Tres años pasan muy deprisa.
Lo suficiente para dejar de hablar de la herencia recibida. Lo suficiente para dejar de prometer. Lo suficiente para que una ciudad empiece a reconocer el rumbo que lleva.
Y, sinceramente, tres años después sigo sin tener claro cuál es el proyecto de ciudad de este gobierno.
Hace unos días, la alcaldesa hacía balance de la legislatura y hablaba de una ciudad más viva. Es posible que muchas personas compartan esa sensación. Han sido años con actividad, presencia institucional y una comunicación permanente.
Pero, cuando una recorre los barrios, habla con las familias o escucha a los vecinos, aparecen otras preocupaciones.
Acceder a una vivienda a un precio razonable se ha convertido en un problema real. Para muchas personas jóvenes emanciparse resulta cada vez más difícil y muchas familias miran el mercado del alquiler con preocupación. El calor condiciona cada vez más nuestra vida cotidiana, especialmente la de las personas mayores y la infancia. Nuestros colegios siguen necesitando sombra y climatización. Los carriles bici terminan en mitad de la nada, el transporte público apenas resulta útil y demasiados solares vacíos siguen esperando el uso que la ciudad necesita.
Son problemas diferentes, sí. Pero todos terminan hablando de lo mismo: de cómo vivimos la ciudad cada día.
Quizá la principal sensación que dejan estos tres años sea la distancia entre lo que se presenta y lo que realmente cambia.
Se anuncian proyectos, se generan expectativas y se habla constantemente de oportunidades. Sin embargo, cuesta reconocer transformaciones que hayan mejorado de manera clara la vida cotidiana.
El mantenimiento urbano se ha convertido en una conversación habitual en cualquier barrio. Y eso no sucede por casualidad.
Las pequeñas reparaciones se eternizan. Hay aceras deterioradas, alcorques vacíos, espacios públicos que necesitan atención y actuaciones sencillas que tardan meses, cuando no años.
La sensación de una ciudad poco cuidada empieza a formar parte de la conversación cotidiana.
A veces da la sensación de que se gobierna la Huesca que aparece en los folletos y no la Huesca que vivimos cada mañana.
Porque la política municipal no puede consistir únicamente en anunciar cosas. También tiene que transformar la ciudad.
El calor, la vivienda o la movilidad ya no son debates sectoriales ni cuestiones de especialistas. Son asuntos que condicionan cómo vivimos, cómo nos movemos, cómo nos cuidamos y cómo queremos que sea nuestra ciudad.
Echo de menos una conversación más ambiciosa sobre los retos que Huesca no puede seguir aplazando: la vivienda, la adaptación al calor, los refugios climáticos, la recuperación de solares, una red ciclista conectada, un transporte público útil, una mejor conexión ferroviaria con Zaragoza y el cuidado de los barrios.
Queda un año de mandato y ya no será posible abordar algunos de estos retos de una manera seria.
Da la sensación de que, ya no el futuro, sino el propio presente, nos está pasando por encima.
Y, sin embargo, sigo pensando que Huesca tiene una enorme oportunidad.
Una ciudad cómoda, cercana y con una gran calidad de vida debería ser capaz de afrontar estos desafíos entendiendo que la sostenibilidad ya no es un asunto ambiental, sino una cuestión de bienestar, salud y calidad de vida.
Porque una ciudad no deja de esperar cuando se anuncian cosas.
Deja de esperar cuando las personas empiezan a notar que su vida cotidiana mejora.
Y Huesca merece que cada día se viva un poco mejor.