Antes de la pandemia, Carlos Barrabés me explicaba que el gran evento de pensamiento que concibió y organizó en Madrid revelaba una realidad: los españoles somos buenos en dos facetas, cuidar y servir. Y que, por esta fortaleza, no debemos renunciar a esa idiosincrasia. Complementariamente, me viene a la cabeza una entrevista que realicé al Mago More en la que José Luis me explicaba que él se dedica a lo que más le gusta: ayudar y hacer reír.
Buscamos modelos que nos inspiren y en las últimas semanas a los ojos de Huesca se ha presentado, risueña y humilde, Alicia. El origen de su nombre puede ser revelador. Determinada bibliografía sostiene que es germánico e indica nobleza. Y otra que su raíz es griega y significa verdad. Alicia López es fisioterapeuta, especie que abunda felizmente en la faz de la tierra para recomponer nuestros cuerpos y reconfortar, a través de la compleja misión de paliar o eliminar los dolores, los ánimos.
La presentación del libro "Un cuerpo rebelde, una vida infinita" en el Teatro Olimpia ha sido uno de los grandes acontecimientos de este marzo de 2026. No es sencillo abarrotar el templo de la cultura por excelencia de Huesca, pero la ocasión lo merecía. La obra es una lección de los límites que puede rebasar el ser humano a través de la resistencia, de la fe y de la esperanza. Aglutina todas las virtudes cardinales y prácticamente las teologales. Y reúne una dualidad virtuosa: la personalidad formidable, férrea y punto menos que irreductible de Ignacio Almudévar y la ternura inteligente de Alicia López. En los focos, por su experiencia vital, por su ejecutoria profesional y por su corazón social, Ignacio, agrandado al olimpo de los dioses por esa lucha contra el magma que quiso arrastrarlo en el estadio inmediatamente anterior a la atrocidad del coronavirus.
Era un valor seguro el de quien no predica sin práctica, con una generosidad ora discreta, ora ejemplarizante. Que una mano no sepa lo que da la otra pero, si hay que contagiar, la buena obra ha de ver la luz magnética.
Y, sin embargo, la obra fue a dos cerebros y cuatro manos. El de Alicia ofrece frescura, clarividencia, imaginación, empatía y sentido profundo. Se juntaron dos mentes singularmente misericordiosas, en el sentido estricto de enviar el corazón a los demás, y compasivas para acompañar en el sufrimiento. Alicia, que hizo de la observación de un drama familiar -gracias a Dios quedó ahí- una vocación con juramento deontológico, se ha convertido en esas manos firmes que recomponen, esa mirada que estimula, ese espíritu que elimina las barreras para las ganas de vivir.
Su irrupción en el escenario con Ignacio revistió la apariencia de una sobremesa para un café. Natural, fluida, versátil. Incluso ella se ha visto sorprendida por una conducta flemática de la que dudaba, a sus 27 añitos y con un orador experimentado desde su carácter reflexivo. En el fondo, su puesta de largo en la sociedad oscense ha asombrado a quienes no han disfrutado de sus servicios en Párkinson y Aodem, para los que es un verdadero ángel con manos de fisioterapeuta. Ellos saben de su buen oficio, de su templanza, de su prudencia, de su fortaleza y de su magisterio en el cuidar. Para el resto, para los que hemos venido al mundo de Alicia, el descubrimiento conforta y reconforta. No ha nacido un ángel, ha visto la luz un paradigma, una confianza en esta compleja humanidad. Alicia, bien hallada en el santuario de los protagonistas de la esperanza, los que dejan huella.