En mi comunidad, convivimos desde 1990. Veinticuatro familias que se conocieron cuando la inmensa mayoría frisaba entre los treinta y los cuarenta, con alguna excepción e incluso un pronto entierro que nos afectó lógicamente. Al principio, como en todo colectivo, ocurre igual que la famosa frase de la transición: To er mundo e güeno. A fuer de convivencia, unas desavenencias aquí, unos enojos allá, acá simpatías, acullá antipatías, hasta este 2026 hemos llegado.
En el camino, muchos hemos sido padres e incluso felizmente abuelos. Hemos tenido emigrantes -unos cuantos- y también inmigrantes. Aquellos se fueron con paz, éstos han llegado con afabilidad. En lo sustancial, no se ha perjudicado el buen tono de la vecindad, excepción hecha, como sucede incluso en Mirador de Montepinar (La que se Avecina) y en la calle Desengaño (Aquí no hay quien viva), de algún señor Cuesta o de algún aprendiz de Antonio Recio. Pero en tono menor.
La propia tendencia vegetativa de la vida ha motivado que, más allá de los inmigrantes y los emigrantes, los talentos jóvenes han volado por la ley de vida. Han emparejado y hasta han procreado. De esta manera, donde sólo hubo mayores y jóvenes pujantes ahora ya asoman nietas y nietos. Son nuestros particulares y adorables turistas. Vienen a ver a los abuelos que babeamos conforme los bebés despliegan sus maravillosas onomatopeyas, esos sonidos informes que poco a poco van engarzando en las primeras palabras.
Ya los hay, incluso, mayores de edad o en las cercanías. Sin embargo, ni ellos ni sus padres tienen el derecho de venir a las votaciones para definir las necesidades de la comunidad. Ni participan en las derramas, ni contribuyen con la mensualidad ni pueden decidir el adjudicatario del cuidado de la piscina o los jardines, el pintor para la escalera o la empresa de limpieza.
Los nietos, con sus padres, vienen a disfrutar del turismo gastronómico de las elaboraciones coquinarias de los abuelos, del de sol y piscina cuando se abre esta dependencia común, de naturaleza con la zona verde aledaña o del cultural con las charlas de los yayos, que han leído tanto que escucharles es edificante.
Los padres y los nietos no están autorizados, naturalmente, a ser determinantes en el futuro de la comunidad. Viven en la periferia por voluntad propia. Ni contribuyen ni aportan nada. Sería dramático, por no decir trágico, que desde su ausencia tomaran las riendas del edificio en el que no residen y al que ya no pertenecen más allá de la cortesía familiar que preside esta cultura nuestra de la solidaridad y la hospitalidad.
Ha habido alguien que ha querido convertir España en la segunda ubicación de La Que se Avecina, la calle del Contubernio, y repentinamente sostiene que quienes no tienen arraigo (suene mejor o peor el término ahora estigmatizado) alguno, no piensan arrimar un hombro nunca y no aportan absolutamente nada a la comunidad han de decidir nuestro futuro. Y eso, lo diga el Constitucional, el abogado del Estado, las hordas ministeriales o el sursuncorda, es una puñetera barbaridad con hierros retorcidos de una memoria que es selectiva, sectaria y simplemente manipuladora. El derecho civil no puede contravenir el natural, y el disparate no debe sepultar la lógica. Lo que se lee en redes es la constatación de que la capacidad de discernimiento en este país esquiva las alturas. En mi comunidad, si los nietos quieren votar, habrán de adquirir sus derechos y contribuir. Y, si no, pediremos residir en las viviendas de los rentistas gubernamentales. Que haberlos, haylos. Y a puñados.
P.D.: No quiero decidir la política de ningún lugar ajeno a mí país y mi comunidad. Si me decidiera, me iría a vivir allí y abonaría impuestos y derramas.