jordi Arbós, que así se llama el alcalde de Fulleda, y le propongo darle una vuelta a esa feria suya a ver si así recordamos todos para qué sirven los cañones y qué es y qué hace un invasor. Igual, así, entendemos todos que la patria no es sólo el pueblo donde has nacido, sino también los de todos los que se baten por ti cuando un mal vecino se te mete hasta la cocina, se sienta en la mesa y te exige una tortilla. Vista en ésas, me juego medio hígado a que Agustina les hubiese plantado delante a estos de ahora dos huevos fritos con jamón pero, por desgracia, hoy ni a eso nos atrevemos.

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