Duele como no pueden imaginar. Como no conciben los predicadores del prejuicio y de la generalización, instalados en la incapacidad de madurar cincuenta años después de la dictadura por no dar a torcer el brazo que sólo moldea la reflexión frente a la decrepitud doctrinal. Como no alcanzan a ver los cortos de mente y largos de redes sociales, Como no sentirán jamás los que tienen una inclinación natural a la querencia del ladrón a interpretar que todos son de su condición. Duele por honradez, escuece por los valores impregnados en el cumplimiento del deber y mucho más allá, quema por sentirse traicionados, porque el uniforme lleva intrínsecamente pegada a la piel una sucesión de reglamentos y cartillas que acrecientan su efecto por la voluntad que no se detiene ni cuando media el riesgo desmesurado para su propia integridad.
Quienes hemos crecido en cuarteles y comisaría sentimos la desazón que se apodera de todo el cuerpo familiar que los habitan cuando uno de los que creíamos nuestro había atravesado el umbral entre la honradez y el delito hacia el lado oscuro, por ambición, por avaricia o por maldad. En todo colectivo hay garbanzos negros, de esos que nos producen bochorno porque nuestra trayectoria en las últimas décadas nos ha hermanado a golpe de funerales propiciados por los etarras, por el refuerzo de nuestra identidad y por el reconocimiento social que sitúa a los Cuerpos de Seguridad y a las Fuerzas Armadas en la cúspide de la consideración de los españoles.
Recuerdo el impacto que representó en la Guardia Civil el caso Roldán, aquella pesadilla para la Benemérita perpetrada por un hombre de dos caras, apariencia de eficacia en su primera etapa y depravación máxima cuando se descubrió la verdad. Fue un ataque a la línea de flotación cuando se cumplían 150 años desde que Francisco Javier Girón y Ezpeleta, Duque de Ahumada, la fundara, redactara la cartilla y admirara los primeros grandes servicios en unas inundaciones en Cataluña. Quienes habíamos residido o residíamos en los cuarteles nos sentimos desmoralizados, deprimidos y ni siquiera el consuelo de que se trataba del primer civil a los mandos del Cuerpo servía para maquillar el disgusto. Dias oscuros. Tal es el sentido de la responsabilidad. Por cierto, eran años en que los altos cargos dimitían, en este caso el ministro Antoni Asunción, igual que unos años antes lo hizo Alfonso Guerra como vicepresidente.
Estoy convencido de que los policías nacionales atraviesan ahora mismo aquella fase que padeció la Guardia Civil hace más de treinta años. La indignidad del Director Adjunto Operativo, y presuntamente de algunos que le rodeaban y confundieron el compañerismo con la insidia de la complicidad, no es trasladable a los 75.000 agentes que probamente salen a las calles a protegernos a todos los ciudadanos con la incógnita del regreso a sus hogares. Gentes que dejan huella, como la de los monumentos que han homenajeado a la Policía Nacional, porque son capaces en su servicio a todos nosotros de todo. De todo lo bueno, de desprenderse de su seguridad por preservar la nuestra.
En este fin de semana después de conocer el escándalo, es un buen momento para reflexionar, olvidar las redes sociales, ahuyentar cualquier prejuicio y pensar en todos esos policías admirables que simbolizan en el brillo de sus placas la limpieza de sus valores y la entereza de su entrega. Si sirviera una recomendación, les diría a todos ustedes, queridos lectores, que, hasta que se olvide esta mácula individual de un presunto delincuente que desmerece el uniforme, sean ustedes generosos en el saludo y explícitos en la expresión de su admiración a cuantos efectivos vean por la calle. Regálenles la mejor de sus sonrisas. Nuestros policías nacionales, nuestros guardias civiles, nuestros policías locales, los agentes autonómicos, merecen holgadamente nuestro reconocimiento y nuestra gratitud, porque por nosotros se la juegan y porque con absoluta certeza son el colectivo más honrado de cuantos existen, el más austero, el más abnegado y el que garantiza el gran cimiento de la libertad que es la seguridad y que trasciende hasta la paz. Por eso merecen el saludo y que, renunciando al pudor, les manifestemos nuestro aprecio. Se le llama correspondencia e incluso acompañamiento.