No es la primera vez que traigo a esta tribuna la expresión que, desde hace muchos años, me ha repetido mi madre: "Por la paz, un rosario". Viene a ser la tradición que planta raíces que ahora, en tiempos de posmodernidad y de impostura atribuimos a nuestra creatividad. A esa teoría de los diez segundos que marca que, para responder eficazmente a una provocación o una agresión, hay que dejar pasar un tiempo del reptiliano (las vísceras) al emocional (el del corazón) para desembocar en el racional. Ahí abrazamos el ideal temple para responder con eficacia.
Particularmente, me gusta más la formulación materna. Por la paz, un rosario. Para evitar un enfrentamiento doméstico, nada mejor que unas reflexiones, unos padrenuestros y unas avemarías. Lo mismo debiera aplicar antes de enviar tropas y bombas en un camino de no retorno.
León XIV, matemático, teólogo, jurista, ha sido capaz de elevarse sobre la España de la confrontación para mirar a los ojos al pueblo, a una ciudadanía que probablemente entienda mejor el mensaje que quienes están tirando de sus mangas, la izquierda y la derecha, para ganarse el beneficio de su verbo dotado de profundidad. No es una oralidad tuitera, no es una comunicación superflua, es mensaje, palabra, luz, verdad y vida.
No, nada hay más falso que la definición de la ministra portavoz de una confluencia en el humanismo. El Santo Padre no sólo ha hablado de migraciones, que también, porque el drama de las personas lo demanda mientras Europa y España no encuentran otras soluciones que las de la utilización ideológica y la apatía en la búsqueda de caminos para el conjunto del planeta, en destino pero también en origen. Ha expuesto, alto y claro, que el aborto no puede ser un derecho -por cuanto tal concepto es una verdadera aberracíón contra la ética- y que la eutanasia como la que acabó con la vida de la joven Noelia es un fracaso absoluto de la sociedad. Todo lo que acaba con la vida, bien supremo y mínimo denominador común para el poder transformador en este valle de lágrimas, de una manera evitable no es sino una contravención del derecho natural, sea por violencia externa o propia.
En esta ceremonia del ventajismo, en la que -per la pau un rosari, que exigiría la torpe Miriam Nogueras- ha tenido incluso que rizar el rizo artificioso de hablar en catalán postizo en un lugar de España llamado Cataluña, todo el Congreso ha aplaudido a rabiar -hoy algunos conspicuos miembros de la izquierda extrema decían que incluso demasiado prolongadamente- al Papa cuando la sedosidad del tono pontificio tenía la firmeza de la recriminación de tanta polarización y enfrentamiento. Veían todos al Santo Padre, le oían, pero apenas alcanzaban a escucharle, sordos de entendimiento, ciegos de la fe que abre los ojos.
Lo mejor de la visita del jerarca Prevost, más allá de otras contingencias, de la cuidada escenificación realista de la Iglesia de los pobres -la genuinamente laurentina de nuestro patrón-, de ese silencio excepcional en la Vigilia en medio de tiempos de estruendo, de esa paz que emana en la gestualidad que serena las almas, ha sido la reconfirmación de los cristianos españoles y del mundo de una religión que lidera, con sus imperfecciones de carne y hueso, el humanismo ajeno a las proclamas y reivindicativo de la humildad propia de una creencia máxima en alguien que fue capaz de desproveerse de su condición divina para compartir penurias, sufrimientos y crueldades de los verdugos que fueron y que hoy siguen clavando nuestras cruces globales y particulares.
Los cristianos, débiles en nuestra condición y acomplejados en nuestras flaquezas de los modismos, requerimos de muchísimas respuestas porque avanzar en la obra de crear convivencia, de universalizar la esperanza, de convertir la caridad en un deseo y de trabajar a pie de edificio de la humanidad demanda encontrar los cauces. Necesitamos pastores buenos que nos acompañen, sabiéndonos mimados y educados para resistir las tentaciones que, en este desierto del materialismo y el negacionismo de la trascendencia y la espiritualidad, nos asolan por la vía de un relativismo que sólo se puede vencer creyendo.
León XIV se ha alzado con su Verbo y su firmeza sobre las miserias para proclamar la fortaleza de la fe y el indispensable papel que la Iglesia misionera y universal tiene en los derechos humanos, en el imperio de las libertades y en la igualdad de los hombres y mujeres que construyen las naciones. Nada hay menos abstracto que la capacidad de llevar a buen puerto esta misión.