Silvia Mellado, de Verdes Equo

Los bulos también alimentan los incendios

Docente y política
27 de Julio de 2026
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Los bulos también alimentan los incendios
Los bulos también alimentan los incendios

Cada gran incendio deja dos huellas.

Una, la que vemos sobre el terreno: bosques calcinados, pueblos amenazados, personas desalojadas que no saben si tendrán una casa a la que volver, agricultores y ganaderos que pierden el trabajo de toda una vida, brigadas jugándose la piel para proteger a los demás, ecosistemas perdidos que no se recuperarán.

La otra es menos visible, pero igual de peligrosa: una avalancha de bulos, medias verdades y explicaciones fáciles que solo aportan ruido e impiden hablar de las verdaderas soluciones.

"No nos dejan limpiar el monte".

"Ya no se puede ni coger una piña".
"La culpa es de los ecologistas".

Y mientras se discute sobre eso, el monte sigue ardiendo.

Sobre el bulo de "no nos dejan limpiar el monte", en Aragón un propietario puede aprovechar hasta 15 toneladas de leña de su monte con una simple comunicación a la Administración que, además, puede hacer desde el móvil.

El problema no es que la ley lo impida. El problema es que durante demasiados años las comunidades autónomas, que son quienes tienen la competencia en gestión forestal, no han invertido lo suficiente en prevención ni han mantenido una estrategia continuada. Nos hemos acostumbrado a gastar mucho dinero apagando incendios y bastante menos en evitar que se produzcan.

Siguiendo con las frases más repetidas está el clásico: "La culpa es de los ecologistas". Resulta paradójico. Mientras algunos siguen hablando de "fanatismo climático", la ciencia y el movimiento ecologista llevan décadas reclamando más prevención, más gestión forestal, paisajes en mosaico, más ganadería extensiva, la recuperación de los aprovechamientos tradicionales del monte y una mejor adaptación de nuestros bosques a un clima que ya ha cambiado nuestra vida.

Hay dos frases que me preocupan especialmente por el daño que están causando.

"Siempre ha hecho calor en verano". Y: "Toda la vida se ha hecho así".

Claro que siempre ha hecho calor en verano. Nadie discute eso. Lo que ha cambiado es la intensidad y la duración de las olas de calor. Y también ha cambiado el monte. Tenemos más superficie forestal, más continuidad de combustible y veranos más largos y secos. Pretender combatir los incendios de hoy con las ideas de hace cuarenta años es condenarnos a repetir los mismos errores.

Por eso preferiría menos opinión gratuita y más conocimiento. Más ciencia. Más ingenieros e ingenieras forestales, agentes de protección de la naturaleza y profesionales que llevan años estudiando el comportamiento del fuego. Y también más personas que viven y trabajan el monte cada día. La experiencia y la ciencia no compiten; se necesitan.

No se trata de elegir entre tradición y ciencia. Se trata de ponerlas a trabajar juntas. Los incendios del siglo XXI no se combatirán ni con nostalgia ni con ocurrencias, sino uniendo el conocimiento científico actual con la experiencia acumulada durante generaciones en el medio rural.

Porque gestionar un monte no consiste solo en pasar una desbrozadora. Es recuperar aprovechamientos forestales. Es apoyar la ganadería extensiva. Es favorecer la presencia de grandes herbívoros allí donde tenga sentido ecológico. Es mantener un paisaje en mosaico que dificulte el avance del fuego. Es gestionar pensando en los próximos veinte años y no solo en el verano que viene.

También es apostar de verdad por la prevención.

Nos acordamos de las brigadas cuando aparecen rodeadas de llamas en los informativos. Pero su trabajo más importante casi nunca abre un telediario. Lo hacen durante el otoño, el invierno y la primavera. Si de verdad creemos que prevenir es más inteligente que apagar, habrá que darles estabilidad, medios y condiciones laborales dignas para trabajar todo el año.

Y hay otra responsabilidad de la que también conviene hablar.

Cada verano siguen produciéndose incendios provocados por negligencias perfectamente evitables. Personas que utilizan maquinaria capaz de generar una chispa en días de riesgo extremo, incluso cuando las restricciones lo prohíben. Siempre hay alguien convencido de que "a mí no me va a pasar"... Hasta que pasa.

Las restricciones no existen para fastidiar a nadie. Existen porque sabemos cómo empiezan demasiados incendios. Saltárselas no es una muestra de libertad. Es una irresponsabilidad que puede acabar costando un bosque, una explotación agrícola, un pueblo o incluso vidas.

Los incendios forestales son cada vez más complejos.

Nuestra respuesta también tiene que serlo.

Menos bulos. Menos frases hechas. Y mucha más ciencia, mucha más gestión del territorio y mucha más prevención.

Cada gran incendio deja dos huellas. Una la provoca el fuego. La otra, los bulos que nos impiden aprender, avanzar y entendernos. Los incendios del futuro no se evitarán con las respuestas de un pasado que ya no existe. Cuanto antes lo entendamos, más bosques, más pueblos y más vidas podremos proteger.

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