Esa pobre mujer sudó tinta china. Horas y horas hablando en La 1 sobre el accidente de Adamuz cuando los datos que llegaban, como en toda catástrofe, eran exiguos y confusos. De no ser por las audiencias y por las autojustificaciones, lo más sensato, como sucedía cuando sólo había dos cadenas en España, hubiera sido poner una película e ir introduciendo avances informativos, aunque interrumpiera el duelo en OK Corral en lo más álgido del desenlace. Claro, el problema es que todas las demás cadenas también están en sesión continua -como aquellas oportunidades en los cines del posfranquismo y la Transición de ver una película cinco veces seguidas una tarde- por la gravedad de la tragedia. Cuando hay precipitación y pocas certezas, entre chuleta y chuleta siempre se meten morcillas. Una fábrica entera.
Se ha hecho viral la intervención de una conspicua contertulia de Televisión Española en la que nos ha ilustrado con un descubrimiento estelar, y es que una rueda puede ser cuadrada. La de los trenes, aseguró entre balbuceos, lo es. 5.500 años después del descubrimiento cilíndrico, va a venir a resultar que la capacidad innovadora del sistema ferroviario es tal que las nuestras tienen cuatro ángulos. Y es que, en este tipo de complejos informativos, se intercalan dos factores terribles. Uno es el de las prisas, no se puede esperar a nadie mínimamente autorizado que alce su voz con cierto criterio. El otro es el imperativo de introducir el vector ideológico para socorrer no a los heridos ni rescatar a los muertos, sino para auxiliar a los propios, a los conmilitones, aunque sea preciso esgrimir argumentos pletóricos de estulticia. Hay tertulianos que darían risa de no ser por la atmósfera de tragedia que respiramos. El cóctel de prisas e ideología es letal para el sentido común.
Si dramática es la metamorfosis de la rueda en estructura cuadrada, desautorizando a quienes la descubrieron hace más de cinco mil años, peor es el desperdicio de otro gran hallazgo que acumula mínimo doce mil años: la escritura, que tuvo además su hito democratizador con el invento de Gutenberg que comenzó por 150 biblias que le causaron la ruina. Tal prodigio para que la contraparte, el lector, se haya convertido en estos tiempos superficiales en un ser humano de curiosidad evanescente, sin ánimo de saber.
Es un problema estructural y de fondo, aunque mucho me temo que otro de superior rango, la irresponsabilidad y la irreflexividad de la dirigencia, trasciende incluso el cultural para instalarse en una pasividad alarmante porque el corto plazo se ha impuesto definitivamente, entre la ineptitud de los altos cuadros gubernamentales y la debilidad de la exigencia social, sobre cualquier intento de mejorar honrada y profundamente los sistemas.
En los últimos años, nos estamos especializando como país en dilapidar las oportunidades que la enseñanza de la vida nos está aportando. Dejamos pasar una terrible pandemia con -largamente- más de cien mil muertos sin haber revisado la falsaria definición del sistema sanitario español como el mejor del mundo. Nos negamos a repensar la educación con una nueva ley introducida tras matar a los taquígrafos y apagar la luz para introducir de soslayo la ideología y renunciar a la racionalidad pese a los nefandos resultados en cualquier parámetro internacional. Proclamamos el entramado de la dependencia con grandes formulaciones y escuálidas aportaciones para financiarla. Y ahora llega este siniestro ferroviario que nos despierta de la machacona declaración de que es la época dorada del tren en toda la historia de España (Puente dixit) y de ese absurdo anuncio de que la alta velocidad se elevaría hasta 350 kilómetros por hora. Una nueva era, que prometió el ministro.
La realidad es la que es, independientemente del resultado de la investigación que durará meses y que está en las mejores manos con Iñaki Barrón de Angoiti, que sí, ha servido más de cuarenta años a Renfe pero que tiene una honradez intelectual a prueba de toda presión. Hace 34 años, cuando Huesca comenzó a ser ciudad AVE, nos enamoraba hacer el trayecto hacia Madrid como si estuviéramos en el salón de casa, sin apenas movimiento, con pleno confort acústico y de estabilidad. Hoy, ya sin entrar en el temor aerodinámico de esos trenes de dos pisos que hace un par de años me dio la impresión de que me iba a llevar vía directa volando hacia los predios celestiales, los vetustos coches nos hacen sentir en el cuerpo las vibraciones por el tránsito por los irregulares raíles, circunstancia sobre cuya responsabilidad se pasan la pelota entre Renfe y Adif cada vez que hay un retraso, una avería u otra incidencia. Hace unos meses, en un viaje a Madrid, lo comentamos en un grupo de compañeros de viaje a la capital: aquella quietud ha quedado relegada a la memoria del pasajero.
En verdad, esa negligente tendencia española, agudizada en este gobierno cortoplacista, a dejar todo como si no ocurriera nada (hasta que sucede) es la que induce a priorizar medidas populistas como la gratuidad de los bonos para los regionales lo mismo a personas necesitadas que a pensionistas de máxima retribución, a humildes estudiantes que a adinerados directivos, a rectores de asociaciones sociales que a presidentes de grandes empresas, frente a la seguridad que supondría una inversión en mantenimiento acorde con la magnitud de kilómetros de tren de la que presumimos bobaliconamente. Infantilización por tierra, mar y aire. Y ya sin entrar en otro terreno arisco, como es el de la frivolidad del destino de los fondos europeos a realizaciones que recuerdan al Plan E de 2008.
Sin embargo, mucho me temo que, concluidos los lamentos y el rechinar de dientes en los días y alguna semana después de enterrar a medio centenar de personas, olvidaremos la necesidad del pensamiento estratégico para centrarnos de pleno en el evanescente fomento del consumo, que al fin y a la postre da más votos y nos sostiene en la etérea nube de la estupidez que anula la exigencia. Para los gobernantes, será un balón de oxígeno en su inveterada pulsión por la autocomplacencia.