Antonio Naval

Y ahora, ¿qué?

05 de Septiembre de 2026
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La gran Parroquia de Santiago, muy concurrida. Y ahora, ¿qué?
La gran Parroquia de Santiago, muy concurrida. Y ahora, ¿qué?

No hay colectivo comprometido con la  eficiencia que menosprecie y deje perder a quien probadamente la está proporcionando. Si para curarse en salud ante un patético declive se presenta el futuro bajo la justificación de que faltan viñadores, se pone en evidencia un  osado y aturdido sinsentido con un semejante menosprecio. Si a esto se añade, como se debe tener en cuenta, que se le pidió compromiso liso y llano, y que este se prestó, que  vino de fuera, se formó a gusto de sus empleadores  y les dedicó toda su vida, la única conclusión posible es que la empresa, o lo que sea, ha perdido el oremus y está sumida en el atolondramiento. No es el único caso. La manifestada indiferencia es cruel falsedad si no se ha hecho nada para evitar una deserción, que en este caso es denuncia. Y si detrás hubiera ajustes, represalia muy frecuente cuando un incompetente se posiciona en poder, sería de humillante repercusión  en el colectivo clerical. Molesta quien  funciona y molesta más quien funciona mejor. El sentirse en evidencia ante el buen hacer de otro responde a carencias y limitaciones personales de los actuantes, y esto es frecuente en quien obtiene poder. Se diga lo que se diga con el pretexto de reorganización pastoral, esto es otra canallada.

No se pretenda ahora justificar diciendo que se respeta la opción personal. Suena a sarcasmo. El Ordinario está informado por el advenimiento de problemas con lo que hoy se identifica como acoso laboral (mobbing) de su staff. Han cambiado los tiempos y  hay situaciones que ya no se arreglan con consideraciones  piadosas  o jaculatorias pretendidamente alentadoras.

La ciudad de Huesca, con 50.000 ciudadanos ,está adecuadamente  servida por ventanilla única y tres tanatorios. De aquellos son menos de 2000 los fieles que en fin  de semana van a las diez parroquias, a la misa dominical. La estructura parroquial ha sido muy útil, incluso para  la administración civil de la ciudad, durante muchos siglos. Otra cosa es que lo de crear comunidad no haya  pasado de ser un deseo más que un logro en cuanto dejó de ser una exigencia la pertenencia territorial a una determinada parroquia. Los practicantes hoy asisten a misa allí donde están más cómodos, porque son más llevaderas, más inteligibles,  menos largas y tediosas o, simplemente, porque el cura es de buen parecido. Aunque se diga lo contrario, y a disgusto de lo que se intentó con la reforma del Vaticano II, la parroquia no ha sido la célula para formar comunidad. No ha resultado  la comunidad deseada. Mientras la misa sea simplemente la misa y no consiga el concepto y nivel de celebración eucarística, no pasará de ser una práctica religiosa preferente a nivel personal, pues ofrece el añadido de la puesta en escena con tintes cuasi mágicos  que siempre fueron un atractivo. Por eso ahora se llega a reclamar el volver a hacerla en latín. Incrementa el misterio y la magia centrada en frases-fórmula. Es más que una constatación que los fieles asistentes ocupen asientos aisladamente repartidos por toda la iglesia.

Hace décadas que las diez parroquias de la ciudad debían tener  un servicio único de burocracia y gestión, incluida Cáritas, primeras comuniones y confirmaciones. Se ha intentado con algunas de las preparaciones de asistencia obligada, para los devaluados siete sacramentos. Dado el apabullante hundimiento  de la práctica sacramental fundamental en el catolicismo el cura está quedando relegado a un papel de  mero mantenedor en eventos de motivación, costumbre o tradición religiosa, si no se  reclama su presencia como mera comparsa. Guste o no guste, no da para más.

Junto a esto hay que tener presente que en la pretendida reorganización ofrecida en este obispado no hay que hacer un esfuerzo para intuir que un cura difícilmente se va a interesar por cualquiera de las otras parroquias que le quedan lejanas afectivamente, cuando no pocas veces ha limitado su interés en la que era de su su adjudicada responsabilidad. Es tan simple como constatar lo que sucede cuando por necesidad de suplencia  va ocasionalmente a cumplir con una asistencia a otro lugar. Es un favor que se hace. Allí acaba todo.

Por otra parte, nadie consciente  del problema va quedar al margen de pensar que aquel caso o casos, de buen funcionamiento parroquial por la preparación específica de sus gestores para trabajo en común, por el entrenamiento de su equipo en un mismo trabajo e ideario colectivo, con eficiencia probada en crear comunidad incluso gran familia en su entorno, va o van a asumir que otros vengan a escudriñar su probada eficiencia e introducir matices. La minusvaloración de lo conseguido es el peor agradecimiento a la dedicación continuada. Este es el trasfondo de la realidad de lo sucedido en la parroquia de Santiago.

Fundamental y de obligado reconocimiento es el papel que desempeñan los curas y seminaristas inmigrantes dispuestos para colaborar en prestaciones diocesanas, pero no se pueden pasar por alto sus variadas y vitales aspiraciones al venir a este país. Es una barbaridad encargar su reciclaje y adaptación a quien debió ser sometido a un centro de reeducación por sus precedentes curriculares. El ordinario estaba informado de lo que hubo de capricho, en 2023, consecuencia de la impericia y falta de preparación para la  mutación del organigrama  tradicional. Una cosa es ser experto y otra querer llamar la atención acaparando protagonismo.

Por razones de evitar conflictos con el secular ordenamiento jurídico de la institución y por no mermar el montante de ingresos transferidos  desde la Conferencia Episcopal pueden mantenerse las en otros tiempos útiles parroquias. Pero asumiendo como referencia de actuación  que el culto tradicional  esta reducido a que la parroquia sea poco más que una estación de servicio ocasional. Es una falacia pensar que actualmente una parroquia crea identidad más allá de ofrecer conciudadanía a las celebraciones festivas de barrio. Hace falta pericia y son excepcionales los logros. La de Santiago ofrecía nivel.

De los edificios de culto de siempre, los históricos, con alto riesgo de no quedar en otra cosa que oportunidad para visitas de curiosos y turistas, aún desprovistas de gestión como se propone, merecen mantener su rango distintivo, el cultual,  ofreciendo, por ejemplo, asistencia a misas, quizá no más de una semanal, que den perdurabilidad y lustre a su razón histórica de ser y siendo el lugar de celebraciones extras para cofradías, procesiones, festividades de titulares, festejos de barrio…  y actos relacionados con una religiosidad, la de siempre, no necesariamente la deseada, pero inveterada, que también tiene su razón para ser cuidada.  

Sigue sin asumirse que la mujer ha sido el agente determinante y destacado en el mantenimiento del catolicismo. Sin ella, probablemente ni hubiera pervivido. Es necesario aceptar que la práctica sacramental ni es la que siempre fue ni se puede pretender que vuelva a serlo.  Confunde decir que faltan curas. Su papel ha mutado y está trastocado. Lo que falta es aceptar que el cura ya no tiene lugar para ser lo que fue durante siglos. Es otra la dedicación y organización necesaria, partiendo  de la constatación de que la realidad es diferente, y solo como recuerdo es la histórica. Consecuentemente no se trata de proclamar que se cree en los laicos sino de que se les dé el protagonismo que en los orígenes tuvieron cuando el papel del presbítero, no del sacerdote que es creación posterior, era dar relevancia al encuentro de la comunidad para hacer memoria del crucificado.

Y que no se diga que ha habido consulta previa, porque no es cierto y mucho menos que se está llevando  a la práctica lo que ahora se llama sinodalidad, que implicaría trabajo conjunto, consulta y escucha a lo sugerido. Lo vivido y celebrado  días atrás en la iglesia de Santiago denuncia otra realidad: ni se ha dado justificación de lo allí motivado ni la hay. Es otro antojo y  desenmascara el atolondramiento del Staff del Obispado.

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