Luis Ángel Pérez de la Pinta

Escrúpulos

Periodista y formador
18 de Junio de 2026
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Rodríguez Zapatero con Victoriano Alonso
Rodríguez Zapatero con Victoriano Alonso

Desde bien pequeño, me han fascinado las esdrújulas y, por eso, siempre que puedo, cuelo una en mis escritos. La de hoy, ‘escrúpulo’, viene bien para José Luis Rodríguez Zapatero, a quien estos días se trata de hacer pasar por gaznápiro o bobo solemne, como le llamó Rajoy. ‘Gaznápiro’, sépase, no es más que la manera redicha de llamar a alguien ‘torpe’ o ‘lelo’, sin caer en que, de tonto, ZP tiene poco y de maquiavélico, bastante.

Escrúpulo’, en Roma, designaba a la molesta piedra que, metida entre el pie y la sandalia, impedía avanzar hacia donde fuera que se quisiese. Hoy, su significado es más amplio y designa a la duda, miedo, recelo o mínima angustia que te impide tomar una decisión. Zapatero no tiene de eso y lo que les ha hecho a Luis Arroyo -que me dio clases y no me cae mal- y a sus hijas lo demuestra. En realidad, y aunque su cara

Barruelo, que hoy tiene poco más de 1.200 habitantes, fue una vez la capital del carbón castellano. Llegó, allá por los años 30, a tener casi 10.000 vecinos, pero en los primeros 70, cuando se electrificó el ferrocarril, las minas -propiedad de Renfe, que absorbía toda la producción- cerraron y el pueblo se vació. Menos de diez años después aterrizó por allí un tipo, Victorino Alonso (ingeniero de minas e hijo de un empresario del sector) , que compró las instalaciones y contrató a unos cuantos obreros, no más de 100. En pocos años, declaraba una producción de más de 100.000 toneladas, que venía a ser más o menos lo que se extraía en los 60 con más de 600 trabajadores.

¿Cuál era el secreto? Lo contó en 1991 Julio Llamazares en un artículo -Sigue grave el minero muerto ayer- en el que, entre otras cosas, explicaba cómo los beneficios que Alonso y otros obtuvieron de las minas palentinas, leonesas y del suroccidente asturiano, se lograban haciendo pasar como propio carbón extranjero importado fraudulentamente. Entre eso y las ayudas que a manos llenas concedía el Estado al sector, muchos se hicieron ricos. Zapatero lideró el tinglado sólo en sus últimos años -ahí está la Ciudad de la Energía, en la que se gastaron cientos de millones de euros contando que se iba hacer viable un sector que no lo era- pero su historia personal hunde, nunca mejor dicho, los pies en el pozo oscuro que fue la minería española del carbón en las últimas décadas del XX: su padre, Juan Rodríguez, era el abogado dueño del despacho que le llevaba los asuntos a Victorino Alonso.

Hoy, casi una década después de que la últimas minas privadas cerrasen en España -lo de Hunosa es otra historia-, Alonso acaba de salir de la cárcel y, a sus 74 años, disfruta de la libertad condicional a pesar de que, amparado por su amigo el de la Alianza de Civilizaciones, explotó sin permisos minas a cielo abierto, arruinó comarcas y pueblos -el mío incluido- enteros, hizo desaparecer y reaparecer toneladas de carbón que Hunosa le encargó custodiar y llegó incluso a arrasar, aquí en Huesca y convirtiéndolo en abrevadero de cabras, un yacimiento neolítico -la Cueva de Chaves, en Bastarás- que, por desgracia, estaba en una finca suya que le servía como coto de caza. 

Alonso fue condenado en 2016 a pagar 25,4 millones de multa, pero como el tipo se declaró insolvente, la cosa quedó en nada. Zapatero, por supuesto, no es responsable único del inmenso fraude que fue el epílogo del carbón nacional; pero sí que, seguro, se benefició de ello electoralmente y probablemente también de otras maneras, porque Alonso y el resto de empresarios del sector pagaban mejor que bien a quienes miraban para otro lado y dejaban que la fiesta siguiera.

Tiene cierta gracia, además, ver cómo una carrera que empezó en cierto modo carbón mediante (de Alonso se dice en las cuencas mineras que era más que generoso con quienes le permitían hacer y deshacer) vaya a terminar sin honores por culpa de unos diamantes y hasta con minas de oro de por medio. No está mal para un niño bien de León que nació en Valladolid y aprendió malas mañas en las tierras negras, pero es lo que hay: Más pronto o más tarde, te pillan: Victorino (Don Vito, le llaman, hay hasta un libro), lo demuestra y ZP, también. Es lo que tiene no tener escúpulos.

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