El desastre de aplaudir la kaleborrokización y estigmatizar a la Policía

Cuando hay más policías heridos que manifestantes, algo está fallando

25 de Octubre de 2026
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Imagen generada por Grok (IA). El desastre de aplaudir la kaleborrokeización y estigmatizar a la Policía
Imagen generada por Grok (IA). El desastre de aplaudir la kaleborrokeización y estigmatizar a la Policía

Quienes sufrimos la violencia proetarra durante la Transición nos vemos recorridos por sudores gélidos y escalofríos ante lo que estamos viendo. Sí, queríamos entender que aquella etapa estaba superada, con la perspectiva de que la dictadura ha quedado más de medio siglo atrás y es una falacia interesada y activista pretender herencias en los actores de hoy.

Por aquellos finales setenta y ochenta, quienes asistíamos a funerales, nos sobrecogíamos con los secuestros y nos sentíamos intimidados por la brutalidad de los batasunos éramos represaliados por la razón de la fuerza fanática. Sí, tenían la superioridad violenta de determinadas razas de animales y de algunos grupos humanos. Aunque el pensamiento de la convivencia, que no necesariamente ha de ser buenista, insiste en pretender la desaparición de los instintos, lo cierto es que la realidad es tozuda.

Sólo hay que leer el seguimiento de esos dos jóvenes vascos a guardias civiles y policías con idénticas intenciones a las de sus antepasados delincuenciales. En 2026. O la pertenencia del hijo de Txapote a Jardun, los brotes verdes y negros con hacha y serpiente de una ETA anhelada por demasiados jóvenes vascos. Ahora, que alguien explique con un mínimo de honradez intelectual que ETA ha desaparecido. Que lo hizo gracias al del joyerío. Y que me acompañe por calles del País Vasco, yo le guío, con una pulsera con la bandera de España o una insignia constitucional.

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Aquellos tiempos a los que aludía estaban marcados también por la rabia y la impotencia. Vivíamos en cuarteles y salíamos con temor. Eran nuestros búnkeres, donde nos sentíamos a salvo -excepción hecha, por cierto, de Intxaurrondo, que era una caseta de feria a la que apuntaban con total tranquilidad con morteros y bombas porque todo el que se asomaba era diana- y donde rumiábamos el dolor por los acólitos, por los comprensivos y por los tibios. Era la tormenta perfecta contra las víctimas, las que penaban por los asesinatos de los suyos y las que transitábamos por la vida con el temor y el terror. Entre funeral y funeral, no teníamos tregua.

Aquella atmósfera deja huella profunda y mantiene en alerta a quienes lloramos no ya los desafiantes desprecios de Bildu, obvia formación proetarra incomparable con ningún partido de este país, sino la apología violenta con las víctimas desde voces supuestamente democráticas. Nos encantaría que los autodenominados equidistantes -no lo son- leyeran Patria de Fernando Aramburu o dos desgarros en primera persona de Iñaki Arteta: Historia de un vasco: Cartas contra el olvido o Bajo el silencio. No lo harán, porque sólo quieren consumir producto propio, con renuncia expresa a escuchar nuevas voces y analizar entre líneas y sobre líneas la realidad.

La situación actual resulta francamente inquietante. En aquellos setenta y ochenta, una de las prácticas más abyectas de los cobardes etarras y sus correligionarios batasunos era la de denunciar continua y falsariamente torturas policiales, en un riego a manta inexistente. Les teníamos calados. Y, poco a poco, fuimos adquiriendo una importante mayoría el aprecio y admiración a nuestras Fuerzas y Cuerpos de Seguridad, hoy la institución más valorada por la ciudadanía. Sólo la extremísima izquierda antisistema (con representatividad risible) y los abertzales se adherían a las denuncias de sus asesinos, y, cuando convenía, pedían explicaciones los de las nueces (PNV o EA).

La kale borroka fue declarada, tras décadas de incomprensión, como terrorismo, aunque nunca, ni siquiera hoy, quedara desmantelada. Siguen campando a sus anchas, son menos, pero igual de salvajes, pagados -y bien, como antaño- para desarbolar España, dispuestos ante la estupidez de algunos en otros puntos del país a aportar lo único que saben: destrucción y desórdenes.

Más allá de la presencia en Sol de elementos infestos de esta calaña de cuya participación tengo menos dudas que pruebas y de la provocación en la Ceuta desesperada, la barbarie en Barcelona no es sino la secuencia de dos factores: la invulnerabilidad de los violentos y la institucional obstrucción a la Policía para que deje de cumplir con su papel y su deber en un Estado de Derecho.

La impunidad aloja sus raíces no en aquellos tiempos de plomo, sino en la mínima consecuencia en el 1-O de Cataluña donde utilizar la palabra desórdenes es un eufemismo incompatible con la inteligencia, para acabar los CDR y los líderes amnistiados, o en las revueltas que, so pretexto de apoyar hipócritamente a Palestina -nada mejor para los palestinos que el fin de Hamás, además de parar los pies a esa alimaña que es Netanyahu-, reventaron la Vuelta Ciclista a España. Un buen amigo presente como parte de la organización aquel horrible día para el deporte y la convivencia escuchó la impotencia de los policías impedidos por comunicación interna para actuar. Fuerzas del orden para consentir el desorden. El mundo al revés.

Si es deplorable la sustitución de profesionales del periodismo por activistas opinadores, es indignante la estigmatización policial en estos días de tristeza. Un defensor gubernamental sin escrúpulos -ha saltado de barco en barco ideológico desde su atalaya de ricachón con acrisolada ascendencia política- que es capaz de llamar idiota a un representante de la Policía totalmente flemático y respetuoso, pretendiendo una desproporción que los propios daños desmienten. Tenemos una gran policía, tenemos una gran Guardia Civil -a pesar del desvergonzado teniente coronel de Ceuta o de su directora general- y sufrimos un problema de kaleiborrokización favorecida por la asimetría de que un sindicato de estudiantes sin estudiantes y pretendiendo una calidad en el instituto que no quieren sea mejor, sea mejor comprendido por supuestos demócratas que los probos agentes.

Exactamente igual que sucediera hace un año con las protestas pro-Palestina -cuya legitimidad quedaba mermada por la presencia de proetarras y otros grupos violentos-, el balance de la situación nos la da una cuenta: cuando hay más policías heridos que manifestantes -caso de la Vuelta a España o los desórdenes en Cataluña hace nueve y ocho años-, algo está fallando. Y es que la desproporción hace que los legitimados para el uso de la fuerza tengan capadas sus capacidades incluso por las instituciones del Estado. Un disparate que, o se detiene, o pagaremos caro.

P.D.: Próxima estación, si no hay otra antes, la huelga general y la tentación de los piquetes decimonónicos de actitudes violentas. Y contra la oposición. De locos.

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