Imagina por un momento el casco antiguo de Huesca en el año 76 antes de Cristo. Por sus calles no solo transitan íberos con sus túnicas y adornos tribales, sino senadores togados que acuden a deliberar sobre asuntos de estado, jóvenes aristócratas hispanos que se ejercitan en la oratoria y la retórica griega, y mensajeros que llegan exhaustos desde Italia con noticias que hacen palidecer a medio mundo. Roma, la todopoderosa Roma, está perdiendo la guerra. Y la está perdiendo aquí, en Osca, contra un general brillante y rebelde llamado Quinto Sertorio.
La historia arranca con sangre y proscripciones. Tras la muerte de Cayo Mario, Roma se desangra en una guerra civil salvaje. El dictador Sila toma el poder e instaura un régimen de terror: listas interminables de enemigos políticos condenados a muerte, sus cabezas expuestas en el foro, sus bienes confiscados. Sertorio, un militar curtido que había servido con distinción en Hispania, se niega a doblegarse. Declarado enemigo público, huye primero al norte de África y luego es llamado por las tribus lusitanas que resisten la ocupación romana. Lo que comienza como una simple rebelión militar se transformará en algo inaudito: la creación de una Roma alternativa, con su propio Senado, sus propias instituciones y su propia capital. Una capital que no estará en Italia, sino aquí, en Huesca.
¿Por qué Sertorio eligió Osca? No fue casualidad ni capricho, esta ciudad ofrecía todo lo necesario. Tenía una posición estratégica que controlaba el acceso al valle del Ebro, una población íbera numerosa y guerrera, y la distancia suficiente de Roma como para organizarse sin interferencias inmediatas. Pero sobre todo, Sertorio vio en Osca el lugar perfecto para materializar su visión política. Él no quería romper el Imperio, sino salvarlo; quería demostrar que la verdadera República, la legal y justa, residía ahora en Hispania, lejos de la corrupción de la metrópoli.
Y así, en nuestra ciudad, Sertorio estableció un Senado de trescientos miembros, formado por los senadores romanos exiliados que huían de la tiranía de Sila. No era una farsa ni una pantomima… aquella asamblea legislaba de verdad, administraba provincias, nombraba magistrados y dictaba sentencias que se cumplían en todo el territorio controlado por Sertorio. Aunque el Senado era romano, Sertorio rompió moldes al tratar a los jefes íberos no como súbditos, sino como aliados indispensables, integrándolos en su estructura de mando. Osca dejaba de ser una ciudad sometida para convertirse en el corazón palpitante de la resistencia republicana.
Pero Sertorio tenía otra intuición genial. Sabía que el poder no se sostiene solo con espadas, sino con cultura e instituciones. Por eso fundó en Huesca la célebre Academia (o escuela de Osca), destinada a educar a los hijos de los jefes íberos. Allí, jóvenes de toda Hispania aprendían latín, literatura griega y filosofía. Vestían la toga pretexta, debatían como ciudadanos romanos y se preparaban para gobernar. Era una jugada maestra ya que garantizaba la fidelidad de los padres, pues los hijos servían de rehenes de honor, al tiempo que forjaba una nueva élite bicultural capaz de dirigir una Hispania plenamente integrada en el mundo romano.
Durante casi una década, desde el año 80 hasta el 72 antes de Cristo, las decisiones tomadas en Osca resonaban en el Senado de Roma con más fuerza que las de muchos cónsules. Los generales enviados desde Italia caían derrotados una y otra vez. El joven Pompeyo, futuro amo de Roma y conquistador de Oriente, veía cómo sus legiones eran humilladas por las tácticas guerrilleras de Sertorio. Desde Huesca se despachaban embajadas a potencias extranjeras como el Ponto, se acuñaba masivamente el denario de plata oscense para financiar la guerra, se administraba justicia y se gobernaban territorios inmensos. Huesca no era una ciudad provincial perdida en las montañas: era el epicentro de un contrapoder que ponía en jaque al mayor imperio de la época.
Pero como tantas veces en la historia, la traición llegó desde dentro. El carácter cada vez más desconfiado de Sertorio, las tensiones con sus oficiales romanos que recelaban de su favoritismo hacia los íberos y el desgaste de años de guerra fueron erosionando su posición. En el año 72 antes de Cristo, durante un banquete celebrado en la propia Osca, Marco Perpenna, uno de sus generales más cercanos, lo apuñaló a traición. Con Sertorio cayó también su sueño. Perpenna fue incapaz de mantener unida la coalición y fue derrotado por Pompeyo poco después. Osca volvió a ser una ciudad más del Imperio, y su Senado, su Academia y su momento de gloria quedaron sepultados bajo las capas del tiempo.
Hoy, cuando paseamos por las calles del casco antiguo de Huesca, pocos recuerdan que bajo esos adoquines yacen los cimientos de lo que pudo ser una Roma alternativa. Que aquí se reunió el único Senado rival que tuvo la Ciudad Eterna, que aquí se educó a una generación de hispanos destinados a gobernar, que desde aquí se desafiaron las decisiones del poder más grande del Mediterráneo.
Quizás la gran lección de Sertorio es esta. La historia no siempre la escriben las capitales eternas, sino que a veces se fragua en ciudades que se atreven a soñar con otro destino posible. Huesca tuvo ese momento. Y aunque el sueño duró apenas una década, fue lo suficientemente intenso como para demostrar que incluso las periferias pueden convertirse, aunque sea brevemente, en el centro del mundo.