Tamarite de Litera, Leciñena, La Fueva, Loporzano… son los municipios que han dado nombre a los grandes incendios en lo que llevamos de verano en Aragón. Fuegos que, en los casos de La Litera y Los Monegros, han superado y hasta triplicado el millar de hectáreas afectadas.
De este balance, solo podemos sacar algo positivo: la constatación, una vez más, de que el Estado funciona. Todas las instituciones ponen de su parte: el Gobierno de Aragón, sus brigadas helitransportadas, con helicópteros, autobombas, bulldozers y el equipo técnico de coordinación y apoyo; el Gobierno de España, las Brigadas de Refuerzo en Incendios Forestales (BRIF), los medios aéreos del Miteco, la Unidad Militar de Emergencias (UME) y la Guardia Civil. Además, los bomberos de la DPH y el Ayuntamiento de Huesca aportan medios de apoyo.
El Estado, en todos sus niveles, da respuesta cuando hay una emergencia. La coordinación entre administraciones es la clave. Por ejemplo, en Loporzano, tras la primera reunión del Centro de Coordinación Operativa Integrado (CECOPI) el viernes, la Delegación del Gobierno en Aragón dejó preavisada a la UME, lo que hizo posible que, cuando la evolución del incendio la hizo necesaria, se activara de manera inmediata en la madrugada.
Todas las piezas son importantes, pero nada sería posible sin quienes combaten el fuego en primera línea, en tierra o desde el aire. El riesgo no es menor, como se vio en el accidente de un helicóptero en el embalse de Montearagón, del que por suerte la piloto salió ilesa. Por eso quiero expresar un agradecimiento público a todos los brigadistas, bomberos, pilotos, soldados, agentes, personal técnico… Hombres y mujeres, profesionales, que ven el fuego cara a cara. No son los únicos. Junto a ellos han salido decenas de agricultores a frenar el avance del fuego con sus propios tractores, y en cada Puesto de Mando he visto a vecinos y vecinas -los primeros, los alcaldes- arrimar el hombro para que nada les falte a los brigadistas. A todos, mi más profundo agradecimiento: sois también parte de ese Estado que funciona.
También, mi solidaridad con quienes padecen las consecuencias de los incendios, quienes han visto sus cosechas arder o se han visto obligados a desalojar sus casas durante las fases más críticas. Su serenidad ante la adversidad ha sido un ejemplo de civismo.
Queda mucho verano por delante. Por eso llamo a la precaución, a seguir todas las medidas recomendadas, a cumplir con las directrices que marca cada nivel de alerta y a ejercer una ciudadanía responsable. El mejor ejemplo de esta actitud lo tenemos en quienes están día a día en el campo, los agricultores, en su inmensa mayoría cuidadosos en unas labores que son de riesgo per se, con fajas resecas que son puro combustible, y plenamente concienciados de lo crucial que es avisar al 112 al menor indicio de humo. La celeridad es importante, igual que lo es la autoprotección: que nadie, ni por ayudar ni por curiosidad, se exponga al peligro ante las traicioneras llamas. Que el saldo de la temporada de incendios se limite solo -ojalá- a las hectáreas que ya han ardido.
Por último, una reflexión. El calor extremo obliga a repensarnos como sociedad. Los incendios no son un mal caído del cielo. Siempre han existido, sí, pero el calentamiento global, acreditado desde hace años por la ciencia y palpable en las inusitadas olas de calor, es gasolina para el fuego. Hace más de dos décadas, se dio un paso fundamental con la creación de la UME como respuesta ante los desastres naturales. Entonces se criticó, pero en todos los grandes incendios de este año su activación ha sido necesaria. Hay que avanzar para anticiparse a este nuevo entorno, desde lo público, y también acompañando a los particulares, en especial a los agricultores, para mejorar la prevención. Asumir el nuevo contexto, por otro lado, no es lo mismo que resignarse: son necesarias, más que nunca, las políticas para combatir el cambio climático. Negar la realidad, o intentar abordarla con parches, en nada contribuye a proteger nuestras masas forestales y, por ende, a los habitantes del medio rural aragonés.