Del bipartidismo al "bibloquismo", porque somos medalaganarios

La confrontación entre los dos bloques, que podría haber sido oportunidad para la clarificación y la transparencia, no será garantía de cumplimiento programático ni de coherencia

02 de Noviembre de 2026
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Del bipartidismo al "bibloquismo", porque somos medalaganarios
Del bipartidismo al "bibloquismo", porque somos medalaganarios

Ha tenido que venir la Academia Dominicana de la Lengua Española para incorporar un término de aplicación en la república centroamericana y desde ya integrado en el Diccionario de la Real Academia Española: medalaganario, con su acepción de arbitrario, sin criterio ni método. Que América sigue siendo el nuevo mundo es evidente por la frescura de la palabra que queda como un guante a la realidad española. Somos medalaganario y medalaganarias, un páramo de la racionalidad, un oasis de los dogmatismos que entienden las nuestras como verdades inconcusas, pertinaces y exclusivas.de un bando u otro. Ni que decir tiene que la palabra es compuesta de "me da la gana". En jerga folclórica, "porque yo lo valgo".

Las elecciones generales de 29 de noviembre podrían haber sido una oportunidad, el fin de un proceso de cincuenta años de bipartidismo imperfecto amenazado desde 2011 y su 15M por quienes iban a redimir a este país del dominio de la casta. Se entendía como tal la alternancia en el poder, con la connivencia de los linajes empresariales, de socialistas y populares a lo largo de los siete primeros lustros de la democracia. Su imperfección procedía de la influencia definitiva, salvo legislaturas absolutas -de mayoría- de formaciones territoriales, ya saben, Convergencia i Unió y el PNV. Siempre al acecho, como las hienas, de la debilidad del más votado, de tal guisa que por esa dependencia un ciudadano vasco o catalán pasaba a ser galáctico y un andaluz o un aragonés lo que el coronel Baños denomina mineros sociales, esto es, curritos anodinos sin más capacidad de decisión que ir a votar cada años para seguir engordando a aquellos. Periféricamente, sólo había una izquierda más radical que el PSOE, la del Partido Comunista primero e Izquierda Unida después (¡quién te ha visto y quién te ve!, ayuna de la inspiración honrada  sin sectarismos de Julio Anguita.)

El 15M, efectivamente, cambió los paradigmas políticos. De la mano de déspotas ilustrados -todo para el pueblo, pero sin el pueblo-, los profesores Iglesias, Errejón y Monedero señalaron a las masas el camino para desalojar a las castas mientras ellos se encargaban trajes a medida, poltronas con el molde de sus culos y los planos de buenos chalés en Galapagar, con otras conductas impropias del Sólo Sí es Sí que predicaban, machistorros con piel del feminismo. La muerte del bipartidismo clásico la completaba Ciudadanos, un intento aparentemente bien intencionado y con certeza desastroso estratégicamente. Y ya por entonces irrumpía, sigilosamente, VOX, como está quedando constatado con un plan coherente con su ideología.

Tanto en el bipartidismo imperfecto como en el amenazado, lo que quedaba comprobado para confusión del electorado es que su voto podía ir a parar a las arcas de Cataluña o País Vasco primero, o a un ministerio de Podemos o de Sumar después. El cambio no era transformación. Introducir una papeleta en la urna podía desembocar en un gobierno socialista con incidencia suprema peneuvista, en uno popular que hablaba catalán en la intimidad o en uno sanchista donde el insomnio del líder pensando en cohabitar con Pablo Iglesias desembocaba en la vicepresidencia para el homónimo del fundador histórico del PSOE, o en el sostén de la mayoría del Bildu -inspiración etarra- que negaba el presidente más que San Pedro a Jesucristo. Los escrúpulos quedaban sepultados y, con ellos, la ética.

Algunos bramamos editorialmente contra esa falsa de transparencia que ha mermado la fiabilidad de nuestra democracia, porque al elector no le quedaba otro remedio que esperar cuatro años, sin voz ni voto, hasta disponer de una oportunidad no menor en un Estado de Derecho, la de variar legítimamente su sufragio, que no rectificar porque el cuatrienio quedaba marcado y nunca ha habido presidente que haya establecido una cuestión de confianza después de un referéndum para palpar el estado de opinión sobre su desempeño y su cumplimiento en el ecuador de un mandato. De ahí la certidumbre -triste- de que los programas son papel mojado apenas principiada la investidura.

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En este 2026, se ha abierto una vía de oportunidad a la transparencia porque al bipartidismo le ha sucedido el "bibloquismo" por el cauce del cálculo electoral, con la imperfección de que ya aquello de las primarias que eran el bálsamo de Fierabrás ha quedado en agua de cerrajas ante los liderazgos histriónicos envueltos en atmósfera de redes sociales como grandes asesores y herramientas principales. Permítanme el bautizo del término "bibloquismo", yo que procuro ser tan ortodoxo en la lengua del limpia, fija y da esplendor. Mucho me temo que es probable que un día una academia la incluya entre sus propuestas a la RAE porque la polarización conduce a la confrontación de bloques.

El bibloquismo (lo pongo en cursivas en la estimación de que será pronto neologismo) empobrece el universo en un país donde escasean las ideas y, paradójicamente, abundan las ideologías y los doctrinarismos vacuos expresados, eso sí, con abundante carga de violencia verbal. Ya se sabe que allí donde todos piensan lo mismo es que se piensa poco. Y, sin embargo, ofrecía una oportunidad para clarificar las posiciones. Por vez primera desde 2000 -con el acuerdo para el senado de Almunia y Paco Frutos, dos señores por cierto con un bagaje intelectual superior a la media actual-, va a haber provincias -no todas- en que la papeleta del Senado va a ser compartida por derecha e izquierda en nuestra concepción actual, no en la originaria de la Revolución Francesa.

Va a estar acompañado, empero, por el mismo epíteto que el bipartidismo: imperfecto. Incompleto y, por tanto, dado a la opacidad intencional por cuanto de lo que se suceda el 29 N se van a derivar frustraciones, desengaños y satisfacciones incompletas, ya que no sabremos si el ejecutivo aplicará políticas socialdemócratas, socialistas, comunistas, bilduetarras, peneuvistas, puigdemontianas, junquerianas, rufianescas, chunteras, canarias o, por el contrario, conoceremos el porcentaje de programas populares o voxistas. De paso, como efecto indeseable, multiplica exponencialmente la crispación, el enfrentamiento, y nos guía a la añoranza del espíritu de la Transición que desprecian quienes no la vivieron o quienes sólo atesoran espíritu de revancha que allí quedó apartado, que no enterrado a los ojos de lo que ocurre en espíritus reaccionarios (sentido estricto, fuera de los clichés interesados).

Porque la política es el arte de lo posible y el pragmatismo de los últimos años ha rozado la obscenidad, la extravagancia y la periferia (sí, sostengo que aquellas concesiones de González y Aznar tenían unos límites éticos que no se han difuminado, sino que se han ejecutado), confío en que el bibloquismo imperfecto sea una moda pasajera para volver al bipartidismo lo más perfecto posible como corresponde a una sociedad simple en la que imperan ciudadanos y líderes básicamente binarios que ven la comunidad como sumas de ceros y unos mientras la Inteligencia Artificial resuelve los problemas... artificiales. Y, puestos a soñar, que quien salga de las urnas comience una reconstrucción de la Educación destruida por la superficialidad para reconquistar un país que hace cincuenta años edificó con reflexión y tolerancia la senda de la convivencia hoy tambaleada. El 29N, Dios dirá. Y que diga bien.

P.D.: Soy consciente de la existencia de Podemos o de Se acabó la Fiesta, pero sus posibilidades de influir son mínimas. Siempre ha habido candidaturas de todo orden, desde animalistas hasta padres separados y otras inquietudes.

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