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La Cruz de la Sanidad y la Riqueza de las Naciones

Médico de familia
29 de Mayo de 2026
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La Cruz de la Sanidad y la Riqueza de las Naciones
La Cruz de la Sanidad y la Riqueza de las Naciones

Cuando uno lee “La Riqueza de las Naciones” de Adam Smith, si no siente un escalofrío de emoción en alguna de sus reflexiones, es que no es liberal. Es una de las obras fundacionales de la economía moderna. En este libro, Adam Smith analiza cómo se genera la riqueza de un país y qué factores hacen prosperar a las sociedades.

Smith sostiene que la riqueza no depende sólo del oro o los recursos acumulados, sino de la capacidad de producir bienes y servicios de manera eficiente. Sus ideas principales son:

  • División del trabajo: cuando las tareas se especializan, la productividad aumenta enormemente. Usa el famoso ejemplo de una fábrica de alfileres para demostrar cómo varias personas trabajando en tareas específicas producen mucho más que una sola haciendo todo.
  • Interés propio y mercado: Las personas, al buscar su propio beneficio económico, terminan contribuyendo indirectamente al bienestar general. De aquí surge la idea de la "mano invisible" del mercado.
  • Libre comercio: Smith critica muchas restricciones comerciales y defiende que los mercados abiertos favorecen el crecimiento económico.
  • Competencia: La competencia entre empresas ayuda a mejorar productos y reducir precios.
  • Rol limitado del Estado: El gobierno debe encargarse principalmente de la justicia, la defensa y ciertas obras públicas, pero no intervenir excesivamente en la economía.
  • Origen del valor y los precios: Estudia cómo se forman los precios, los salarios, las ganancias y la renta.

El libro fue publicado en 1776 y tuvo una enorme influencia en el desarrollo del capitalismo y de la teoría económica clásica. Muchas ideas actuales sobre mercados, comercio y productividad parten de las bases que Smith expuso allí. Sin embargo, hay una dimensión que el propio Smith intuyó y que hoy la evidencia económica confirma con rotundidad. Ningún país prospera con una población enferma. Sin trabajadores sanos no hay división del trabajo eficaz, sin consumidores sanos no hay mercado, y sin niños sanos no hay capital humano que sostenga el crecimiento de mañana. La salud no es un gasto, es la condición previa de toda riqueza.

La cruz que algunos quieren borrar

Debido a la situación económica actual de España, mucha gente se lamenta asumiendo que «tendremos que aguantar esta cruz». En español, por nuestra tradición católica, hay muchas expresiones con el mismo origen: "¡Ay, Señor, qué cruz!", "cada uno tiene su cruz", "estar cruzado", "Dios me libre de esa cruz"… Pero hoy me centraré en el propio símbolo, ya que recientemente ha surgido un movimiento, quizás desde el propio Ministerio, para desviar la atención, en el que se insta a retirar las cruces de los hospitales.

No es casualidad que en cada centro sanitario se exponga la figura de una cruz. El objetivo buscado al exponer esta forma es que cualquiera pueda reconocer inmediatamente la naturaleza de las funciones que se llevan a cabo en él. Cambia el color, el tamaño y el diseño, pero se conserva la esencia del símbolo. Verde en las farmacias, roja en las ambulancias y los servicios de emergencia, blanca sobre fondo rojo en la Cruz Roja, blanca y octogonal en la Orden de Malta. Todas comparten la misma silueta porque todas remiten al mismo gesto fundacional: cuidar al que sufre.

Retirar la cruz de los hospitales sería un error histórico y antropológico. No se trata de imponer una confesión religiosa a nadie (los hospitales atienden a creyentes, agnósticos y ateos por igual y deben seguir haciéndolo), sino de reconocer de dónde viene la propia idea del hospital. La cruz, en el frontispicio de un centro sanitario, no proselitiza sino que testimonia un origen. Borrar ese origen para fingir una neutralidad que nadie pidió equivale a amputar la memoria de la institución.

Esa memoria no es un detalle ornamental. Es la huella visible de una de las mayores innovaciones sociales de la historia. Porque la idea misma del hospital, tal y como hoy lo entendemos, es una creación cristiana.

Existieron, ciertamente, recintos donde se practicaban actos médicos en India, Egipto, Grecia y Roma. Pero ni la sofisticada cultura griega ni el poderío administrativo romano concibieron jamás una red de atención sistemática al enfermo. Hizo falta una idea nueva, la dignidad infinita de cada persona y el mandato evangélico de cuidar al que sufre, para que aparecieran los primeros xenodoquios y hospitalia: casas de acogida donde las comunidades religiosas ofrecían techo, alimento y cuidado a enfermos y desamparados, sin distinción de origen ni de fortuna. Allí nació el hospital como institución específica.

Esa intuición fundacional alcanzó su forma más reconocible en el siglo XI. Hacia 1048, unos mercaderes de la República de Amalfi obtuvieron permiso del califa de Egipto para levantar un hospital en Jerusalén, junto al Santo Sepulcro, destinado a peregrinos de cualquier fe o raza. La comunidad que lo atendía quedó bajo tutela pontificia en 1113 y se convirtió en la Orden de San Juan de Jerusalén, la futura Orden de Malta. Para identificarse en Tierra Santa, su fundador, el beato Gerardo, adoptó la cruz blanca y octogonal presente en la bandera de Amalfi, su tierra natal.

Las ocho puntas de aquella cruz no eran un mero adorno heráldico. Recordaban a los caballeros sus ocho obligaciones, entre ellas vivir en la verdad, amar la justicia, ser misericordiosos y soportar la persecución. Una ética encarnada en un símbolo, y un símbolo asociado a un servicio muy concreto. Cuando los cruzados, peregrinos o viajeros enfermos divisaban una Cruz de Malta en el horizonte, ya fuera en Jerusalén, en San Juan de Acre, en Chipre, en Rodas o más tarde en la propia Malta, sabían exactamente qué encontrarían tras esos muros: atención sanitaria, cobijo y, llegado el caso, acompañamiento en el tránsito final. Aquella sucesión de casas y fortalezas hospitalarias, repartidas estratégicamente junto a las rutas y los puertos, puede considerarse, con razón, la primera red sanitaria de la historia.

Lo verdaderamente notable no es la antigüedad del símbolo, sino su continuidad. Quien hoy empuja la puerta de unas urgencias y ve una cruz sigue recibiendo, sin saberlo, el mismo mensaje milenario: aquí se cuida. Cambiar el símbolo no aliviará a ningún enfermo, pero sí debilitará ese contrato silencioso, tejido durante siglos, que une a una sociedad con quienes sufren. Debilitarlo no es un gesto neutro, porque la salud no es sólo una herencia moral sino la base misma sobre la que se levanta cualquier economía próspera.

La salud, motor de la economía

La concepción de un sistema sanitario solidario, al que pueda acceder cualquier persona y que esté presente en el mayor número de localizaciones posibles, está íntimamente relacionada con el humanismo cristiano que, junto a Grecia y Roma, ha dado origen a la propia sociedad occidental. Pero, como se ha apuntado, no se trata únicamente de una herencia moral. Es también, y quizá sobre todo, una de las inversiones económicas más rentables que un país puede hacer.

Existe una relación directa, medible y bien documentada entre la salud de una población y la prosperidad de su economía. Cuanto mejor es la salud de los ciudadanos, mayor es la productividad agregada, mayor la tasa de actividad, menor el absentismo laboral, más prolongada la vida activa y más sólido el tejido familiar y empresarial. La salud no compite con la economía: la sostiene. Cada euro bien invertido en prevención, en atención primaria y en salud pública vuelve multiplicado en forma de PIB, recaudación y cohesión social.

Los mecanismos son sencillos de enumerar y demoledores en su efecto acumulado. Un trabajador sano produce más y durante más años. Un niño bien atendido en su primera infancia rinde más en la escuela y se convierte en un adulto más cualificado. Una población mayor con buena salud retrasa su dependencia, alivia la carga sobre los servicios sociales y sigue aportando consumo, impuestos y experiencia. Por el contrario, una sociedad enferma multiplica el gasto sanitario reactivo, deteriora el capital humano, hunde la natalidad y obliga al Estado a destinar recursos que ya no podrán dedicarse a infraestructuras, investigación o defensa.

Adam Smith escribió que la riqueza de una nación reside en el trabajo productivo de sus habitantes. Hoy, dos siglos y medio después, esa intuición se traduce en una ecuación inapelable: sin salud no hay trabajo, sin trabajo no hay productividad, y sin productividad no hay riqueza. Los países que ajustan el gasto en sanidad creyendo ahorrar suelen descubrir, una década después, que han empobrecido a su economía mucho más de lo que recortaron en su presupuesto.

Lo verdaderamente importante

Hay debates que un país no puede permitirse aplazar, porque cuando llegan tarde ya no son debates, son diagnósticos. El de la sanidad pública española es uno de ellos. Llevamos años discutiendo de déficit, de prima de riesgo, de empleo y de crecimiento, como si la economía flotara sobre una sociedad abstracta, sin cuerpos que enfermen, sin familias que cuiden, sin profesionales que se agoten. Mientras tanto, el sistema sanitario, esa joya silenciosa que tardó más de un siglo en construirse, se descose por costuras que casi nadie quiere mirar de frente.

No se trata de alarmismo, se trata de honestidad. Las listas de espera se cronifican, la atención primaria se vacía, los profesionales se marchan o se queman, los hospitales envejecen más rápido que los pacientes que atienden, y la financiación, fragmentada entre diecisiete sistemas autonómicos, ha dejado de ser sostenible en su forma actual. Si no se toman decisiones valientes, lo que hoy damos por sentado, que cualquier ciudadano pueda ser atendido con dignidad por el simple hecho de serlo, dejará de existir tal y como lo conocemos antes de que termine la próxima década.

Por eso urge cambiar el plano de la conversación. Sobre los instrumentos concretos (modelo de gestión, fórmulas de financiación, papel de la colaboración público-privada, organización territorial, política de personal) es legítimo discrepar y necesario debatir. Pero conviene no confundir el medio con el fin. La pregunta de fondo no es cuánto gastamos, sino qué tipo de sociedad queremos ser. Una que entiende la salud de sus ciudadanos como un derecho que sostiene a todos los demás, o una que la trata como un coste a contener hasta que reviente.

Junto a esa pregunta, una segunda, más callada pero igual de decisiva: ¿qué hacemos con la memoria de lo que somos? No permitamos que se borren los signos que nos recuerdan de dónde venimos. Mantener la cruz en los hospitales no es un acto de confesionalidad, es un acto de memoria, de gratitud y de honestidad histórica. La misma cruz que durante mil años señaló, en mitad del camino, un lugar donde se cuidaba al peregrino, sigue señalando hoy un sitio donde se atiende al enfermo, sea cual sea su origen, su renta o su credo. Ese símbolo no excluye, convoca.

Convoca a los que curan y a los que son curados. Al que entra por urgencias en la peor noche de su vida y al que lo recibe con bata, después de muchas horas de turno. A la madre que aprieta la mano de su hijo en una habitación de oncología y al celador que empuja la camilla en silencio. A los que nacen, a los que sufren, a los que se despiden. Detrás de cada cruz blanca encendida sobre una puerta hay siglos de manos anónimas que decidieron, una y otra vez, no apartar la mirada del que sufría. Renunciar a ese símbolo, o peor, renunciar a lo que significa, sería empobrecernos por dentro mucho antes de empobrecernos por fuera.

Cuidemos, pues, lo que nos cuida. Defendamos el sistema que nos protege cuando ya no podemos protegernos solos. Y no olvidemos nunca que detrás de cada cifra macroeconómica hay un pulso, una respiración, una vida. Porque, en definitiva, la salud de sus ciudadanos es la verdadera Riqueza de las Naciones.

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