Sería muy pretencioso y magnánimo identificar la perturbación de la realidad con el idealismo, básicamente porque confluir esta corriente filosófica con la manipulación doctrinaria repercutiría en un ensalzamiento excesivo de determinadas conductas. El caso Maricarmen enraiza con la tradición española de pretender aplicar el carácter de quijotismo a lo que no es sino la desviación directa del sentido de la verdad con pretensiones espurias. Sí que es cierto que, conforme se rasca en el caso que ha disparado las apetencias de la izquierda radical o extrema o como se quiera llamar -la semántica está mejor empleada para otras cuestiones más fructíferas- se antoja la imagen de Alonso Quijano aproximándose a los molinos de viento convencido de que las aspas son brazos de malvados gigantes pese a la reconvención de Sancho Panza. El escudero tenía razón y el golpetazo fue morrocotudo.
La manifestación en Sol -no digamos en Huesca, donde se han precipitado irreflexivamente a concentrarse compañeros del Gobierno central en cuestión por las hordas madrileñas, el mundo al revés- ha sido la confirmación de la España cañí y de personajes como Paco Martínez Soria en Don Erre que Erre. Ni Maricarmen es una persona vulnerable más allá de la edad (sus cuentas corrientes tienen que estar pertrechadas por décadas de alquiler minúsculo y buenos salarios funcionariales), ni padece en una zona riesgosa, ni su arrendador era un fondo buitre, por más que contumazmente la ministra de Vivienda le haya insultado acerbamente justo después de haber sido resuelto el retorno del nombre del año a su hogar.
Conforme ha ido avanzando la concentración en Sol, hemos descubierto que, en realidad, Maricarmen no ha sido sino la excusa. Un símbolo con su cierto punto de zafiedad, por más que a todos -a mí sí- nos impactara su salida en camilla que demostró que Urbagestión, más que buitre, está gestionado por una familia muy cortita de intelecto... pero a nadie le obligan a ser el Steve Jobs de la modernidad. Realojado el objeto, los sujetos continúan con pretensiones absolutamente disparatadas, impropias de un país de 2026 y, lo que es peor, devaluando el sentido común y las verdaderas necesidades de un mercado de la vivienda que es una infamia en sí mismo, pero no precisamente por la visión de los manifestantes. Me viene a la memoria aquel alcalde zaragozano que, en una cena en Huesca, pretendió que es mejor repartir la pobreza que la riqueza. Demencial.
Precisamente por eso, porque Maricarmen ya no es la inspiración -no podía serlo por todas las circunstancias incluso legislativas que a algún descerebrado le puede llevar a concluir que el modelo rentista de la dictadura era mejor-, sino simplemente un ángel -viejo- que hizo un recorrido en medio de huestes enardecidas del dogmatismo extremo que no entiende de matices, para después desvanecerse en una simple negociación vertiginosa, la permanencia vulnerando distintos derechos cívicos de cientos o incluso miles de personas ha tenido que reconvertir el paisaje: de aquella indignación y eslóganes tremendistas, se ha pasado a una expresión lúdica infantiloide y a una simplificación -todavía más- de la realidad.
En esa disipación de los molinos de viento, me viene a la memoria aquella conversación el 15M con Luis Felipe. Salía yo de cenar de un piso de vida independiente de Down donde José, Daniel y Elías nos habían preparado una exquisita tortilla de champiñón regada por vino de Robres del genial psicólogo. Me llamó el alcalde, un hombre reflexivo con el que siempre es tan grato dialogar que a veces uno piensa que no es de este mundo cainita. Y, pese a que intenté tranquilizarle, sus vaticinios en las urnas se confirmaron. Temía esa corriente de descastados que acusaban al resto de ser casta, y que sólo habían invertido, en aquella plaza, en la primera letra para el futuro chalé de Galapagar y en el contrato tácito de perpetuación en la remuneradísima clase política al estilo más convencional. Todavía no existía Podemos, ni Sumar, ni VOX. De aquel bipartidismo imperfecto, llegamos a la cartografía política actual, con el tercero en liza hace apenas dos décadas, Izquierda Unida, también volatilizado por su abandono de Anguita.
Aquel cierto pánico en las filas socialistas equivocó la lectura y, frente a la agresividad dialéctica extrema de aquel núcleo de devenir ciertamente irregular (analícense los casos de Monedero, Errejón y algunos otros truculentos del entorno), pretendió competir con calidez. Con el exalcalde, establecíamos paralelismos con el medio natural, donde los más hostiles llevan ventaja.
La precipitación en la promesa de respuestas a apenas unos miles de manifestantes en Sol, que son un grano de arena en el censo de toda España, va a llevar al Gobierno a cometer otro error. Recuerdo a una consejera socialista en Aragón que, ante las presiones de sindicatos y padres, me decía una verdad apodíctica: "Gestionar con atolondramiento por la presión es garantía de que la decisión será un error de consecuencias impredecibles". Tengo para mí que cualquiera de los dos decretos que manejan PSOE y Sumar serán negativos para la causa real, apartada ya la carga emocional de Maricarmen. Allí donde es precisa reflexión, expertos, ciencia y conocimiento, no se puede resolver un problema estructural con gobernantes al borde de un ataque de nervios. Ceder al real chantaje del "o rentistas o gobierno" es un grave error dentro de un país moderno y democrático.
La respuesta es fácil: ya que hemos sido perezosos en la búsqueda de soluciones, vamos a hacerlo bien. Un paso primero y otro detrás. Identificando a los realmente necesitados, los jóvenes mileuristas, y disociando la okupación con latrocinio de los dramas que hay que resolver antes de que sean tragedia, que los ha habido y los habrá. Y el Sindicato de Inquilinos, que tan fácilmente sobrevive en medio de eslóganes y dinámicas de grupo propia de campamentos juveniles, que se presente a las elecciones. Alguno de sus dirigentes tiene riñón financiero como buen tenedor de inmuebles.
Siento, Don Quijote, utilizar tu bella ensoñación caballeresca para opinar sobre personajes tan materialistas y zafios.