Julián Illana

Cuando gobernar exige decir no

Médico de familia
20 de Enero de 2026
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Como tantas personas hoy en día, utilizo WhatsApp como principal vía de comunicación con familiares y amigos. Formo parte de numerosos grupos, muy distintos entre sí, y en varios de ellos, especialmente en los de contenido político, se repite desde hace días un debate intenso sobre la convocatoria de elecciones en Aragón, avivado tras los resultados obtenidos en Extremadura. Algunos opinan que ha sido un error adelantar la llamada a las urnas; otros, que va a servir para medir el verdadero estado del Partido Socialista en este momento.

Responder a todas esas cuestiones en mensajes breves resulta casi imposible. Por eso he optado por escribir este texto, con la intención de ordenar ideas, fijar una posición y evitar controversias innecesarias con personas a las que aprecio profundamente.

En política hay errores que se cometen por exceso de ideología y otros, más peligrosos, por miedo. En Aragón, el debate sobre el adelanto electoral y la aprobación de los presupuestos ha puesto sobre la mesa una cuestión de fondo que va más allá de las siglas: si un gobierno debe ceder al chantaje para sobrevivir o asumir el coste de gobernar con autonomía y responsabilidad.

Hay una tentación vieja como la política y peligrosa como la dinamita húmeda: confundir la necesidad con la claudicación. Esa costumbre tan ibérica de poner el revólver sobre la mesa y llamarlo negociación. Y aquí conviene decirlo sin rodeos, aunque moleste a propios y a socios circunstanciales: para el Partido Popular hubiera sido un grave error, estratégico y moral, ceder al chantaje de VOX a cambio de aprobar unos presupuestos.

No porque VOX sea el demonio con tridente que algunos caricaturizan, sino porque el chantaje nunca es ideológico: es metodológico. Hoy se cede por una partida, mañana por un gesto simbólico y pasado mañana por el alma política entera. La historia enseña, y lo hace con mala leche, que quien gobierna sometido deja de gobernar y empieza a administrar amenazas.

Los presupuestos son la ley más importante de un gobierno. Son su programa hecho números, su ideología traducida en carreteras, hospitales, educación y servicios sociales. Si el PP aceptara que esos presupuestos no se aprueben por convicción compartida sino por presión, estaría reconociendo implícitamente que no gobierna Aragón, sino que lo ocupa el Gobierno en precario. Y eso, en política, es el principio del fin.

Aragón no es una barricada ni un laboratorio de testosterona ideológica. Es una tierra seria, austera, poco amiga del ruido y mucho de la gestión. Aquí la gente no pide épica, pide que el médico llegue a tiempo, que el pueblo no se muera y que sus hijos no tengan que hacer las maletas. Gobernar Aragón exige estabilidad, no pulsos constantes ni ultimátums de tertulia encendida.

Ceder al chantaje de VOX habría tenido, además, un efecto perverso: convertir la excepción en norma. Si hoy funciona el amago de bloqueo, mañana será obligatorio subir la apuesta. La política se transforma entonces en un mercadeo de amenazas, donde quien más grita más consigue, y donde la gestión queda relegada a un segundo plano, aplastada por la teatralización permanente del conflicto.

Los presupuestos se negocian, no se extorsionan. Negociar implica ceder en lo accesorio para proteger lo fundamental. El chantaje, en cambio, busca imponer lo fundamental a través del miedo al bloqueo. Y un partido que acepta eso pierde autoridad, credibilidad y margen de maniobra.

Hay, además, una cuestión de largo recorrido. El PP aspira a representar a una mayoría amplia, moderada y transversal. A esa España que no vive instalada en la trinchera ni en la consigna. Si acepta gobernar bajo el dictado de un socio que convierte cada presupuesto en un pulso identitario, corre el riesgo de alejarse de ese centro sociológico que no soporta el ruido ni las amenazas disfrazadas de principios.

La derecha democrática europea aprendió hace tiempo que el poder no consiste en imponer, sino en ordenar, en dar estabilidad, en generar confianza. Cuando se gobierna con miedo al socio, el mensaje que se transmite es devastador: que el gobierno no manda, que sólo resiste. Y un gobierno que sólo resiste acaba agotado, irrelevante o derrotado.

Pero, ¿qué ocurrirá si no se logra una mayoría absoluta y tienen que pactar PP y VOX? ¿Cómo podrían hablar de volver a crear la “Casa Común del centro-derecha” que un día fue el PP de Aznar? Cuando se invoca al PP de Aznar, se suele olvidar algo fundamental: Aznar no tuvo que pactar con un partido a su derecha. El PP absorbía a conservadores, liberales, democristianos e incluso antiguos votantes socialistas moderados. VOX existe precisamente porque el PP dejó huecos ideológicos y emocionales y porque una parte del electorado percibió al PP como ambiguo o acomplejado.

Hace pocos meses, Iván Espinosa de los Monteros, junto con algunos políticos que formaron parte de Ciudadanos, PP y VOX, crearon un Think Tank llamado ATENEA. Desde el marco ideológico y estratégico que defiende ATENEA, el entendimiento entre PP y VOX no es una opción táctica, sino una necesidad estructural del espacio político que va del centro-derecha a la derecha conservadora.

ATENEA parte de una premisa clara: La izquierda, en la actualidad, gobierna no por mayoría social, sino por fragmentación del adversario. Según este enfoque, PP y VOX comparten una base sociológica mayoritaria en muchos territorios. La división entre ambos no responde a diferencias irreconciliables, sino a estrategias, estilos y jerarquía de prioridades. Por tanto, no entenderse equivale a regalar el poder.

Aunque no lo diga explícitamente, ATENEA bebe algo de Gramsci: la política no es sólo ganar elecciones, sino articular un bloque histórico coherente. En ese esquema, el PP representa gestión, institucionalidad y centralidad electoral. VOX representa la ruptura del consenso progresista, movilización cultural e impugnación del marco ideológico dominante. Separados, se neutralizan. Coordinados, se complementan.

El enemigo común está claro, y eso importa. ATENEA es muy explícita aquí: el adversario no es el “otro partido del bloque”, es el proyecto progresista hegemónico (PSOE + Extrema Izquierda + Nacionalismos).

Desde ese prisma, la confrontación PP-VOX es un lujo suicida y la pureza ideológica sin poder es irrelevante. Sin entendimiento entre PP y VOX no hay alternativa real, y sin alternativa, no habrá cambio de rumbo a nivel nacional. No porque PP y VOX sean iguales, sino porque son interdependientes en el contexto actual.

En el caso de Aragón, no se trata de romper puentes ni de demonizar a nadie. Se trata de marcar límites. De decir, con educación pero con firmeza, que los aragoneses no pueden ser rehenes de ninguna estrategia nacional, de ningún cálculo partidista ni de ningún ultimátum. Que los presupuestos están para servir a los aragoneses, no para alimentar relatos épicos de resistencia o pureza ideológica.

La política útil, la que arregla cosas, exige a veces decir no. No al chantaje, no al ruido, no a la tentación de sobrevivir hoy a costa de hipotecar el mañana. Si el Partido Popular quiere gobernar Aragón con dignidad, debe hacerlo desde la autonomía, la responsabilidad y la serenidad. Si VOX quiere ser útil a la sociedad, debe entrar en el Gobierno con aportaciones, ideas y sacrificio. Todo lo demás es pan para hoy y descrédito para mañana. Y ya sabemos cómo acaba eso: con gobiernos en precario, presupuestos bloqueados y ciudadanos que, cansados del espectáculo, dejan de creer que la política sirva para algo más que para pelearse. Eso sí que sería una derrota. Para todos.

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