Sergio Bernués Coré

Convivir en tiempos de IA

Consultor, conferenciante y autor.
23 de Mayo de 2026
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Convivir en tiempos de IA
Convivir en tiempos de IA

Vivimos tiempos curiosos. Mientras las máquinas aprenden a escribir, a hablar, a responder, a traducir, a crear imágenes, a componer canciones o a mantener conversaciones aparentemente inteligentes, muchas personas parecemos estar olvidando algo mucho más básico: convivir.

Hablamos constantemente de inteligencia artificial, de algoritmos, de automatización, de transformación digital, de productividad, de eficiencia y de futuro. Y está bien. La tecnología avanza, cambia nuestras vidas y nos obliga a adaptarnos. Pero quizá, entre tanta innovación, deberíamos hacernos una pregunta más sencilla e incómoda: ¿estamos avanzando también como personas?

Necesitamos recuperar la sonrisa y el saludo amable, los “buenos días”, “hola, ¿qué tal está?”. Los pequeños gestos de educación que nos hacen grandes, “pase usted primero”, “disculpe”. “será un placer”. El agradecimiento, “muchas gracias”, “te lo agradezco”.

No son frases antiguas ni fórmulas vacías. No son gestos de otra época. Son pequeñas expresiones de respeto que sostienen la convivencia diaria y alegran el ambiente, la arquitectura invisible de una sociedad educada.

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La educación no es una tecnología obsoleta. El respeto no ha pasado de moda. Las normas básicas de convivencia no son una limitación de la libertad individual, sino precisamente aquello que permite que la libertad de todos sea posible.

A veces confundimos espontaneidad con falta de educación, autenticidad con grosería, libertad con ausencia de límites. Pero una sociedad sin mínimos compartidos se convierte en un espacio áspero, incómodo, ruidoso y difícil de habitar. No hace falta grandes conflictos para deteriorar la convivencia. Basta con dejar de cuidar los pequeños gestos.

En una clase no se grita ni se come. Si se llega tarde, se pide permiso. Se escucha cuando otra persona habla. Se respeta el tiempo, el espacio y la dignidad de los demás. En la calle la basura se deposita en la papelera. Debe evitar que su perro haga sus necesidades en la puerta de su vecino… Parece básico, casi elemental. Y, sin embargo, quizá precisamente por eso conviene recordarlo.

Porque las sociedades no se deterioran de golpe. No se rompen de un día para otro. Se van desgastando lentamente cuando dejamos de mirar al otro, cuando interrumpimos sin escuchar, cuando ocupamos el espacio común como si fuera exclusivamente nuestro, cuando la prisa nos vuelve bruscos, cuando la pantalla nos aísla y cuando confundimos estar conectados con estar verdaderamente presentes.

La inteligencia artificial transformará muchas cosas. Cambiará profesiones, procesos, modelos de negocio, formas de aprender y maneras de comunicarnos. Sería absurdo negarlo. Pero ninguna tecnología podrá sustituir la empatía, la sensibilidad, la cortesía, el respeto o la capacidad de ponerse en el lugar del otro.

Una máquina podrá escribir un texto correcto. Podrá responder con precisión. Podrá simular amabilidad. Pero no podrá sentir gratitud, ni pedir perdón desde la conciencia, ni mirar a alguien a los ojos para reconocer su dignidad. Eso sigue siendo profundamente humano.

Por eso, quizá el gran reto de nuestro tiempo no sea solo aprender a utilizar mejor la inteligencia artificial, sino evitar que tanto algoritmo nos haga olvidar lo esencial. Necesitamos personas capaces de manejar la tecnología, sí, pero también personas capaces de saludar, escuchar, ceder el paso, agradecer, pedir permiso y convivir.

El futuro no debería depender únicamente de máquinas más inteligentes. Debería depender, sobre todo, de personas más humanas.

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