Julián Illana. Los que te hacen mejor

El fuego de Lucía

Médico de familia
18 de Octubre de 2026
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Lucía Baruquer
Lucía Baruquer

Los que hemos pasado parte de nuestra vida siguiendo plenos, podemos confirmar que, casi todo lo que se dice en un parlamento, muere esa misma tarde. Como mucho llega a ser el tema de conversación mientras que se camina a tomar un café en el bar más cercano. Por eso, cuando ocurre lo contrario,  conviene pararse a mirar atentamente qué ha pasado. Hace unos días, una diputada de veintiocho años del Partido Popular de Huesca, llamada Lucía Baruquer, subió a la tribuna en las Cortes de Aragón. Le dijo al Gobierno de Pedro Sánchez lo que media España piensa y no siempre sabe decir. El vídeo echó a andar solo. Lo subió Vozpópuli, luego OkDiario y en un par de días pasaba de las ochenta mil reproducciones. Luego vinieron los demás canales, los recortes, los mensajes de WhatsApp reenviados por cuñados de Cuenca y jubilados de Torrevieja. Gente que no sabría situar la Aljafería en un mapa, ha visto ya a esa chica hablar con una claridad que en esa casa no se observa todos los días.

El contenido de la intervención conviene escucharlo despacio, porque el éxito no es casual. El discurso es una crónica de ocho años contada como se cuenta una novela negra. Arranca en 2016 con una urna de cartón detrás de una cortina en Ferraz, mete enseguida a cuatro hombres en un Peugeot recorriendo España y le pide al público una sola cosa: que se quede con ese coche. Luego avanza año a año, de la moción de censura a la amnistía, con frases cortas que caben en un tuit y entran como un directo al hígado. Casi al final vuelve al coche para hacer recuento de sus ocupantes, que es el tipo de recurso que, en política, distingue a quien escribe de quien rellena folios. Cierra donde empezó, con urnas, sólo que esta vez de las de verdad y a la vista de todos, rematando con un "Hasta luego, Lucas". Se le podrá discutir el tono, o tal o cual dato, que para eso está la réplica, pero el oficio y el trabajo bien hecho creo que son evidentes. Hay estructura, ritmo y retranca, cosas que en los hemiciclos escasean tanto como el agua en los Monegros en agosto.

Ciertamente, está fenomenal, pero como uno tiene ya canas, más de las que le gustaría, y algunas cicatrices, muchas más de las que le gustaría, permítanme que en vez de aplaudir sin más me ponga a pensar en lo que viene después. Porque lo difícil no es encender el fuego. Lo difícil es que no se apague, y que no te queme a ti la primera.

En enero de 1919, en un Múnich que todavía olía a pólvora y a derrota, Max Weber dio a unos estudiantes una conferencia que se sigue leyendo un siglo después: La política como vocación. Weber decía que quien se mete en esto necesita tres cosas. Pasión, entendida como entrega a una causa y no como agitación de café. Sentido de la responsabilidad, que es saber que lo que uno hace tiene consecuencias y que hay que responder de ellas. Y mesura, ese ojo para las distancias que permite mirar las cosas y a las personas sin dejarse arrastrar por ellas. Advertía también de un pecado mortal del oficio, la vanidad, la necesidad de estar en primer plano, que acaba convirtiendo al político en actor de su propia película. Dejó una imagen que cualquiera que haya pisado un despacho público entiende a la primera: la política consiste en perforar tablas duras, despacio, con pasión y con mesura a la vez.

Lucía tiene la pasión, eso se ve a la legua. Tiene el fuego de los veintitantos, ese que a otros se nos fue apagando entre comisiones, ponencias y comparecencias. Lo que Weber le diría, si pudiera, es que ahora empieza lo otro. Lo de las tablas.

Tras un éxito como el de Lucía comienza la parte más desagradable de este ecosistema. En España la envidia es deporte nacional, y en él ganamos más medallas que en el fútbol. Un vídeo viral es una bendición y una diana. Lo saben bien quienes llevan tiempo en esto. Los adversarios se sientan enfrente, y a esos se les ve venir pero los que de verdad muerden, suelen sentarse detrás, en tu misma bancada, con tu mismo carné y una sonrisa de oreja a oreja el día que te felicitan. No hace falta poner nombres, porque la historia es siempre la misma y en todos los partidos. Alguien destaca, sale en la tele, la llaman de Madrid, y empieza en voz baja el runrún de pasillo. Que si se lo tiene creído, que si va por libre, que si ya veremos. El talento ajeno incomoda mucho a la mediocridad propia.

Hay un libro que cualquier joven con ganas de política debería tener en la mesilla. Se titula Fuego y cenizas, y lo escribió Michael Ignatieff, premio Nobel de Literatura. Ignatieff era un intelectual de campanillas, profesor en Harvard, autor de libros serios y hombre de prestigio internacional, cuando en 2005 unos dirigentes del Partido Liberal de Canadá fueron a buscarlo para que volviera a su país y se metiera en política. Volvió, ganó un escaño, llegó a líder del partido y en las elecciones de 2011 se dio el batacazo más gordo de la historia de los liberales canadienses: tercera fuerza, y él sin escaño en su propia circunscripción. De esa experiencia salió el libro, que es de las cosas más honradas que se han escrito sobre este oficio.

Ignatieff cuenta que lo que le hundió no fueron sus ideas. Fue que le quitaron algo que él llama standing, el derecho a ser escuchado. Sus rivales conservadores no discutieron sus propuestas: le pusieron una etiqueta, la de alguien que sólo estaba de visita, que no era de allí, que no tenía derecho a hablar en nombre de nadie. Les funcionó. Ignatieff explica también la diferencia entre un adversario, al que se combate pero se respeta, y un enemigo, al que se quiere destruir, y cómo la política se degrada cuando lo segundo sustituye a lo primero. Fuego al principio, el de la ambición y la ilusión. Cenizas al final, cuando la maquinaria hace su trabajo.

El paralelismo con Lucía no es de destino sino de riesgo. A ella también intentarán quitarle el standing. Los de enfrente dirán que es un producto de las redes, una chica que lee bien un papel y poco más. Algunos de los de detrás, sin decirlo, pensarán lo mismo y obrarán en consecuencia. La vacuna, si la hay, es la que el propio Ignatieff aprendió tarde: estar arraigado. Conocer cada pueblo de su provincia, cada cooperativa, cada consultorio, cada problema de verdad. Que nadie pueda decir de ella que está de visita. Lo que mi amigo Toño llamaría “hacer territorio”.

En noviembre de 2023 una diputada debutante del PP en la Asamblea de Madrid, Alma Ezcurra, subió a la tribuna a hablar de la amnistía, puso en pie a su bancada y al día siguiente media España la había visto en el móvil. Lo que vino después fue un ascenso de los que dan vértigo: número tres en la lista del PP a las europeas de 2024 y, un año más tarde, vicesecretaria en la dirección nacional de Feijóo. Pero cuidado con las comparaciones fáciles. Ezcurra no salió de la nada. Llevaba más de una década en las tripas del partido demostrando su brillantez y había trabajado en casi todos sus programas electorales desde 2010. El vídeo no la inventó sino que aceleró una carrera que ya estaba hecha. Lucía llega con menos mochila y desde un parlamento con menos focos, de modo que para ella el vídeo es el principio y no la culminación. Le queda por resolver la pregunta que Ezcurra resolvió deprisa: si quiere volar pronto hacia Madrid o Bruselas, o quedarse en Aragón el tiempo suficiente para que el suelo que pisa sea de verdad el suyo.

Las listas electorales necesitan renovarse cada poco, y no por capricho, sino porque las etapas hay que cerrarlas. En España hay gente que entró en política a los veinte años y a los sesenta sigue en el mismo escaño, sin haber visto una nómina fuera de la administración en su vida y eso no es vocación sino costumbre o, en ocasiones, necesidad. La política debe ser un servicio con fecha de caducidad, y quien sabe que se va actúa más libre que quien se aferra. Le vale a Lucía, a la que le deseo muchos años de servicio, y nos vale a todos los demás.

Sobre ella diré lo que sé, que no es poco. Es buena persona, que en este oficio es casi una rareza. Es valiente, porque hace falta valor para decir en voz alta lo que otros callan por si acaso. Es mujer en un mundo donde todavía a las mujeres se les exige el doble para concederles la mitad. Y es guapa, qué le vamos a hacer, cosa que en política suma y resta a partes iguales, porque habrá quien la escuche por eso y quien no se lo perdone por eso mismo. Lo tiene todo para triunfar. Precisamente por eso tiene tanto que perder.

Queda una última lección, y me la presta un filósofo francés, François-Xavier Bellamy, que publicó hace unos años un libro titulado Permanecer. Bellamy sostiene que vivimos en un tiempo que adora el movimiento por el movimiento, el cambio continuo, la novedad constante, y que en esa carrera hemos perdido el aprecio por lo que dura, por lo que se transmite, por lo que permanece. Su tesis vale para la cultura, para la educación y vale, sobre todo, para la política. Un vídeo viral dura lo que dura un fin de semana. El algoritmo que hoy te sube mañana te olvida, y pasado te entierra con otra cara nueva. Lo que queda es otra cosa: un mensaje coherente, dicho en marzo igual que en octubre, unas ideas que no cambian según sople el viento, una palabra que se cumple. Una chispa no es una hoguera porque la hoguera hay que alimentarla cada día con leña, y la leña en política se llama trabajo, estudio y coherencia.

Así que, querida Lucía, permíteme el tuteo de quien te mira con el afecto y el cariño que ya conoces. Que te vaya bien. Que pongas en esto todo tu carácter, todo lo que sabes y lo que te queda por aprender, y ese sacrificio personal que nadie ve y que este oficio se cobra cada día. Que lo hagas para defender el bien común, la libertad y la concordia, que son tres palabras viejas pero no han perdido ni un gramo de valor. Y que, cuando busques a quién parecerte, no mires a los buenos políticos, que de esos hay unos cuantos y algunos no valen gran cosa. Mira a los políticos buenos. Esos escasean más, pero son los únicos que, al final, dejan algo más que cenizas.

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