Luis Iribarren

Geoparques y parques mineros de Aragón (1)

Abogado
31 de Octubre de 2023
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Se hallan los así reconocidos por la Unesco en las Cuencas Mineras, Sobrarbe y se pretende uno de la segunda naturaleza para la Litera Alta y la Ribagorza baja de su histórica capital condal, Benabarre.

Como sucede con la valoración de las comarcas con cielos “starlight”, ha de llegarse a una situación cercana a la muerte vegetativa de presencia humana para revisar el enfoque dominante de no consumir hasta agotar determinados territorios, de volver a valorarlos por sus recursos intangibles.

Mientras caiga alguna nevada que lo justifique, existirán voces a favor de la explotación y transformación del paisaje por las instalaciones industriales desmontables, pero dejan huella en su instalación, de las estaciones invernales de esquí.

Quedarían los valles que no las tienen, aunque sus empresarios las desean. Y en ellos cómo medir en rentas de felicidad per cápita  la belleza, pureza y calidad de aguas de la cuenca del río Ara, el impacto en el ánimo de los Mallos rojos de luz de puesta de sol  o de las actividades de agua en la Galliguera que bajo su sombra gusta de hacerse.

Yendo ultreia, pocos se solazan en el aislamiento de los valles de la cara norte de Guara o la falda de las sierras de Santo Domingo, lo que hace que mantengan una calidad y pureza de paisaje más valorada por nuestros visitantes franceses y alemanes.

Como también existen parajes en el imaginario colectivo invadidos por visitantes por su calidad anterior a la declaración como geoparque de un entorno geológico: pocos piensan en esta ciencia pero cualquiera vive como único el paseo hasta la Cola de Caballo en Ordesa, hacer la vía ferrata de la cascada del río Sorrosal en Broto o la que sobrevuela el pantano de Canelles en el Congost de Mont-Rebei.

De carácter masivo e indudable relación con la geología tienen las visitas escolares y de familias a Dinópolis, las futuras al observatorio espacial de Javalambre, un domingo de almuerzo oscense bajo los singulares y reflejados en pantano mallos de Vadiello, la fácil escalada en cuadrilla a las peñas de Herrera en el Moncayo o disfrutar ya directamente como paseo semejante a los urbanos del entorno de rocas  y pinos negros con ibones del Balneario de Panticosa.

Todos ellos  son ejemplos tan palpables de belleza canónica como evidente es que al paisaje estepario y de vales aterrazadas de Monegros, que procura magníficas fotos desde dron o aviones y también de carácter mítico, hay que comprenderlo desde el conocimiento.

Otros espacios existen incluso próximos a Zaragoza que ni siquiera gozan de relato, que no aparecen como fondo de escena cuando sí los desiertos de Calanda y Monegros.

Las vales de latoneros, manchas de arbolado en los costurones de vales en el páramo de Fuendetodos; el paisaje humanizado pastoril y con masías del Maestrazgo; las lagunas saladas de la depresión del Ebro en sus dos márgenes; las repletas de rapaces foces de Biniés y valles occidentales de Jacetania; los impactos de meteoritos y la piedra rodena roja de Peracense; el paisaje de Far West atecano como esos paisajes oasis creados por surgencias kársticas de aguas tales como los ojos del Pontil –filtración de aguas del Moncayo en el Bajo Jalón-,  el pozo de los Aines en Grisel o el tremedal de Orihuela de los Montes Universales, tienen un impacto para bien de su preservación exclusivamente comarcal.

Es cierto que estos delicados espacios preservados o alejados de la actividad del monocultivo turístico –en Sobrarbe, por todos, no hay estaciones de esquí- sí que son claves para recuperar los más afectados por la acción humana, semejantes a ellos considerando la historia geológica en este caso de Aragón.

Que si presentan un conjunto de peculiaridades suficiente dan lugar a las figuras de protección que pasaré a desarrollar en el siguiente texto.

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