Con el júbilo del encuentro entre el Cristo Resucitado y la Virgen de la Esperanza, hemos concluido una intensa Semana Santa. En este periodo, en torno al testimonio de Jesús y de todos los personajes evangélicos que rodean el gran relato de la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor, los cristianos tendemos la mano, como lo hizo el crucificado, inspirados por su ejemplo para entregarnos a la causa de la humanización con sentido de trascendencia que está en la pauta de nuestra doctrina. Desde el punto de vista de los odiadores del catolicismo, invadiendo el espacio público, una suerte de supremacismo ante el que hemos de sacudirnos los complejos que amordazan nuestras respuestas.
Reconforta que, en uso de la libertad, sean miles las personas que se lanzan a las calles en Barbastro, en Huesca, en Jaca, en Monzón y en toda la provincia. Unos bajo ese castillo sagrado para la intimidad de la fe que es la túnica y el capirote o tercerol. Otros, admirando la manifestación de creencia que es todo desfile profesional y la magnanimidad de los pasos que son patrimonio del pueblo a través de la Iglesia. Algunos, por qué no, disfrutando por la vía de las bandas de tambores o música de viento que acompañan a las cofradías.
Los hermanos (tal es la raíz etimológica de la palabra cofrade) escuchamos atentamente las homilías de los pastores en las que, más que nunca por los episodios violentos que padeció el Mesías, resuenan los vocablos paz y solidaridad junto el trío virtuoso de la fe, la esperanza y la caridad. Todo de dentro hacia afuera, y cuando echamos la mirada al exterior, son con las manos contadas las ocasiones en las que recordamos a los cristianos que sufren en Nigeria y otros puntos de África, en Asia e incluso en Sudamérica, represaliados y asesinados por dictaduras y terrorismos.
La Semana Santa está concebida para meternos en la piel, las carnes y los demonios internos y externos de la violencia que acecharon a Jesucristo. Y, sin embargo, precisamente en la empatía con el Hijo de Dios, es oportuno, siempre insisto con el libre albedrío como punto de partida de todo predicamento, abrazar un punto de rebeldía para admitir un punto de incomodidad librepensadora como molesto fue Él para el poder civil. Todavía recuerdo este punto fundamental del pregón del entonces obispo de Teruel y Albarracín, hoy de Málaga, José Antonio Satué: Jesús era latoso para los prebostes de Roma y de otras comunidades que rehuían la Verdad y la Luz que emanaba ante las masas sin otra arma que la palabra inspirada.
El foco del verbo de Cristo no se proyectaba sólo hacia los demás, sino que inducía a mirar en el interior. En él residían virtudes como la templanza, la fortaleza, la justicia y la prudencia, complementos perfectos a la invitación a la fe, la esperanza y la caridad entregada como herramientas de amor a los tesoros de la iglesia que son los infortunados, en terminología laurentina del santo oscense.
Unidas ambas circunstancias, la reflexión hacia el interior y la asunción de la responsabilidad de obrar con integridad en el exterior, es obligado repensar nuestro proceder individual y colectivo tras la Semana Santa, en este caso de 2026. Y la conclusión de este humilde escribano, orgulloso y agradecido de haber vestido el hábito marrón de Santiago que empujó el Coscolla de la Enclavación de Cristo mientras se sumía en la meditación, satisfecho de la oportunidad de haber gozado de todo el conjunto procesional e incluso programático en torno a este periodo trascendental, es que hemos de reacondicionar nuestra actitud individual y colectiva con el único objetivo de reposicionar el sentido hacia lo profundo, hacia lo sustancial.
No se trata de volver a la Semana Santa de hace medio siglo, en la que imperaba la quietud y la música sacra como única opción en el dial o en la televisión, entorno quizás forzado aunque propicio para la contemplación. Pero sí recapitular mentalmente lo que se vive ahora en las calles de Huesca, donde la antaño llamada Procesión del Silencio se ha quedado en la mitad de la ecuación, la del desfile, por la irrupción del ruido y de un sentido del espectáculo exacerbado.
En el camino hacia la racionalidad y hacia la esencia, hacia la recuperación de las raíces, considero conveniente un repensamiento educativo de la Semana Santa. El objetivo, en la sociedad lúdica, ha de ser ganar terreno al espectáculo y la exteriorización para concentrar la mirada en el único sustancial e insustituible: el Cristo. Cada procesión está convirtiéndose en una sucesión de pequeños números con cánticos de distintas modalidades, con apabullantes exhibiciones de percusión y viento, que provoca que la visión y el oído se vean en la obligación de mostrar su respeto hacia los artistas... obviando que ahí arriba, sobre las peanas, el Cristo está sufriendo porque ,después de la triunfal entrada en Jerusalén, fue traicionado, prendido, violentado con una corona de espinas, atado a una columna, azotado, vejado y crucificado hacia una muerte segura por no ceder a las exigencias del poder. Jesús se convertía, así, en el primer y fundamental tesoro de la iglesia.
¿Cabe alguna extemporaneidad mayor que entregar el sentido de la Semana Santa a la música y cualesquiera manifestaciones artísticas que, pretendida o bien intencionadamente, atraen todo el interés y todos los intereses para acabar en aplausos? ¿No sucumbimos al sentido del espectáculo con la hipérbole de bandas de música infladas de instrumentistas frente a las exiguas filas que portan las varas de la fe? ¿Tiene sentido una Procesión del Santo Entierro de cuatro horas por los parones de hermanos que buscan la ovación por encima del significado real y riguroso de la Semana Santa? ¿No crees, querido hermano de cualquiera de las cofradías de Huesca y de las Huescas que en el mundo son que, en tiempos de padecimiento y muerte del Cristo, el núcleo está en acompañar en el sentimiento al Mesías, a la Madre, a los apóstoles y los discípulos?
La Semana Santa ha de ser un periodo de recogimiento, de contemplación y de reflexión incluso entre las muchedumbres. Escuchar, no sólo oír, las Siete Palabras. Concentrarse en la causa que demanda pulcritud porque vamos a caminar y a portar al Cristo, evitar esos horribiliarios de vestimentas impropias que constatan desdén (como muestra, esos pantalones y esos zapatos que reproduzco en esta noticia de un penitente que portaba nada menos que el sepulcro del Cristo Yacente) y encontrar el punto en el que, en un retorno imprescindible a viejos tiempos que en esto fueron más metódicos e incluso modernos, seamos capaces de redirigir la mirada y la concentración hacia el Cristo. Y que el resto de la exteriorización suene como música de fondo para favorecer la centralidad de los ritos. Guarden para el instante gozoso del vuelo del Espíritu Santo hecho paloma los aplausos al Resucitado y a la Virgen de la Esperanza. Sólo así demostraremos ser dignos de entrar en el estadio de la dignidad del gran personaje de la Semana Santa. El resto, somos accesorios y prescindibles.