De Balbín a Erola Jons, creadores de contenidos y bombas atómicas a un oficio digno

" Es la consecuencia natural, la coherencia del empobrecimiento generalizado, la congruencia de una educación raquítica"

24 de Agosto de 2026
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Creadores de contenidos, una plaga
Creadores de contenidos, una plaga

Un buen antídoto contra quienes denostan la nostalgia consiste en explicitar el derecho absoluto a la memoria como instrumento de análisis de la evolución social. Desconocer cuanto se practicaba hace más de cuarenta años en cualesquiera de las materias de la sociedad, la comunidad, el país o el mundo no representa sino una pérdida de oportunidades para contextualizar. Y, de paso, obstaculiza la contextualización por no disponer de elementos para el juicio.

El transcurso de esta vida donde las tecnologías trascienden la forma para convertirse en el fondo no permite atisbar la trayectoria que ha conducido hasta el grado de estulticia máximo que estas últimas horas se centra en Erola Jons, lo que antes llamaríamos una indocumentada y siempre se ha definido como una ignorante. Pero, cuidado, que desnuda a la sociedad de la mediocracia en la que no son precisos méritos para prosperar económica ni socialmente. Al contrario, son un lastre.

La estridencia no es sino la consecuencia de un camino recorrido desde hace prácticamente medio siglo, cuando nos enorgullecía como signo de modernidad la irrupción de El País o de Diario 16 (o luego El Mundo), conviviendo con medios tradicionales. Ir con uno de estos periódicos bajo el brazo a tomar el vermut representaba una declaración de intenciones (algo impostada en ocasiones) y de estatus: el ejemplar bajo la axila identificaba a un lector, y a un lector bueno. Para que establezcan la comparación, las tertulias televisivas las conducían un tal Balbín o un tal Hermida, y el programa de documentales un tal Ramón Colom (y su Informe Semanal). No era el del detergente, pero nos sirve: busque, comparen y, si encuentran algo mejor hoy, rebátanme.

En aquellos tiempos, las redacciones estaban nutridas de periodistas, la mayor parte de carrera y algunos otros muy meritorios que la habían desarrollado por la vía empírica, el ejercicio de la profesión. Las asociaciones de la prensa velaban por la dignidad de sus ejercientes e incluso las viejas leyes de prensa y de publicidad eran garantes de la aplicación ética y rigurosa.

Un elemento perturbador asomó con las nuevas televisiones privadas. Asaltó los estudios toda una generación de pedorros, pedorras y pedorres con conocimientos mínimos y gestualidades superficiales. Expresiones patéticas como aquella de "valgo más por lo que callo que por lo que digo", emulando la máxima clásica de que "el hombre es dueño de sus silencios y esclavo de sus palabras". Nada más lejos de la realidad. No avanzaban medio centímetro de la superficie hacia la profundidad.

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A tales intrusos, las asociaciones de periodistas ya despistadas, se les empezó a llamar comunicadores. Cualquier analfabeto periodístico sostenía que no precisaba de universidad ni de facultad intelectiva, que lo suyo era un nuevo oficio acogido al paraguas generalizador de nuestro oficio y de la especie humana que es la comunicación. Sólo están exentos de comunicar los muertos. Y, en realidad, ya no están. Al menos en estos predios.

La revolución tecnológica nos pilló en ese ponte aquí que luego voy yo de los comunicadores, que se distinguían en su presuntuosidad por el acompañamiento de una indisimulada esencia iletrada. Y fue entonces cuando emergieron, de otra dimensión, a la estela de los instagrammers, youtubers, tiktokers o tuiteros, los creadores de contenido. Tal especie humana es aquella que contrapone cualquier regulación bajo el manto sacrosanto de la espontaneidad, de la naturalidad, de la conexión con las nuevas tendencias.

Es la que te mira por encima del hombro significando tu senectud cuando grabas un video en horizontal (que en un tiempo equis será considerada orientación tendencia) y que suelta nueve errores ortográficos, gramaticales y sintácticos por vía oral o escrita de cada diez términos excretados. Los creadores de contenidos organizan galas para premiarse a sí mismos buscando unos paradigmas que incentiva la chapucería frente a la ilustración, la chabacanería contra la pulcritud, y que además, como son creadores de contenidos, se remiten a los medios en notas con textos que esputan mediocridad de nivel estudiantil de primaria pasados por el tamiz de la vanguardia más inmunda.

La cuestión sería simplemente de forma si no fuera porque los contenidos son fondo, lo cual significa que nos hemos habituado a consumir basura. A Hermida le ha sustituido un tipo cuyas dos preguntas más celebradas son cuántas veces folla (sic) la invitada a la semana y cuánto dinero tiene en la cartilla (por cierto, instrumento absolutamente anticuado). A Balbín, activistas bajo la capa de periodistas que tiene la consistencia de la del rey desnudo. A Ramón Colom, practicantes que consagran aquel estremecedor presagio de Kapuscinski: "Cuando la información empezó a ser negocio, la verdad dejó de ser importante". Los ingenieros y economistas vagan sin criterio por las cúpulas de los medios informativos, arruinando los convencionales que salvan en sus bacanales con políticos. Y la televisión pública la gobiernan sin pudor los partidos mandatarios sin más criterios que los que marca su secta.

Me quedo estupefacto ante la estupefacción exhibida en redes, y bien intencionada, por el horroroso espectáculo machista, primario y falsario de la tal Erola Jons, que se presenta ante "Pogachitar" a ver si le ve la tabletita, que es vulgar, sexista y, ante todo una ignorante. Auténtica analfabeta funcional, mercader de cuerpos (metafóricamente, claro, aunque sus inicios incluso permitirían prescndir de este carácter), impostora al identificarse como periodista, lo tiene todo para vituperar su arrojo para ponerse delante de una cámara. Antaño, existía algo que se denominaba pudor.

Y, sin embargo, la "creadora de contenidos" no es sino un símbolo de la decrepitud a la que ha sido sometido este hermoso y viejo oficio del periodismo, que invadieron sin escrúpulos alienígenas que se pusieron el traje verde viscoso de "comunicadores" y que están rematando abyectos directivos, apesebrados activistas, acomplejados periodistas y una anestesiada e infantilizada sociedad. Desde esta perspectiva, no me indigno. Ni siquiera me sorprendo. Ni me asombro. Es la consecuencia natural, la coherencia del empobrecimiento generalizado, la congruencia de una educación raquítica. Erola Jons es un síntoma. Y quizás, como todo trabajo social al que habría que condenarla, habría que reeducarla. Pero no está la sociedad feble preparada para la exigencia. Así que adelante con los faroles. Ración y media de creadores de contenido.

P.D.: Conozco creadores y creadoras de contenido dignos. Pero, en la inmensa mayoría, cuando escarbas...

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