Pues no. Lo diga el tuitero (su ocupación principal, que definitivamente ratifiqué ayer viniendo por Jaca y Sabiñánigo) Óscar Puente o la ministra que puso en marcha la Lomloe, Pilar Alegría, después del alumbramiento por Isabel Celaá, el modelo que ha llevado al estrépito del Informe Pisa tiene nombre y apellidos de todos los gobiernos centrales que han ido haciendo cada colada más puerca en materia educativa.
Que, en la más importante de las competencias estatales, Murphy haya impuesto sus reglas es el más pésimo de los augurios. Recordemos. Todo fue feo, chusco. La ministra Celaá y el Gobierno Sánchez aprovecharon la pandemia para colar de rondón una reforma educativa entre mascarillas, a hurtadillas y apenas le faltó un palmo para la clandestinidad. Ya no es que su sesgo sea el que es, marco imposible para optimizar la educación, es que en aquella España deprimida apenas levantaron la voz ante la barbaridad los padres de personas con discapacidad o necesidades especiales, tales como el Mago More, y se les tildó, cómo no, de fachas, reaccionarios y obstruccionistas. Indecentemente. Es que incluso el nombre es deprimente por feo: Ley Orgánica Modificatoria de la Ley Orgánica de Educación. Con tal cutrez pleonástica, nada bueno cabe esperar.
Aquella perpetración fue saludada por casi todos los gobiernos autonómicos, excepción de algún acólito seguidista, con una amenaza de insurrección: no gustó, pero el modelo, al final, es el que se ha impuesto. Por tanto, descargar la responsabilidad en las autonomías es una barbaridad y un descargo que no tiene medio pase.
El Informe Pisa es siempre una consecuencia. Analiza los sistemas con la suficiente distancia geográfica y temporal como para escrutar la calidad educativa de cada país. Y España suspende. Estrepitosamente. En Matemáticas, en Ciencias y singularmente en Comprensión Lectora. Es cierto que no es preciso que ese documento lo explicite. No hay más que ver la mediocracia en la que está sumida la gobernanza en este país, incapaz de entender un matiz en todo un quijote.
Un modelo que desincentiva el esfuerzo, la memoria y el mérito. Que afea el concepto de competencia asociándolo estúpidamente a banderías ideológicas. Que permite avanzar con suspensos. Que deprecia la excelencia e incluso el cumplimiento del deber. Que estimula la ultratecnologización allí donde otros países promueven los talentos naturales para evitar que un apagón sea la muerte de la inteligencia. Que rechaza los valores que inspiran los derechos humanos, en actitud kilométricamente separada de la inspiración del trabajo bien hecho. Y todo bajo una estulta pretensión de que lo moderno es la vagancia y lo antiguo es el método, que la permisividad es la regla y el orden es anatema.
Para quienes tenemos la fortuna de disfrutar de un buen libro, algo infrecuente en tantos políticos y periodistas de alto rango y baja capacidad, resulta extraordinariamente triste concebir que o se forman por su cuenta o serán incapaces de entender la obra que está ahora en mis manos a punto de acabar, El Sueño de Troya de Alfonso Goizueta. Y así, serán pasto de las llamas de la ignorancia expresadas en extremos ideológicos que no necesariamente se circunscriben a los que todos pensamos en la derecha o en la izquierda. La intolerancia, hoy, es sello del populismo de partidos otrora considerados morigerados, hoy cegados por la impotencia de ver limitada su capacidad... que también es consecuencia de su depauperado nivel.
Y, sin embargo, con todo este este desastre de la estructura educativa, lo más trágico es que la debilidad del conocimiento y de las virtudes no sólo es responsabilidad de gobernantes que desfilan a golpe de -nefandas- ocurrencias, sino también del conjunto de la sociedad y de parte de sus actores.
Hoy he escuchado dos programas de radio sobre el inicio del curso y en ninguno de ellos se ha profundizado, más allá de las cuatro cifras y las tres regiones menos lerdas, en lo que significa el Informe Pisa y la evidente falta de competitividad de España en un mundo en el que ocupa cerca del trigésimo puesto en los tres grandes parámetros que revelan la -pésima- situación. Ni las "asignaturas marías" en las que nuestro país está mejor, como la curiosidad -que sin aplicación es como la que tiene una ameba- o el orgullo de pertenencia al centro... donde se suspende globalmente. Ni la picaresca imbécil de Cataluña especialmente, pero también en menor medida de Murcia y Baleares de detraer del universo de análisis un porcentaje muy superior al permitido como si el profesor Pisa fuera tonto. Difícil que alguien recuerde lo que viene repitiendo Andreas Schleicher, el inspirador del Informe: que los estudiantes españoles tienen capacidad para asimilar conocimientos, pero no para aplicarlos a la vida real.
No. Lo fundamental en la vuelta al cole es el acondicionamiento por el cambio climático -que, por cierto, comparto-, las clases extraescolares que son obsesión de las asociaciones de padres, la distinción ideológica entre la escuela pública y la privada a la que algunos quieren condenar a un privaticidio -y esto lo dice quien estudió hasta el Bachillerato en la pública-, las ratios, las horas lectivas y otras zarandajas para la comodidad de sindicatos, profesorado, progenitores y determinadas opciones políticas. Todos se manifiestan por lo relativo -no niego que también influya-, nadie analiza por qué seguimos en picado en Pisa cuando más presupuestos se consignan a Educación y, sobre todo, nadie, nadie, es capaz de convocar una gran concentración para pedir una reforma estructural que mejore los cimientos del progreso futuro de todos.
Es cierto que la ridícula Lomloe se hizo sin consenso, no hubo siquiera intención. Fue por aplastamiento gubernamental y societario -de los socios que se han llevado buenos réditos por su apoyo interesado. Y, sin embargo, en el plano práctico la solución sostenible y eficiente no procederá de la reunión de los responsables de PP, PSOE, VOX, Sumar, Podemos o cualesquiera opciones pretendamos. Incluso la arcadia más feliz de entendimiento entre ellos no procuraría un sistema educativo eficaz, completo y complejo.
No, el consenso que es preciso es el de los Gregorio Luri, César Bona, Fina Paulos-Óscar Rey y Manuel Pérez (mejores profesores de España 2026), Alberto Quílez o los Docentes Referentes de la Fundación Ibercaja, entre otros. Un verdadero consejo de sabios y sabias independientes -no como la estafa así denominada en la pandemia- con formación, actitud y entusiasmo para trascender los pelillos a la mar de todas las superficialidades por las que hoy se manifiestan los michelines del grueso entorno educativo. El consenso de ellos, ese sí, sería próspero y progresista. Para reivindicar ese paso previo e imprescindible para revertir la miseria que nos atribuye el Informe Pisa, acudiría yo a una manifestación. Por la vida y por el futuro de nuestros jóvenes.