"Caminante, no hay camino, se hace camino al andar". Antonio Machado
Quiero comenzar estas líneas trasladando todo mi afecto y respeto a las familias y seres queridos de quienes perdieron la vida o resultaron heridos el pasado miércoles en esos trenes . La muerte tiene la capacidad de detenernos, de obligarnos a reflexionar, de hacernos mirar aquello que normalmente ignoramos porque estamos demasiado ocupados. Y quizá por eso he decidido escribir.
Hay una forma de tristeza especialmente peligrosa; no es la rabia ni la indignación ni tan siquiera ese enfado que empuja a la reacción. Es una tristeza silenciosa, profunda, de ésas que no hacen ruido pero encogen el alma, ésa que viene de la resignación y la indefensión.
Este año me ha tocado viajar con frecuencia en el AVE entre Huesca y Madrid. El fatal accidente de Urda me sorprendió precisamente en Madrid, pendiente de regresar a casa al día siguiente y acumulando ya meses de incidencias, retrasos y cancelaciones.
Pero aquella vez la incertidumbre era diferente. Ya no era únicamente preguntarse si el tren saldría a tiempo. Era preguntarse si llegaría. Y cuando uno se sorprende a sí mismo haciendo cálculos improbables sobre las probabilidades de que una tragedia pueda repetirse dos días seguidos, comprende que algo se ha roto. Cruzas los dedos y te subes al tren, contagiado de un sentir general que se huele y siente en esa estación y en esos vagones.
Te prometes que no volverás a hacerlo salvo que sea estrictamente necesario. Sólo quienes han utilizado de forma habitual esta línea en los últimos años saben realmente de qué hablo; cancelaciones sin previo aviso y sin soluciones alternativas razonables, paradas en mitad de ninguna parte sin explicación alguna, retrasos que han dejado de ser excepcionales para convertirse en habituales, incidencias constantes, información confusa, aplicaciones que fallan cuando más se necesitan, mensajes contradictorios, comunicaciones que llegan tarde, mensajes que, apenas media hora antes de la salida, sugieren cambiar el billete ante la posibilidad de que el tren finalmente no circule, incrementando todavía más la incertidumbre.
A ello se añaden situaciones que podrían parecer menores, pero que revelan problemas más profundos: baños averiados en los trenes que inundan los vagones de olores insoportables, falta de mantenimiento visible o una sensación creciente de improvisación permanente. Son pequeñas cosas que acaban contando la historia. ¿Dónde está ese tren que conocimos y disfrutamos? Lo único que queda de él es el precio.
La confianza construye, la incertidumbre erosiona. La primera acerca, la segunda desgasta.
Detrás de cada billete hay una persona con una reunión importante, una clase que impartir, un examen, una consulta médica, un vuelo a tomar, una familia, una vida. Un billete que compras ya con desconfianza, sintomático de un problema sistémico y organizacional. Un problema de gestión y de dejadez, quizás también de una correcta gestión del conocimiento que toda organización requiere. Pero ello lleva asociado competencia, técnica, Conocimiento. Ya no sorprende un informe PISA que nos coloca a la cola del Conocimiento que lleva a poner en marcha trenes de desarrollo; hemos aceptado bajar la velocidad, poner el freno y bajarnos en la estación más próxima si el miedo y la incertidumbre se apodera del entorno, dejando a todos a velocidad media baja y hacia la decadencia. El tren simboliza todo ello.
Decimos que alguien ha cogido el tren de su vida cuando aprovecha una gran oportunidad; advertimos de que podemos perder el tren; hablamos de organizaciones que se quedan en el andén, nos subimos al tren de la innovación, al tren de la tecnología o al tren del futuro. Y cuando un proyecto fracasa solemos decir que ha descarrilado. Nuestro lenguaje es rico en dichas expresiones y la analogía del progreso con este medio de transporte nos sirve para representar el progreso o la decadencia, la velocidad de crecimiento, de oportunidad, o la posibilidad de quedarse en el camino.
Quienes hemos vivido la transformación de España el AVE nunca fue simplemente una infraestructura. Hemos visto desaparecer la peseta, crecer nuestras universidades, construir carreteras y aeropuertos y vimos nacer el AVE, símbolo de una nación moderna, conectada y admirada por muchas de sus infraestructuras. Para mi generación representaba algo más profundo, representaba la confianza de un país en sí mismo y la capacidad colectiva de ejecutar proyectos ambiciosos. La historia de nuestro tren modelo y la situación actual demuestra una y otra vez que las tragedias suelen aparecer al final de una larga cadena de señales ignoradas, una metástasis extendida con desenlace fatal: un problema sin resolver, incidencias normalizadas, un estándar que se rebaja, una alerta que deja de parecer urgente, una responsabilidad que nadie asume; y las consecuencias finales de una degradación `progresiva que se vuelve visible cuando ya es demasiado tarde.
La psicología organizacional lleva décadas estudiando un fenómeno conocido como indefensión aprendida. Martin Seligman demostró que cuando las personas se exponen repetidamente a situaciones negativas sobre las que perciben que no tienen control terminan aceptándolas como inevitables. Lo he visto ya en empresas y organizaciones en las que se instala la mediocridad y el pensamiento crítico pasa a ser incómodo para ella; se dejan de intentar cambiar las cosas, no porque no se pueda, sino porque dejan de creer que sirva de algo hacerlo. Los profesionales dejan de proponer, los equipos dejan de alertar, los líderes dejan de liderar, la mediocridad deja de combatirse y se termina aceptando con resignación. Y poco a poco aparece algo todavía más peligroso que el error, que es la normalización de éste.
Lo excepcional deja de sorprender, lo deficiente deja de indignar y lo inaceptable se convierte en rutina, hasta que un día descubrimos que convivimos con situaciones que jamás habríamos tolerado años atrás. Y quizá esa sea la reflexión más preocupante de todas, porque empezamos a declinar cuando dejamos de exigir excelencia, cuando la responsabilidad desaparece, cuando la justificación suplanta a la solución, cuando la mediocridad se vuelve aceptable, cuando la confianza se erosiona, cuando la resignación ocupa el lugar de la exigencia. Y es allí cuando las personas dejamos de esperar que mejore, ya estamos en la indefensión, en algunos casos reflejada en resignación; en otros casos se revierte hacia justificación para evitar la disonancia cognitiva que lleva la aceptación de que somos responsables en parte de ello.
"Yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella no me salvo yo". José Ortega y Gasset
Una sociedad deja de exigir excelencia, normaliza la mediocridad. Y cuando normaliza la mediocridad, termina perdiendo algo mucho más importante que los trenes: termina perdiendo la confianza en sí misma. Y entonces aparece esa tristeza silenciosa, profunda, de las que no hacen ruido, pero encogen por dentro.
El tren nunca fue solamente un tren; fue la metáfora de avance y ahora nos hemos quedado en el andén. Nos mantenemos en la incertidumbre y a la espera de esos trenes a los que subirnos, que para eso ya estamos acostumbrados.