Vivimos periodos extraños. Tiempos en los que la mediocridad ya no se esconde, no se disfraza, no incomoda. Al contrario: se exhibe, se aplaude y, en demasiadas ocasiones, se convierte en referencia.
No siempre fue así. Durante años, el esfuerzo tuvo prestigio. La constancia era un valor reconocido. La excelencia no era una obligación, pero sí una aspiración. Había algo casi íntimo, y profundamente humano, en intentar hacer bien las cosas, aunque nadie estuviera mirando. Hoy, sin embargo, el paisaje ha cambiado.
Hemos sustituido el proceso por el resultado. Y no cualquier resultado, sino el más rápido. Queremos aprender sin estudiar, destacar sin trabajar, crecer sin equivocarnos. La paciencia se ha convertido en una rareza y el tiempo, en un enemigo.
La lógica es simple: si algo tarda, molesta. Si exige esfuerzo, incomoda. Si requiere disciplina, se abandona. La inmediatez no solo ha modificado nuestros hábitos, ha redefinido nuestras expectativas. Y en este camino, el esfuerzo ha dejado de ser una virtud para convertirse casi en una anomalía.
A esta prisa se suma otro fenómeno: la supremacía de la apariencia sobre la esencia. Nos movemos en tiempos en los que importa más parecer que ser. Prima más la necesidad convulsa de comunicar que hacer.
Habitamos en un escaparate permanente donde lo visible pesa más que lo valioso. Donde la narrativa sustituye a la realidad. Donde el envoltorio compite, y muchas veces gana, al contenido.
El problema no es la comunicación. Nunca lo ha sido. El problema es cuando la comunicación deja de ser el reflejo de lo que somos para convertirse en un disfraz. Cuando el postureo invade nuestro día a día y lo superficial se abraza como tabla de ley.
La normalización de lo mediocre
Lo verdaderamente preocupante no es la existencia de la mediocridad, siempre ha existido, sino su normalización, nuestra indiferencia. Nos hemos acostumbrado a lo suficiente, a lo justo. Y lo peor: hemos dejado de exigir y de exigirnos porque, cuando todo vale, nada importa demasiado.
La mediocridad siempre tiene un coste, aunque no sea inmediato. Empobrece el talento, porque lo adormece. Debilita las organizaciones y los territorios, pues reduce su ambición. Desgasta la confianza, ya que convierte lo excepcional en sospechoso.
Y, sobre todo, empobrece a las personas. Porque nos instala en una zona cómoda, pero estéril. Un apacible lugar donde no hay fracaso… pero tampoco crecimiento.
Reivindicar el esfuerzo
Quizá ha llegado el momento de recuperar algo tan sencillo, y tan revolucionario hoy, como hacer las cosas bien. No perfecto ni impecable. Pero sí con intención y criterio. Con compromiso y pasión. Siendo conscientes de que lo excelente implica disciplina, constancia y trabajo duro.
Reivindicar el esfuerzo no es mirar al pasado con nostalgia. Es entender que hay valores que no pasan de moda porque están ligados a lo esencial. El esfuerzo no siempre garantiza el éxito, pero sí nos permite alcanzar algo mucho más importante: la dignidad y la satisfacción personal.
En consecuencia, es esencial visibilizar y poner en valor referentes, ensalzar a aquellos que hacen de la excelencia su forma de vida para que se conviertan en un espejo para muchos y su ejemplo se propague como si de un virus se tratase.
La excelencia como forma de vida
La excelencia es una forma de estar. Es cuidar los detalles cuando nadie los ve, concluir aquello que se empieza, caminar más allá de lo exigido, hacer lo correcto aunque duela. Es mejorar con cada experiencia porque, aunque no siempre se traduzca en grandes resultados visibles, siempre deja huella.
El problema de la mediocridad no está fuera. Reside en las pequeñas decisiones diarias: La forma de desarrollar tu trabajo, la manera de relacionarte, el hecho de cumplir tus compromisos, el nivel de exigencia cuando nadie te obliga, el cuestionar lo establecido, el afán por saber y profundizar más allá de la superficie.
No es un gran gesto. Es una suma de elecciones porque, realmente, no vivimos en una sociedad mediocre por casualidad. Vivimos en ella porque, poco a poco, la hemos ido aceptando como tal. Y, cuando el nivel de exigencia desciende, la mediocridad se consolida.