Desde antes de aprender a leer, mis humildes padres se esmeraron en regalarme cuentos que ellos me explicaban según pasaban las páginas conmigo. A partir de los seis años, los regalos de fechas señaladas siempre incluían algún libro y en casi todos los domingos había un tebeo, lo cual me deparó muchas risas con los personajes del gran Francisco Ibáñez. En mi adolescencia continué gestionando yo misma esto de los tebeos gracias a las propinas, un dinero que estiraba en un establecimiento de cambio de ejemplares de San José, el zaragozano barrio donde crecí.
Así me convertí en lectora. Lectora en casa, lectora en el Parque Pignatelli en torno a la caseta donde prestaban libros. Lectora en los interminables viajes en el tren Correo, cuando el trayecto Zaragoza-Valencia duraba diez horas. Llegaron a mí Elena Fortún con aquella Celia traviesa, Enid Blyton y sus chavales investigadores. Llegaron obras como El Diario de Ana María y también otras perfumadas de moralina como El libro de la joven y Pregúntale a Alicia. Llegó la biblioteca del colegio, en cuya puesta en marcha colaboré en el verano de 1973 forrando los primeros títulos que allí aterrizaron.
Ahora, ultimada la revisión de mis memorias escolares con vistas a publicarlas, me duele mucho el resultado del informe Pisa. Mi gran amiga, la lectura, ha salido destrozada. ¿Cómo sobrevivir sin leer? ¿Cómo pueden los jóvenes renunciar al vehículo de comunicación que es la palabra, cómo han llegado a aniquilarla con moñacos, con signos que pretenden expresar un objeto, un estado de ánimo…? La dificultad de compatibilizar el horario laboral con el familiar seguramente está también detrás de este fracaso que apisona a toda la sociedad. ¿Qué plan de estudios puede construirse si falla el cimiento de la comprensión lectora? ¿Qué urgencia enfermiza, qué ansiedad de saltar de pantalla a pantalla ha sustituido al goce de seguir el desarrollo de una historia, a la pasión derivada de recorrer líneas y párrafos, de emigrar a otros mundos, de soñar entre los versos que alguien decidió escribir?
Apisonados han quedado los docentes, seguro. ¿Cómo exponer y guiar en diferentes asignaturas si el alumnado vive grapado al destello de un WhatsApp? Apisonados todos en general. ¿Cómo abordar las dificultades cotidianas si ni tan siquiera se levanta la vista del móvil para saludar? Ya no se habla. Ahora se instagramea o se ticktokea. Ahora se calla con la cabeza agachada, en la sumisión a ese teléfono móvil que avasalla incluso desde cochecitos de bebé.
¡Qué afortunados fuimos quienes contamos con padres que nos iniciaron en las maravillas del verbo leer!