Sostener que cualquier tiempo pasado fue mejor no es ni una verdad apodíctica ni una aberración. Depende de cómo fue el antaño y cómo es el hogaño. Su balanza es la experiencia, la memoria y la capacidad de abstraer con una vara adecuada las épocas pretéritas y la actual. Que el nivel político era superior hace cuarenta o treinta años al actual no cabe duda alguna si no es por un ejercicio de voluntarismo impregnado de estulticia de los que hoy tienen responsabilidades y están tan pagados de sí mismos que no soportan la más mínima crítica. Sucede también, ojo, con determinados periodistas que pontifican desde X con una seguridad digna de un mejor desempeño intelectual.
Empiezo por uno de éstos, habitual en el Congreso de Periodismo de Huesca, singularmente por su fogosidad nocturna, que aplicaba su principio de ordinalidad con una simpleza impropia de alguien que conozca la realidad. Establecía una división simple entre lo que cada comunidad recibía del Estado y el número de habitantes para concluir, dentro de un oficio más militante de la política que de la pluma, que Cataluña, pobrecita, estaba mal tratada. Y lo dice desde Madrid, el muy imbécil. En la década de los noventa, donde no hubiera sido director de nada, los redactores-jefe briosos de entonces le habrían tenido separando teletipos de Efe para entregarlos en las secciones que elaboraban las noticias.
Había una gran preocupación en aquellos años por un concepto que ahora ha desaparecido y radicaba en dos palabras: reequilibrio y vertebración territorial. El objetivo, en la que en las primeras elecciones europeas de la década se concentraban, era conseguir la Europa de los Ciudadanos, y consecuentemente primero había que caminar hacia la España de los Ciudadanos. Sí, lo reconozco, es nostalgia, en sentido estricto de la palabra, en las acepciones que indica nuestra lengua española hoy depreciada por la estupidez y el oportunismo. Entonces, de cara a los fondos europeos y también en las políticas internas, se buscaban mecanismos para conseguir que un vecino de Poleñino tenga las mismas oportunidades que uno de Cornellá.
En la indigencia intelectual de la política de hoy, sólo preocupa el cortoplacismo de contentar a quienes odian a España a golpe de pegar mordiscos al concepto armónico de país o de patria, como explicita Víctor Lapuente. En tal medida, se está manoseando el principio de ordinalidad para cometer una injusticia de tomo y lomo. El Diccionario Panhispánico del Español Jurídico: "Principio que se predica de la relación financiera entre comunidades autónomas, en virtud del cual una comunidad autónoma no debe perder puestos en el nivel de renta per cápita como consecuencia de la aplicación de los mecanismos de nivelación entre comunidades".
Igual que la apreciación del periodista aludido, la aplicación derivada del acuerdo de supervivencia de Sánchez con Junqueras -en este país ya no hay ni decoro para no pactar ni con fugados ni con habilitados- establece una visión absolutamente lineal de las comunidades autónomas: aportación dividida por habitante. Hasta en las estadísticas de la obra pública, siempre se incorpora otra magnitud para concebir si trataba bien a un territorio u otro: por habitante y por metro cuadrado. Para este caso, incluso se quedaría corto, porque hay regiones que están tremendamente afectadas por la despoblación y el envejecimiento, como Aragón, las Castillas o Extremadura.
La inadecuación del concepto de ordinalidad pretendido llega también por la vía de la causa, que no es otra que oportunista, política, enormemente perjudicial para las comunidades con más dificultades (que proceden precisamente de la debilidad demográfica), paradójicamente las menos sospechosas de desafección de España, e intelectualmente paupérrimo al obviar que el capital humano con el que han prosperado Cataluña o País Vasco procede de una donación dolorosa y generosa de personas desde regiones como la nuestra que, en riadas, llenaron sus industrias y generaron su prosperidad. Un indicador que jamás se aplica y que sería justo incorporar para entender la razón de la España actual, o mejor dicho la de anteayer en sentido metafórico. El capital humano.
En la dialéctica de esta España de cincuenta años tras la muerte del dictador en la que el pensamiento colectivo ha evolucionado tan poco como poco se lee, en el bar común algunos tienen derecho a café y otros se han de conformar con un descafeinado o incluso un destilado de achicoria. Y, mientras, fanfarrones, explican los de la delicia colombiana a los demás que, cuando ellos cogen más dinero del común, se produce el milagro de que a los otros no les perjudica. Los que se tientan los bolsillos inmediatamente descubren la verdad... Una ignominia, un engaño.