Siento ser aguafiestas, pero creo que alguien tenía que decirlo. Huesca no está “a la cabeza de España” en zonas verdes, por mucho que el Ayuntamiento haya decidido concederse ese título.
Podría quedarse en otro exceso de entusiasmo municipal si no fuera porque ese supuesto éxito sirve después para justificar que todo está bien y que no hace falta hacerlo mejor.
Cuando desde el Partido Verde planteamos reforestar caminos y vías verdes, recuperar alcorques vacíos, aumentar el arbolado de nuestras calles o diseñar las nuevas pensando desde el principio en los árboles y la sombra, la respuesta es recurrente: Huesca ya tiene muchos árboles.
Y para demostrarlo, la calculadora del equipo de gobierno funciona de una manera bastante peculiar. En 2024 se hablaba de 125 hectáreas ajardinadas y 23,78 m² por habitante. Ahora son 150 hectáreas de “infraestructura verde” y 26,78 m². En apenas dos años han aparecido 25 hectáreas más en la estadística municipal, el equivalente a unos 35 campos de fútbol, sin que Huesca haya estrenado grandes parques que expliquen semejante salto.
Parte del secreto puede estar en la propia definición. Ahora esa calculadora incluye parques, sí, pero también rotondas, isletas, alcorques, riberas y hasta solares. Hay que intentar demostrar, sí o sí, que con este gobierno todo va a mejor. Las macetas de los balcones no entran. De momento.
Lo de estar “a la cabeza de España” tampoco resiste demasiado bien el análisis. Comparar ciudades es difícil porque no todas contabilizan sus zonas verdes de la misma manera, pero Vitoria o Logroño manejan cifras superiores a las de Huesca. Y basta una visita a otras ciudades, como Pamplona, para poner ese supuesto liderazgo, como mínimo, en cuarentena.
Los 19.000 árboles también tienen letra pequeña. Solo unos 6.000 corresponden al arbolado de las calles y el inventario original tiene más de veinte años. Algunos incluso han conseguido sobrevivir administrativamente a su propia tala, como los de Martínez de Velasco, cortados hace un año y todavía presentes en el inventario municipal.
Pero esta no es una discusión sobre estadísticas. Hablemos de ambición.
Esa sensación de que Huesca ya está bien como está, de que las críticas exageran y las propuestas son innecesarias porque ya estamos estupendamente, empieza a definir demasiado bien a este equipo de gobierno. La autocomplacencia tiene un problema. Si estás convencido de que ya lo haces muy bien, dejas de preguntarte cómo hacerlo mejor.
En el caso del arbolado, además, no tenemos tiempo que perder. Huesca afronta veranos cada vez más duros y todavía tenemos demasiadas calles donde encontrar sombra se convierte en un imposible. Los árboles no son decoración urbana. Son infraestructura. Dan sombra, reducen la temperatura, mejoran la calidad del aire, filtran contaminantes, amortiguan el ruido, retienen agua, favorecen la biodiversidad y hacen nuestras calles más habitables.
La Huesca de dentro de veinte años se decide hoy. Cada calle que urbanizamos o reformamos es una oportunidad para preparar la ciudad que necesitaremos entonces. Seguir diseñándolas sin pensar desde el principio en el arbolado y la sombra es seguir diseñando una ciudad para un clima que ya no existe. Y eso, en los veranos que vienen, significa no solo perder calidad de vida, sino hacer de Huesca una ciudad cada vez menos amable para vivir.
Ese es el peligro de fabricarse un sobresaliente. Termina sirviendo de excusa para dejar de estudiar.
Un gobierno municipal ambicioso hace justo lo contrario. Mira qué están haciendo mejor otras ciudades, aprende de ellas y se pregunta cuánto puede mejorar todavía.
Huesca tiene margen para mejorar. Mucho. Y reconocerlo no es hablar mal de nuestra ciudad. Es precisamente querer que sea mejor.
Compararse para aprender es sano. Compararse solo para poder decir que somos los mejores es complacencia. Puede servir para una nota de prensa o para salir al paso de una crítica. Para construir la Huesca de dentro de veinte años, no.