El PSOE ha remitido a sus bases un breve manual de instrucciones bajo el título "Deja sin oxígeno a la extrema derecha", con un subtítulo taxativo: "No nos van a ganar. En redes, tampoco".
Que hoy una parte de las batallas electorales se disputan en las redes sociales es indudable. Sobre la profundidad del fenómeno en la influencia, es algo más discutible. Hay politólogos que asocian el triunfo de Trump ante Kamala Harris en la presencia del republicano y la negativa de la demócrata en el podcast de Joe Rogan, que entre Spotify, Youtube e Instagram suma sesenta millones de seguidores. Cada coyuntura es distinta y, entre las "legiones de idiotas" como las definió Umberto Eco, las reacciones son tan complejas que en ocasiones se tornan difíciles de gestionar. Es cierto que las opciones menos centradas, como Podemos o VOX, se desenvuelven mejor que las moderadas del bipartidismo, probablemente más constreñidos por sus convicciones o por otros factores.
El caso es que el PSOE ha establecido una estrategia defensiva frente a la "extrema derecha". A estas alturas de la película, se supone que se refiere a partidos como VOX o Se Acabó la Fiesta, aunque los socialistas están sucumbiendo últimamente en exceso a la tentación de denominar "derecha extrema" al Partido Popular, como una fórmula asociativa en el lenguaje de la propiedad conmutativa: que el orden de los factores no altera el producto. Sólo hay algo indiscutible en el acotamiento ideológico de estos tiempos: todos, absolutamente todos los partidos, utilizan tácticas -la estrategia es otra cuestión- populistas. Y ahí no se libra el emisor de este mensaje sobre fondo rojo.
Bajo la infausta renuncia a nuestro precioso idioma español, explicita "tips" -lo que Cervantes, García Lorca o Cela llamarían consejos- "para contrarrestar el algoritmo de los ultras".
Primero, "ignóralos", junto a la señal circulatoria de prohibición: "No comentes, no des like (en castellano, "me gustas"), no compartas, no hagas clic. Si te aparece su contenido, pasa de largo".
Segundo, "El silencio les daña. Cada reacción, aunque sea para criticar, los hace más visibles. El algoritmo premia la polémica".
Tercero, "no respondas a bulos. Desmentir los difunde, responder nunca te hace ganar".
Cuarto, "apoya a los tuyos. Comenta, comparte y sigue a las cuentas de tu entorno".

Quinto, "habla de lo nuestro. No entres en sus marcos o en sus debates. Difunde nuestros logros y propuestas".
Sexto, "debate sólo con demócratas. Debate con quien duda, no con quien odia".
Y, como conclusión, como eslogan, en imperativo, "no construyas más ultras".
Aunque pueda parecer, porque lo es, una estrategia defensiva, la enumeración de propósitos no es despreciable. En un entorno profundamente emocional, muy poco dado a la reflexividad (la limitación se atiene en unos casos a la propia obligación de la red y en otros a la capacidad de atención lectora general de la sociedad y particular de las RRSS), encerrarse en la propia bandería es legítimo. Es una autarquía que aisla en una comunidad restringida a lo propio, siempre en busca, por supuesto, de un resultado electoral.
Este "yo, mí, me, los míos", empero, puede desembocar en algunos riesgos propios del pensamiento monolítico, como la incapacidad de ser autocrítico para identificar también los bulos en la orilla propia, de manera que una suerte de supremacismo impide discernir que en todos los lugares cuecen habas y en algunos a galeradas. Entre los nuestros hay emisores de trolas igual que en los otros los hay de infundios. No hay que echar muchos minutos para identificar con nombres y apellidos, en un abrir y cerrar de ojos, una docena de expertos en filfas propicios para el gobierno, para sus acólitos o para la oposición.
Es cierto que, exactamente igual que en otras materias como la defensa y la seguridad, existe un profundo desconocimiento de la cultura de la comunicación en una época en la que cualquier o cualquiera piernas sin conocimiento puede dirigir un programa de televisión o de radio, y no digamos un espacio digital. Einstein expuso que los grandes espíritus siempre han encontrado una violenta oposición de parte de mentes mediocres. Este es nuestro presente.
Y en esas estamos, en una indisimulada incapacidad para concebir los segundos sentidos y los efectos de cada expresión o en una manifestación tautológica que pone en entredicho algunas de las afirmaciones, de forma que el cumplimiento de tal sexteto de recomendaciones, más allá de que aplicado universalmente desembocaría en una torre de Babel política, demanda una coherencia que no es de estos tiempos y de estos propósitos. Porque en esta precampaña, a día de hoy, se aplica la fábula de las dos alforjas de Esopo: que colocamos en el bolso delantero los defectos ajenos y en el trasero, sin visión posible, los propios. No es preciso especificar cuáles de los asuntos centrales de hoy irían en una posición o en otra. Lo dejo para ustedes, lectores inteligentes.