He cumplido cuarenta fiestas de San Lorenzo. No cuarenta sanlorenzos. He vuelto a vibrar con el cohete, no con el chupinazo. Son siempre extraordinarias porque nada hay más hermoso que su esencia, nada más inamovible que sus raíces, nada más indiscutible que el sentimiento. Ahí, no cabe discusión. La opinión se circunscribe exclusivamente a detalles y conceptos que para nada afectan al espíritu de la fiesta.
San Lorenzo sigue siendo, recubierto de las externas manifestaciones de la posmodernidad, la misma pasión que guiaba a los "huertanos" (término tan del gusto de Daniel Calasanz) y a los tenderos de hace setenta, ochenta, noventa, cien años. La celebración del final de la cosecha (entiéndase no sólo en el campo sino en todas las actividades) para tomar un respiro con el que iniciar la siembra para el año venidero... hasta el 9 de agosto, y hasta las solemnidades del Día Grande. Ha variado la sociedad, pero no el modelo brillantemente implantado por Emilio Miravé, al que esta ciudad y todas las generaciones deben gratitud eterna en lugar de invectivas ideologizadas. Los padres de quienes hoy quieren borrarlo del mapa, como a Ponz Piedrafita, bailaron y bebieron vino con ellos por la sencilla razón de que nadie puede evanescerse en ninguna coyuntura.
Tenía una cierta obsesión Miravé, y era dotar de identidad propia a las fiestas de Huesca. Popularizadas con la influencia sanferminera, no hay que negarlo, el cambio del cromatismo rojo por el verde no era una casualidad, no una simple cuestión externa. Era un simbolismo. Y, sobre todo, un camino para la identidad. Por eso el cohete se llamó cohete y a San Lorenzo nadie lo pluralizó... hasta la modernidad. Quizás esa dejadez, hoy mecida por representantes institucionales, medios de comunicación y nuevas generaciones constituye uno de los pocos -y malos- grandes cambios de aquellos mediados cincuenta del siglo pasado hacia la actualidad. Paradójicamente, todos se echan las manos a la cabeza por el morado dominante en el inicio festivo en la Plaza de la Catedral, que es zafio y es otra incorporación de la modernidad que mancha la pulcritud de antaño. Pero, con ser mal oliente frente a la albahaca, no es más grave que la verbalización equivocada... la digan cinco mil o cinco millones.
En 2022, me atreví a corregir al presidente Lambán en el patio consistorial después de haber declarado, con inexactitud impropia del rigor histórico, que el artífice de las fiestas había sido el añorado Pepe Escriche. Alguien le había filtrado tal vaguedad a Javier, tan preciso en su ciencia como lo era. Departimos unos minutos y me comprometí a enviarle mi libro "Compromiso con Huesca" sobre los cincuenta años de la Peña La Parrilla, que no es sino un volumen sobre la modernidad laurentina desde 1956. Repetir cualquier mentira miles de veces, como explica Aldous Huxley en Un Mundo Feliz, no la transforma en realidad. Pepe fue un ciudadano magnífico y un concejal en algunos aspectos brillante, pero no precisa de atribuciones innecesarias.
Aquel 1955 de la visita de Emilio Miravé y una comitiva oscense a San Fermín es el punto de partida. Desde entonces, mucho ha cambiado, pero nada ha cambiado. Es un oxímoron real como la vida misma. Cierto es que Luis Acín introdujo como presidente de la Comisión de Fiestas el Pórtico Laurentino, que sí fue una novedad, y que las figuras de las presidentas fueron sustituidas a principios de los setenta por las Mairalesas en un intento democratizador en los estertores del franquismo. En todo este periodo de setenta años, se han introducido innovaciones como el hermanamiento con Tarbes (1964), el Jardín de Verano (el mismo año), la Despedida al Santo que es una maravillosa expresión de sentimiento o el Saludo al Santo gracias a la proactividad de Carlos Jalle y el maestro Sampériz...
Y, sin embargo, la estructura es idéntica aunque los nombres varíen como consecuencia de la propia evolución. Las peñas siguen resultando fundamentales, pero su papel ha sido adaptado por una circunstancia sobrevenida con la democracia: la ocupación institucional del terreno de la programación musical, que estrechaba las posibilidades organizativas que, en los ochenta, permitía a las agrupaciones atraer grandes conciertos. Los cachés de los artistas hacen el resto. Ninguna asociación puede competir con el volumen de los presupuestos de las administraciones. Es una constatación, no una crítica, es un hecho cierto, sin alternativa.
Por lo demás, la gran fortaleza de San Lorenzo es la tradición. Las Completas constituyen una maravillosa manifestación que en sí misma justifica la declaración de Fiesta de Interés Turístico Nacional. Los Danzantes son nuestro pulso, el latido de los huertanos y de los embelesados espectadores, escalofrío identitario. La Procesión, a la que faltan todavía dos puntadas para la recuperación de su dignidad, ha de caminar hacia el respeto y el silencio porque San Lorenzo sale a bendecir a los oscenses y a sus calles. No necesita ruido porque, no en vano, el martirio salvífico es a la vez gozoso y trágico. La Misa Pontifical es la oración con la que dialogamos con el patrón diácono. La Feria del Mercado es reconocimiento del comercio desde hace muchas décadas. La Ofrenda de Flores y Frutos es entrega, delicadeza, aseo, brillantez y profundidad en el mensaje. Es territorio, es simbiosis capital-provincia.
El resto de los ejes convierte las calles en el escenario unificado de las fiestas. La música siempre ha sido fundamento. Hogaño se llaman Fangoria o Nil Moliner, antaño abarrotaba la Plaza de Toros, con idéntica gratuididad, el macro espectáculo Festivales de España con el virtuoso Narciso Yepes. Las peñas tenían su propia programación, cada una con su carácter. La jota, entre la veterana Ronda al Santo y el ciclo en el Parque Miguel Servet, crece exponencialmente año tras año. Otros apartados importantes son las actividades infantiles (Maese Villarejo y Los Titiriteros inmortales, aunque hace medio siglo había actividades más participativas como el concurso de castillos de arena) y para los mayores, estos últimos entre las visitas a residencias de ancianos y las migas del día 15. Las Ferias y los chiringuitos son también ya unos clásicos.
La Plaza de Toros reúne a más de cinco mil almas cada tarde y es un referente que viene desde aquellos años primigenios, en que -hasta 1973- los concejales de fiestas ejercían de empresarios taurinos, visitando ganaderías y firmando contratos con las figuras -siempre las hubo, y de primer orden-. Conceptual e ideológicamente, la discrepancia es legítima, no así el arraigo, el impacto económico y promocional de la Feria Taurina. Que haya actividades alternativas no justifica la tentación censora.
Un somero repaso por la hemeroteca nos permite entender que las fiestas de Huesca de hoy son evolución de aquellas de los años sesenta y setenta. Por supuesto, todo es susceptible de crítica, en las formas y en el fondo. Particularmente, me horroriza la cuantificación del programa, cuando se presume de la organización de trescientos actos, algo que vengo escuchando y escribiendo no menos de una decena de años.
El éxito de las fiestas no se mide por el peso, sino por la autenticidad y la brillantez en la calle. Seguramente, poniéndonos con un típex, perfectamente podríamos borrar decenas y decenas de actuaciones que no obedecen sino a los espurios intereses de aprovechar "la marca San Lorenzo" para beneficio propio. Pero, con ser esto cierto, tampoco es dramático. Mi concepto de las fiestas iría más por un centenar de acontecimientos realmente buenos que por un barullo programático. Y por ordenar el prelaurentis para no llegar saturados a las fiestas, que son las que cuentan.
Sin embargo, en mi 40 San Lorenzo -y el último como contador profesional de sus historias-, tengo para mí que un mártir que expresó su fortaleza hasta en la parrilla rusiente tiene tal fortaleza que ninguna interpretación mal llamada modernizadora puede abatir su sentido y su sensibilidad. Desde el cohete hasta la traca. Y la prueba es que, después de la Despedida al Santo, la nostalgia se combina con la esperanza, porque ya se husmea 2027. Siempre ha sido así, aunque la partitura tenga cada año su interpretación. Si, han sido unas grandes fiestas... como las 39 que anteriormente he gozado.