Antonio Naval

Carnaval, Carnaval

09 de Marzo de 2026
Guardar

Ciertamente, en el fondo, uno queda contagiado de la complacencia colectiva al percibir la satisfacción de los que disfrutan de la mascarada carnavalera como oportunidad para olvidarse de su día a día. Mascarada en la que, curiosamente, abunda la gente madura junto a los niños. Tómese nota. Se han difundido muchas imágenes de otros carnavales. Encuentro particularmente sugerente el de Venecia. Es distinto por singular. Hay belleza, sensibilidad y buen gusto. Aunque ha ofrecido más belleza  y más buen gusto frente a la actual creciente búsqueda de estridencia. Se ve que ya no es solo llamar la atención con estilo sino atraerla  incluso con el recurso a lo estrafalario. La mascarada veneciana siempre ha sido selectiva por costosa pero de selecto y delicado gusto. Está evolucionando al despilfarro exhibicionista que siempre exige querer estar “un gradino sopra”.

Hay otra constatación: quienes llevan máscara se ocultan porque desean, quizá necesitan, desaparecer. Están y son pero no son los que aparecen porque no quieren aparecer como son. Entre los que se dejan ver, cosa curiosa, abundan las hermosotas, acompañadas con sus partenaires con buena panza, porque ambos seguro que gozan de buena pitanza. Sorprendentemente son rostros maduros o muy maduros, de facciones más bien centroeuropeas o anglosajonas y con atuendos carnavaleros que no se compran en los chinos. Son de buscados, refinados y únicos diseños. Saben presentarse  ciertamente con elegancia. Sin duda desean percibir que son centro de atención y que son valorados por aparecer seres distintos a lo que son. Habrá mucha literatura al respecto en la que sicólogos, siquiatras y estudiosos de comportamientos sociales formularán  sustanciosas conclusiones. El ser humano tiene mucho de indefinido y está aderezado con la pulsión de querer y necesitar  ser alguien distinto. La insatisfacción está presente con determinación y exigencia en el ser.

Lo curioso, desconcertante pero real, es ver que estas tendencias no están circunscritas a la vulgaridad de los mortales. Aparecen también  en quienes deberían ser distintos porque se presentan como distintos pero, a su vez, esta distinción no les acaba de satisfacer y quieren más y otra cosa. Entré en nuestra  primera iglesia no hace mucho a la hora del coro. ¡Oh perfomance! Los protagonistas han revitalizado  en su apariencia la que supuestamente fue flor y nata del clero que el obispo Osés había llevado a su lugar más actualizado. Pero esta vez se presentan, ¡insólito aditamento!, con solideo negro y cuatricornio verde. Y esto en un grupúsculo  residual que en tiempos de aquel obispo trabajó, a veces, con entusiasmo para que las cosas fueran diferentes.

Es legítima la frustración cuando las cosas no han salido como se esperaba y razonable el desengaño  por sospechar que el futuro es difícil de reanimarlo. Como buena parte de los que perciben un existir distinto al que deseaban, también aquí, el carnaval  desempeña una función social y permite revestirse de otra persona (“Persona” en griego equivalía a  máscara ¡qué cosas las de la semántica!). Dadas las circunstancias, está bien que con el solideo se quiera enmascarar la vacuidad, pero pretender que son selección para reanimar el incierto cotarro que va viniendo, es otra cosa. El ser animadores conlleva un encanto innato.

Archivado en