Luis Ángel Pérez de la Pinta. Fútbol no es fútbol

Fútbol no es fútbol

Periodista y formador
06 de Julio de 2026
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Luis Ángel Pérez de la Pinta. Fútbol no es fútbol
Luis Ángel Pérez de la Pinta. Fútbol no es fútbol

Vaya por delante que, quien suscribe, ha jugado al fútbol poco y mal y al rugby sólo un poco más y no mucho mejor y que, quizá por eso, del fútbol siempre me han interesado más sus historias que cualquier otra cosa. Por eso, y aunque jugarlo nunca he sabido, me tengo por buen conocedor de sus hechos y nombres. Me fascinan así fósiles vivos como mi estimado Athletic, último vestigio del fútbol industrial y heroico que queda por aquí y fantaseaba yo este año con haber visto al Forest levantar la UEFA (cayó en semis, y es la UEFA, nada de Europa League) y reverdecer los viejos laureles que le hicieron grande entre 1978 y 1980, años en los que se calzó una liga inglesa y dos Copas de Europa, justo antes de que, por aquí en esto, Real Sociedad (81 y 82) y Athletic (83 y 84) encadenasen cuatro ligas justo antes de comenzar la aburrida tiranía de Barça y Real Madrid, que sólo el Atlético -también por mí estimado, pero menos- supo romper en 1996.

El fútbol de selecciones, con todo, siempre me ha interesado menos y las últimas gestas patrias las he vivido sin mucho apasionamiento. Quizá sea por esa fea manía que tienen algunos de lucir en eventos deportivos -y también en manifestaciones- banderas a modo de capa. La nuestra, ya lo siento, siempre me ha parecido cosa seria y ese lucirla de esa tan poca honrosa forma que resulta del gusto de gran parte de la hinchada nacional, me ha alejado del asunto. Lo poco épico de las Eurocopas de 2008 y 2012 (Alemania e Italia han sido siempre naciones amigas) tampocó ayudó, a diferencia de ese plus añadido que tuvo ganar en 2010 a los herejes flamencos y en 2024 a los demonios luteranos. Con todo, dudo que Iniesta hace 16 años y Nico Williams (otra cosa hubiese sido su hermano) y Oyarzábal hace dos viesen en Robben y Van Persie en 2010 o en Kane y Bellingham hace dos años a, como yo sí hice, remedos de viles protestantes como Guillermo de Orange y Mauricio de Nassau o sucios corsarios como Drake y Morgan,  pero tanto da, porque el fútbol es para que cada uno vea lo que le da la gana.

Este Mundial, del que dudo siga yo un partido entero -otra cosa son los resultados-, sí me interesa porque, viendo como transcurre, abunda en cruces que permiten contar cosas. Ya empezó bien con Alemania eliminada por Paraguay -Stroessner, en el infierno donde seguro está, debió de disfrutar como un cochino- y mejoró con Noruega liquidando a un Brasil que llegaba liderado por mamarrachos indignos como Neymar y Vinicius. El drakkar movido por remos vikingos pasó sobre ellos y la selección que lo tripula protagonizará en cuartos un cruce -con Inglaterra- en el que, vistas sus simpatías por Odín, Haaland y los suyos igual vengan la derrota que en Stamford Bridge (el pueblo de Yorkshire, no el estadio de Londres) infringieron en 1066 los reyes de Merci y Northumbria a Harald Hardrada, bisnieto dicen que de Ragnar Lodbrok.

Eso lo veremos este día 11 pero, antes, Marruecos y Francia, naciones que se desprecian con intensidad comparable a la fuerza con que todo español de bien debe odiar a ambas, se medirán buscando una plaza en semifinales para batirse después bien con nosotros o, en su defecto, con Estados Unidos. Por supuesto que espero nuestro combinado nacional vengue el 98 ante esos patanes comedores de hamburguesas si este día 6 liquidamos a Portugal y demostramos a Cristiano Ronaldo cuánto le falta para llegar a ser la décima parte de lo que significó Futre.

Magnífica sería, en todo caso una semifinal entre España y Francia o, en su defecto, entre España y Marruecos. El segundo cruce, eso sí, es un envite de esos en los que tenemos poco que ganar y mucho que perder porque que te bata el vecino rico del ático puede ser hasta honroso, pero que lo haga el desharrapado del entresuelo debería y lo digo más que en serio, hacer que nos preguntemos qué hemos hecho mal en los últimos años.

En el otro lado del cuadro, la cosa también promete, porque parejo al cruce de Inglaterra y Noruega, se intuye otro entre Argentina y Colombia que enfrenta a dos de los hijos más espabilados –Méjico sucumbió ante los perros ingleses- del viejo Imperio y que, en buena lid, debería decantarse del lado celeste, más que nada porque, digo yo, alguien en el equipo de ese genio sin carisma que es Messi, querrá vengar el 0-5 que Valderrama y Asprilla le calzaron en 1993 a la albiceleste que dirigía Alfio Basile y en la que jugaban Batistuta, Redondo y Simeone, aunque no Maradona. Quizá fue ahí donde Diego Pablo empezó a convertirse en el farsante que es. Si Argentina llegase a semifinales y Harry Kane y los suyos hacen que el drakkar vuelva a casa de vacío. tendríamos ahí, a las puertas de la finalísima, una oportunidad para medio vengar las Malvinas y que los argentinos se acaben de creer que, con Milei, están de vuelta.

En frente de quien gane, estaremos nosotros o, si no somos capaces, Portugal, Estados Unidos, Bélgica o, eso me acomodaría menos, la siempre vil Francia o el ruin y traicionero Marruecos. Y eso último, creánme, no nos conviene, porque el éxito de nuestro vecino del sur es nuestro fracaso. Ellos, y hora es ya de entenderlo, están lo suficientemente cerca y son lo suficentemente parecidos a nosotros como para ofrecer al Gran Jefe -seguirá siéndolo aunque venguemos el 98 con un par de goles si se da la ocasión- todo lo que, con nuestra dejadez y tontería, hemos dejado de brindar al mundo desde que Zapatero empezó a guardar joyas y a no levantarse ante banderas de las que más nos vale ser amigos, porque la alternativa es peor, habla chino y no es mucho de votar. Parece sólo un espectáculo; pero, como todas las cosas que en apariencia importan poco -y ahí cabe casi todo lo que cada día nos hace un poco más felices-; es mucho más. Y que me perdone Vujadin Boskov pero, no: fútbol no es fútbol.

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