Al día de hoy es más que significativo que perdure la memoria agradecida del obispo Javier Osés. Este recuerdo es suficiente motivo para analizar qué es lo que bajo su dirección se hizo bien. Su funeral fue un acontecimiento histórico. Hasta en la plaza de la Catedral hubo que poner bancos en el espacio de la cafetería. De forma sorprendente el colectivo gitano se hizo presente por sentido agradecidamente. El silencio que en ocasiones significativas se hace tangible por su densidad diluía la presencia de numerosos fieles que superaban en mucho los dos mil. Poco después el obispo Omella mandó, tuvo que mandar al Deán, que dejara abierta la capilla de la Virgen del Pópulo, para facilitar el acceso a la veneración que ya se quería restringir.
Javier Osés trastocó profundamente lo que parecía irreformable, la satrapía de Lino Rodrigo Ruesca. En el resto de España deseaban un líder de talante semejante porque facilitaba hacer realidad la nueva mentalidad propuesta por el Vaticano II. Permitía salvar la filosofía existencial cristiana, en el declive generado en la sociedad occidental tras la Segunda Guerra Mundial. En su pontificado, el de Osés, no se sabía nada de la sinodalidad pero la Asamblea Diocesana propiciada por él creó e hizo fecunda la corresponsabilidad generando el interés manifiesto de los creyentes y dando vida a un obispado y una diócesis en tiempos no fáciles.
Su muerte fue un final reduciendo su etapa a espejismo. Fray Jesús entró proclamando con contundencia que la Iglesia no era una democracia. Cambió la totalidad de los encargos hechos por la Asamblea en clérigos y laicos porque habían sido elegidos por los creyentes con la decidida anuencia del prelado Osés. Proscribió la palabra “asamblea”. Jesús Sanz llevaba como repulsivo que en la Cruz Blanca hubiera una sala con el nombre de su predecesor. En su empeño en manifestar rechazo a lo recibido afirmaba que el nuevo Museo Diocesano, que el obispo Osés defendió con determinación como cosa suya frente a celos manifiestos, había que cambiarlo cargándolo de contenido doctrinal. En su discurso de presentación, en la Catedral, había tenido el descoco de mencionar a su predecesor con una intencionada ambigüedad que resultaba un insulto para los creyentes y la ciudad. Eliminó las zonas rurales que había establecido Osés para optimizar los obsoletos arciprestazgos y descartó el ensayo de unas incipientes Unidades Pastorales. En las dos diócesis, Huesca y Jaca, sus vicarios presentaron la dimisión al obispo Sanz Montes.
Ruiz Martorell no supo cambiar ni uno solo de los encargos hechos por su predecesor manteniendo los mismos subalternos y lacayos. El paso por Huesca del arzobispo, forzado, no fue otra cosa que un cacharro con flores secas en el descansillo de la escalera de descenso a la nada. El actual prelado ha sido el más sincero: de entrada, no indujo a esperanzas vanas. Dejó reconociblemente claro que no sabía lo que era ser obispo y que no había preparado un plan. La resignación inducida ha derivado en desgana que conlleva el pretender pasar de puntillas. El pretexto de la sinodalidad lo ha tomado como oportunidad para pasar el entuerto a sus incompetentes destacados.
La síntesis del pasado día 26 de septiembre es una buena síntesis. Es lo que se trabajaba en la Asamblea Diocesana, la de Osés. La novedad son los neologismos. Por eso esa reciente síntesis debió ser una análisis del por qué se ha llegado a una realidad creyente en el obispado que nada tiene que ver con lo que animaba la existencia en tiempos de don Javier. El encuentro en esta reciente fecha ha sido una expresiva constatación. La respuesta de los laicos fue muy contenida a pesar de su latente disposición y manifiestó de forma patente el desinterés generalizado de los curas. El folleto del canutillo no pasa de ser una descarnada ensoñación y como tal abstracción ya ha cumplido su papel. A estas alturas, las Unidades Parroquiales son una sobreestructura a la anacrónica estructura de parroquias y arciprestazgos, que quedan tal cual. Como para enredar más el desconcierto, se ha introducido la novedad, tan curiosa como inexplicable, que es llevar los libros parroquiales a la supuesta cabecera de la Unidad, cuando la totalidad de ciudadanos ven con normalidad acercarse a la ciudad para toda clase de papeleo. ¡Qué necedad crear una nueva referencia administrativa para demostrar que se ha hecho algo novedoso!. Las pretendidamente paradigmáticas Unidades lo único para lo que sirven es para que el colectivo de curas busquen soluciones a las suplencias que generen los curatos sin tener que ir al obispado a decir que no van a poder estar y que les busquen un sustituto.
Sigue sin querer verse el problema y consiguientemente no se sabe o no se quiere buscar la solución. El histórico obispado de Osca, tardo imperial o del Bajo Imperio, que se remonta al año 400 se mueve, como otros, con estructuras totalmente desfasadas, y con gestores que no saben ver su papel en su actual contexto, dando palos de atolondrados en la pretensión de que parezca que se hace algo.
A este histórico obispado no le quedan más de cinco años para salir del coma agónico evitando que su próxima etapa sea un “café para todos” pero, esta vez, de puchero. Obispado y Universidad son o fueron realidades históricas que hicieron de esta ciudad algo distinto. Esta fue disuelta porque había sido previamente atrofiada, sin querer verlo venir. El recuerdo el obispo Osés es un grato recuerdo, pero la realidad que generó no pasa de ser otro recuerdo. Continuar su obra sería la mejor forma de sublimarlo. La única que él querría. Lo otro es poesía de bajo perfil con espiritualismo barato.