Una anécdota, muy famosa en la Guardia Civil por lo que representa, ocurrió el 19 de noviembre de 1850 cuando el General Narváez (a la sazón Presidente del Gobierno) acudía al Teatro Real y quiso acceder al mismo por una entrada no autorizada. Un cabo de la Guardia Civil le dio el alto sin saber quién ocupaba el carruaje
El cabo le dijo al cochero que no se podía pasar. El cochero insistió en que aquel carruaje si podía pasar y el cabo se mantuvo en que no. Entonces el General Narváez gritó “adelante cochero”. Al oírlo el cabo se dirigió a él diciéndole que tenía orden de que por allí no pasase nadie y el general respondió que “aquella orden no iba con él”. Al oír esto el cabo le contestó: “Mi general, si Vuestra Excelencia pasa por aquí será por encima de esta arma encargada de hacer cumplir la consigna”. El presidente renunció y retrocedió para acceder por donde entraban todos los invitados.
Narváez, muy enfadado, llamó al Duque de Ahumada quejándose de la conducta del cabo. Cuando el Duque de Ahumada, ya informado, le explicó que el cabo solo había cumplido con su deber y que no había ninguna necesidad de sanción, el presidente, más tranquilo, le exigió que lo trasladara fuera de Madrid.
Al día siguiente se presentó el Duque de Ahumada en el despacho del presidente del Gobierno, con dos escritos; el primero era su propia dimisión como Inspector General del Cuerpo y el segundo era el traslado del cabo, firmado por el jefe accidental encargado del mando de la Guardia Civil tras su dimisión.
Cuando Narváez le dijo que era “un exagerado”, el Duque contestó: “No hemos creado un Cuerpo como la Guardia Civil para pisotear su prestigio a las primeras de cambio. El traslado de ese hombre es una injusticia que yo no cometo de ninguna manera”.
El traslado no se produjo.
Evidentemente los directores actuales de la Guardia Civil no son el Duque de Ahumada, pero mientras sigan existiendo guardias civiles como Pérez de los Cobos, López Malo, Yuste, Balas y tantos otros miembros de la UCO, todos muy conscientes de que probablemente se están jugando su futuro profesional, pero que, como aquel cabo de hace un siglo, no dudan en cumplir con su deber, siendo fieles a las órdenes recibidas del Juez cuando actúan como policía judicial, es indudable que ningún ciudadano español puede tener dudas de que las leyes se seguirán cumpliendo y los presuntos delincuentes serán juzgados, sean quien sean.