Hablemos claro, sin eufemismos ni estadísticas maquilladas. En muchos pueblos de la provincia de Huesca, desde los valles del Pirineo hasta las llanuras de Monegros, pasando por Sobrarbe, Ribagorza o la Hoya, la falta de médicos no es un dato frío en un informe de la DGA, es miedo en estado puro. El pánico de una madre cuando su hijo de seis años sufre un ataque de asma a las once de la noche y el consultorio lleva cerrado meses. La angustia de ver a tu padre agarrarse el pecho sabiendo que la ambulancia más cercana está a cuarenta y cinco minutos por una carretera estrecha y mal asfaltada. Esa certeza terrible de que, en el tiempo que tarda en llegar la ayuda, puede pasar cualquier cosa.
Nos encanta hablar de repoblación y los políticos de todos los colores se llenan la boca con palabras bonitas: digitalización, banda ancha, teletrabajo, emprendimiento rural, turismo sostenible. Organizamos jornadas, creamos plataformas, repartimos subvenciones para renovar fachadas de piedra y abrir casas rurales con wifi de fibra óptica. Todo muy bonito sobre el papel, pero hay una verdad incómoda que nadie quiere decir en voz alta: nadie, absolutamente nadie, se muda con su familia a un pueblo donde, si pasa algo grave, están vendidos.
Puedes tener la mejor conexión a internet de España, teletrabajar desde un pueblo precioso con vistas al Pirineo o montar el negocio más innovador del sector agroalimentario. Da igual. Si una noche tu hija tiene fiebre alta que no baja o si tu pareja se corta con un cuchillo jamonero, y lo único que puedes hacer es llamar al 112 y rezar para que lleguen a tiempo, todas las ventajas del mundo rural se evaporan. Porque el miedo no entiende de paisajes idílicos ni de calidad de vida. El miedo es visceral, primitivo, y solo dice una cosa: aquí mi familia no está segura.
La despoblación no empieza cuando cierra el bar del pueblo, ni siquiera cuando cierra la escuela. Eso son consecuencias. La despoblación empieza de verdad cuando se cierra el consultorio médico, cuando el último médico se jubila y no hay nadie que lo sustituya, cuando la plaza queda vacía durante meses o se cubre con contratos temporales de profesionales que rotan cada pocas semanas y apenas tienen tiempo de aprenderse los nombres de sus pacientes. Cuando los vecinos mayores, que son mayoría, empiezan a acumular pastillas sin supervisión porque total... el médico solo viene los martes.
Y sí, ya sé lo que dirán algunos. Que no hay médicos suficientes, que las facultades no dan abasto, que la sanidad está colapsada en todas partes, que los profesionales no quieren ir a zonas rurales por las condiciones laborales. Todo eso es cierto. Y los sanitarios que trabajan en el medio rural merecen respeto y reconocimiento, porque hacen milagros con recursos limitados. Pero las excusas no curan infartos. Las excusas no detienen hemorragias. Las excusas no consuelan a una familia que ha perdido a alguien porque la ambulancia llegó tarde.
Lo más sangrante es que hablamos de derechos fundamentales, el acceso a la sanidad no puede depender del código postal. No puede ser que vivir en Benasque, en Graus, en Sariñena o en cualquier pueblo de la provincia te condene a una atención médica de segunda categoría. No puede ser normal que en zonas de Huesca una ambulancia tarde una hora en llegar, lo sé porque yo lo viví. Una hora esperando, sin poder hacer nada más que mirar el reloj y confiar. No culpo a los profesionales, pero esa sensación de impotencia te marca para siempre. Eso no es España vaciada, eso es España abandonada.
Y lo peor es que todo el mundo lo sabe. Los políticos lo saben, los médicos lo saben, los propios vecinos lo saben. Pero seguimos fingiendo que con un proyecto piloto aquí, una ayuda allá y mucha palabrería sobre lo importante que es el medio rural vamos a arreglar algo. Mientras tanto, los consultorios siguen cerrados, las plazas sin cubrir y los vecinos mirando el reloj cuando suena el teléfono de madrugada.
Si de verdad queremos repoblar el territorio, si realmente nos importa que la provincia de Huesca no se convierta en un parque temático para turistas de fin de semana, hay que empezar por lo básico: garantizar que quien vive en un pueblo pequeño tenga el mismo derecho a una atención sanitaria digna, rápida y profesional que cualquier otro ciudadano. Eso significa médicos estables, consultorios abiertos, ambulancias suficientes y tiempos de respuesta razonables. Significa invertir en serio, no en cosmética electoral.
Porque al final la despoblación no es solo una cuestión de oportunidades económicas o de servicios digitales. Es una cuestión de confianza. Y nadie confía su vida, ni la de su familia, a un lugar donde la ayuda puede llegar demasiado tarde. Hasta que no entendamos eso, todos los planes de repoblación del mundo no serán más que papel mojado. Y los pueblos seguirán vaciándose, no por falta de internet, sino por exceso de miedo.