Los grandes incendios no comienzan el día en que aparece la primera llama. Su verdadero origen se encuentra muchos años atrás, cuando nuestros pueblos comenzaron a vaciarse y el medio rural empezó a perder la vida que durante siglos había cuidado y ordenado el territorio.
En los años cincuenta del siglo pasado comenzó una gran despoblación. Muchas familias abandonaron los pueblos buscando trabajo, servicios y mejores oportunidades en las ciudades. Con ellas se marcharon agricultores, ganaderos, pastores, leñadores y personas que conocían cada camino, cada barranco, cada fuente y cada rincón del monte.
A la despoblación le siguió el desarraigo. Se rompió poco a poco la relación entre las personas y la tierra. Se abandonaron campos, desaparecieron rebaños, dejaron de recogerse leñas y se cerraron caminos que antes permanecían abiertos gracias al trabajo cotidiano de quienes vivían allí.
Después llegó la desaparición de muchos oficios y conocimientos tradicionales. Aquellas personas no hablaban de prevención de incendios, pero prevenían el fuego todos los días. Cultivaban parcelas, aprovechaban los pastos, limpiaban ribazos, mantenían acequias y caminos y creaban un paisaje diverso que dificultaba el avance de las llamas.
Con el paso del tiempo aparecieron la desatención y el descuido. Los campos abandonados fueron cubriéndose de maleza. Los montes se hicieron más densos. Los caminos dejaron de ser transitables y el territorio acumuló una cantidad inmensa de combustible. Allí donde antes había un mosaico de cultivos, pastos y monte, hoy encontramos grandes extensiones continuas de vegetación seca.
También sufrimos la desinversión y la desprotección del medio rural. Se cerraron escuelas, consultorios, comercios y servicios. Se redujeron oportunidades de trabajo y vivienda. Después nos sorprendemos porque los jóvenes no se quedan, pero nadie puede construir un proyecto de vida en un territorio al que se le van retirando los recursos necesarios para vivir.
A todo ello se ha unido demasiadas veces el desprecio hacia agricultores y ganaderos. Se ha olvidado que no solo producen alimentos: también mantienen caminos, cultivan cortafuegos naturales, vigilan el territorio y pueden aportar maquinaria, cubas de agua y un conocimiento imprescindible en una emergencia.
Existe también una enorme desconexión entre los despachos donde se toman las decisiones y la realidad del terreno. Las normas pueden estar bien intencionadas, pero no siempre responden a las circunstancias reales de cada territorio. Quienes viven y trabajan en el campo deben ser escuchados, porque conocen la montaña, el viento, los accesos y el comportamiento del fuego.
Cuando llega el incendio aparecen la descoordinación y la desorganización. Profesionales, administraciones, agricultores, ganaderos y voluntarios comparten un mismo objetivo, pero no siempre cuentan con una estructura preparada para trabajar juntos. Entonces se pierden minutos decisivos y surgen tensiones que nunca deberían ocultar una realidad: no somos enemigos unos de otros; el único enemigo es el fuego.
Y finalmente llega el descontrol. Una pequeña chispa encuentra miles de hectáreas de vegetación continua, seca y sin aprovechar. El incendio adquiere una velocidad y una intensidad que pueden superar incluso a los mejores profesionales y a los medios más avanzados.
Después solo quedan la destrucción, la desolación y la desesperación. Arden bosques, campos, explotaciones, viviendas, recuerdos y proyectos de vida. Se pierde naturaleza, pero también patrimonio, cultura y futuro. Y, en el peor de los casos, se pierden vidas humanas, una pérdida que ningún bosque regenerado podrá compensar jamás.
Este es el desastre, pero no podemos permitir que sea el final de la historia.
Ha llegado el momento del despertar.
Despertar significa comprender que los incendios no se combaten únicamente cuando ya están ardiendo. Se combaten durante todo el año, recuperando población, apoyando la agricultura y la ganadería, limpiando montes, manteniendo caminos, creando puntos de agua y organizando los recursos antes de que llegue la emergencia.
Despertar es escuchar a los habitantes del territorio y coordinar a profesionales, ayuntamientos, agricultores, ganaderos y voluntarios dentro de un plan común. Es sustituir la improvisación por la prevención y el enfrentamiento por la colaboración.
Despertar es devolver dignidad, servicios y oportunidades a nuestros pueblos. Porque un territorio habitado es un territorio vigilado, trabajado y cuidado. Y un territorio cuidado siempre estará mejor preparado frente al fuego.
Llevamos demasiadas décadas recorriendo el camino de la despoblación, el desarraigo, el descuido, la desprotección, la descoordinación, el descontrol y el desastre.
Ahora debemos iniciar juntos un camino diferente: el camino del despertar rural.