En el triunvirato con Antonio Angulo y Luis Gómez, Artemio Echeverríbar era el del oficio, el de la sabiduría de la universidad de la vida. Era el director técnico del diario y también, como sus compañeros de cúpula, un dechado de vivencias. Contaba siempre la experiencia en Aragón Exprés, donde el director se iba de vacaciones en yate y, en el retorno, saludaba a los operarios de aquel taller poblado y sin climatización: "¡Vosotros sí que sabéis vivir la vida! No os podéis imaginar lo incómodo que es el yate, lleno de mosquitos, de olor a pescado y de humedad!" Imaginen la contenida rabia de los receptores del mensaje.
Pedro Sánchez se ha marcado un paralelismo, lo que demuestra que los vicios humanos son imperecederos, sea cual sea su manifestación. Se ha pegado un mes de refrescante ocio, apenas salpicado por mini episodios de presencia como quien se quita la caspa de la americana, y ha desvelado que casi hubiera tenido desasosiego de no ser por esos ministros que han cubierto su ausencia. Se le llama flema: saber que uno dice 40.000, luego 72.000, a continuación que han vuelto todos menos 2.000, después que si son 5.000, posteriormente que los menores son tres mil o mil cuatrocientos, ¡qué más da!
El caso es que los ceutíes han estado acompañados... en sus oraciones. Y en su eficaz defensa del contubernio ruso-israelí, ultraderechista y monárquico gracias a su magnífica relación con Marruecos, un país que pasaba por ahí silbando y se le habían escapado unos miles de compatriotas. Y, mientras tanto, el CNI, el Ejército, la Guardia Civil y la Policía Nacional ni se enteraban y por eso recibían las agresiones de los invasores (tales son, se pongan quienes se pongan quienes no conocen otro lenguaje que el de la manipulación) probablemente por no comprender su peculiar sensibilidad.
En el relato oficial, no cabe ni una mentira ni una contradicción más. La soberbia ciega de manera especial a los mediocres. Nada peor que ser un tonto con pretensiones. Los pretextos atropellados de los ministros insultan directamente a los ceutíes. España ha sufrido un ataque violento y circunscribirlo a una crisis humanitaria es una forma ridícula de simplificar la cuestión. Una entrada ilegal, consentida -y seguramente auspiciada- por Marruecos y con unas intenciones de las que muchos no tenemos -de momento- pruebas, pero mucho menos dudas.
Este día 2, las manifestaciones por Ceuta van a permitir a la ciudadanía rescatar un ápice de la dignidad que este país pierde a jirones. El Estado ha estado prácticamente ausente, entre rectificación y rectificación, cambios de opinión que no son sino oportunistas y torpes, de la ciudad autónoma, insultada por las mentiras generalizadoras (y por tanto injustas) y las falsas atribuciones de unas competencias que no tiene y unos recursos insuficientes para soportar una invasión tan brutal, definitivamente consentida por la negligencia -en el mejor de los casos- gubernamental que ha dejado al país entero en la posición de debilidad que favorece los apetitos de las hienas.
Un país ha de estar presidido por la integridad y la integralidad. En la polisemia de nuestro zaherido idioma, integridad en todo su abanico semántico que tiene que ver con los valores, con la historia y con la dignidad. Integralidad porque cada uno de sus territorios ha de ser defendido independientemente de su condición, de su riqueza o de su localización.
Por eso, esta tarde yo me voy a manifestar por Ceuta, que es tanto como lanzar un grito de defensa de España. No soy muy dado a las concentraciones y tan sólo me habrán visto en aquellas de apoyo a las víctimas del terrorismo, a Venezuela o a otras injusticias que entran dentro de la categoría de indiscutibles. No hay pretexto ni siquiera por la ausencia del domicilio habitual. A mí me va a coger en Pamplona y allí voy a estar, en el Ayuntamiento, en la proximidad de la detestable sede de EH Bildu, la que era de Herri Batasuna, el brazo político de ETA. Venceré mi aversión a respirar la cercanía del tugurio donde se han perpetrado tantas maldades y delitos.
Partiendo de que la manifestación es una libertad, también es un espejo al que nos enfrentamos. Las excusas de la carta del PSOE a los secretarios generales son de una indigencia intelectual impropia de un partido más que centenario, que ha sufrido con todo el país multitud de coyunturas difíciles, pero que antaño no tenía duda alguna de conceptos básicos del Estado de Derecho. Afortunadamente, los va a haber díscolos, como confío -aunque sin excesos- en que los haya de otras formaciones de izquierda. España, su esencia y su historia, no merece una quiebra por pretextos doctrinarios. El respaldo a Ceuta no puede circunscribirse a una parte del arco político.
Concentrarse para transmitir apoyo a los ceutíes es presionar al gobierno para que aplique recursos y medidas para que tengan una libertad tan elemental como es la de movimiento, de la que carecen. Para que dispongan de las escuelas que van a comenzar tarde. Para que puedan utilizar las playas que la naturaleza les provee. Y, sobre todo, para que reciban la certeza de la seguridad de que seguirán siendo España frente a los anhelos anexionistas de Marruecos, que no sólo no es un país fiable sino que, en su propio régimen antidemocrático que vulnera todos los derechos, es un vecino indeseableç por más que sus ciudadanos (si tal concepto se les puede aplicar en sentido estricto) sean adorables.
Gritar "Yo soy Ceuta" es una cuestión de conciencia y una auténtica prueba del algodón de la honradez intelectual. Toda equidistancia, toda proclama de imparcialidad es una excusa de pésimo pagador, es una renuncia a la unidad de España y la soberanía de los españoles, que no conoce de colores y banderías... salvo de los que se autoexcluyen.
Otra cuestión será la lid política o las discutibles vacaciones de "estatuto de los trabajadores" de Pedro Sánchez, un mes en la Mareta mientras un territorio de la España que gobierna es agredida, violentada, intimidada, desguarnecida frente a las agresiones sexuales con el silencio cómplice de tantas feministas de salón. ¿Es legal la vacación mensual? Sí. ¿Es legítima, es ética? No. Imaginen ustedes a un presidente cuya empresa está ardiendo y él mantiene sus cócteles vacacionales. O supongan que, tirando de memoria, a un presidente autonómico se le haya recriminado no estar desde el minuto uno en unas riadas por estar de viaje personal o, más cerca, en el incendio más presente que todos tenemos y por el que fue afeado por llegar... un día tarde. Y, desde esa jornada, todas al pie del cañón.
El ser humano es dueño de sus silencios y esclavo de sus palabras. Pues eso, que cada cual se ponga ante el espejo y decida si quiere ser uno más en la masa ideológica o un librepensador digno de su país. Yo, con Ceuta. Y con vivas a Vivas.