Antonio Naval

El descomunal conglomerado de la Sagrada Familia

14 de Junio de 2026
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El descomunal conglomerado de la Sagrada Familia
El descomunal conglomerado de la Sagrada Familia

Es incuestionable que ha resultado una bienvenida empresa generadora de inimaginables sumas de dinero. Que ahora se quiera decir que continúa siendo un templo expiatorio porque los turistas continúan aportando medios con los tiques de entrada es otro dislate de este, sin duda, singular engendro. Tampoco va a ser un exponente de la religiosidad de un pueblo porque Cataluña es de las colectividades más secularizadas de España. No es el icono más apropiado para una realidad muy confusa, como es la catalana.

La peculiaridad, eso sí, con respecto al resto de las regiones del país es su pretensión alocada de crear diferencias. Diferencias crean pero con resultados tan extravagantes como es esta construcción. La puesta en escena de una nueva bendición, por muy papal que fuera, es un desliz, por parte de quien la orquestó, en pro del marketing. La labor de difusión de las bondades del artefacto es tan pobre como la estética del inmueble y tan osado como pretender mostrar lógica en el absurdo. Ni con el ciertamente llamativo y un tanto atolondrado montaje luminoso de la presentación y los miles de microprocesadores para las efímeras candelas han logrado mejorar el conglomerado informe y caprichoso, pero sin duda han obtenido difusión universal. Esta costosa luminotecnia fue el baño de gelatina dado a la tarta para que resulte atractiva.

Si a algo se asemeja el edificio del templo de la Sagrada Familia es a un descomunal castillo de arena de los que se hacen en la playa. Podrá ser discutible la conceptualización de belleza configurada con formas y volúmenes, pero esta desproporcionada construcción no pasa de ser un desmesurado forúnculo en el perfil de la ciudad. En nuestra cultura y civilización, de raíz grecorromana, ha permanecido hasta nuestros días una percepción de la belleza basada en formas simples y volúmenes equilibrados, simplemente combinados y sencillamente articulados que, por sí solos, trasmiten sensación de placidez por su armonía a quienes se colocan en posición de experimentar emociones.

Este edificio, claro que proporciona emociones, las de lo inusual y extravagante, las de los engendros anormales que se puede hacer cuando sobreabunda el dinero, las de lo que el ser humano puede conseguir cuando no pone límite a sus fantasías porque puede contar con ilimitados recursos. Por supuesto que abruma emocionalmente el ambiente fantástico que han conseguido crear en su espacio interior, pero ¿esto es de Gaudí? Este arquitecto difícilmente pudo imaginarlo con los resultados conseguidos porque en su tiempo las vidrieras no eran así. Tampoco contaba con los medios y recursos que hoy han tenido los que se han aprovechado de la idea del arquitecto reelaborándola en búsqueda prioritariamente del impacto, frente a la experiencia de lo numinoso, la religiosidad, que parece era prioritario para el arquitecto.

Ciertamente Gaudí ha tenido la suerte de que se hayan llevado a la realidad genialidades suyas como la del arbolado. Es inusitado, raro, sorprendente, pero la emoción se agota en su condición de experiencia circunscrita al impacto, no a lo trascendente.

Este inusual engendro en su resultado final no pasa de ser variaciones sobre un tema de Gaudí. Sobre una idea global de masa, la suya, los sucesores han construido una inmensa variedad de formas y detalles que Gaudí no diseñó, entre otras razones porque no tuvo tiempo. El resultado está allí y pasará a ser un icono de la ciudad de Barcelona, como la torre Eiffel lo es de París. Esta estrafalaria forma, que nadie percibe ya con tal predicamento, porque el hábito manda, suplantó a creaciones de incomparable belleza como las que se acumulan en la histórica ciudad de París. Todo consiste en saber vender y el receptor acostumbrarse a lo inevitable.

La incipiente construcción de la Sagrada Familia debió quedarse en la apariencia que se fosilizó después de la Guerra Civil, con una mezcla híbrida de formas históricas y un esbozo de nuevos intentos de genialidad, y con una fachada del Nacimiento que nada tiene que ver con lo que se ha hecho después. Son innegables, ciertamente, las aportaciones técnicas de Gaudí, con experimentos pioneros en ingeniería de la construcción, de atractivos resultados visuales. Importantes y prestigiados arquitectos catalanes pidieron que lo construido se diera por finiquitado y también nombrados escultores de relevante escultura moderna. Hubo entre ellos quien cambió de opinión adaptándose dúctilmente al pragmatismo impuesto por las circunstancias cuando le dieron la posibilidad de engrosar pingües beneficios con su intervención.

Allí está el historial de la fachada de la Pasión. Difícilmente la hubiera aprobado Antonio Gaudí, dado su talante y preferencias. Su percepción de lo que debía ser elocuente le llevó a sacar un molde del burro que estaba vivo y aparece en la fachada del Nacimiento. Como para pensar que hubiera aprobado la deriva para llenar vacíos mediante la interpretación libre. Otra cuestión es que planteado globalmente el engendro, ahora sobran cuatrocientos pisos que deben dejar espacio a la expansión de la extravagancia.

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Como manifestación artística no es modernismo catalán, es un capricho, un experimento, un melange de elementos incongruentes, un híbrido, un atosigado cúmulo de torres, de confusa significación que, frente a la sensación placentera que debe proporcionar el arte, lo que trasmite, eso sí, no sobrepasa la admiración y sorpresa, pero sorpresa por la desmesura y admiración por todo lo que tiene de capricho. Este edificio es esto, un capricho. Justo Gallego, con infinitamente menos medios, hizo otro capricho en Mejorada del Campo, con catorce torres, en equilibrada ubicación, pero no ha merecido más consideración que la de un desproporcionado esfuerzo de un fanático. Tanto Justo como Gaudí fueron dos convencidos creyentes.

Las peculiaridades de una cultura, una colectividad, en este caso la catalana, se definen con los más variados gestos y creaciones, como en todas las culturas. El templo de la Sagrada Familia quiere ser, por encima de su historial, un exponente de una colectividad que pretende consolidarse en la automarginación, minusvalorando lo que le dio identidad. Seguirá dando sustanciosos ingresos pecuniarios, porque comercialmente es rentable y acabará siendo el sobresaliente, muy sobresaliente icono de Barcelona y Cataluña, pero no es genial creación, todo lo más una pretenciosa imagen. Las hay en la historia. Difícilmente servirá para que esta cultura, la catalana, se perciba como algo equilibrado con consolidada fundamentación para trasmitir con autonomía una ruta hacia un futuro diferente. Cuando hay disociación entre formas y percepción colectiva de la realidad es porque este sentimiento no se rige por la lógica sino por la deriva.

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