Insuficiencias de la razón ilustrada. Feminismo y coeducación

M. Engracia Martín Valdunciel
14 de Febrero de 2026
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Recientemente el respetado novelista Antonio Muñoz Molina publicó en El País un artículo (No enseñar al que no sabe) en el que defendía la importancia del saber y el papel esencial que el profesorado y la formación juegan frente a la amenaza de la ignorancia y la barbarie que, sin duda, se ciernen sobre nuestras sociedades.

El escritor comparece regularmente en el citado medio desde hace décadas en una columna de opinión en la que aborda temas diversos, especialmente del mundo del arte, en general, (cine, música, pintura) y de literatura, en particular. Además, como humanista, se hace eco de problemas sociales, como la corrupción, el creciente proceso de privatización del espacio público, nuestra débil democracia, la mercantilización de los centros urbanos enfocados al turismo, el omnímodo poder de la Iglesia, la destrucción de los lazos de vecindad, el abandono de la España interior, la hostilidad de las ciudades para quienes tienen menos recursos, la memoria histórica, etc.

También, puede destacar la importancia del silencio en un mundo de ruido incesante, el placer de la lectura o recomendar tiempo y calma para poder mirar alrededor. Es frecuente, también, que dedique el espacio a personalidades relevantes del mundo artístico o científico (de sexo masculino abrumadoramente). Al autor, por lo demás, hay que agradecerle que cultive siempre un discurso sensato, ponderado y dialogante en un contexto en el que la crispación, el insulto y la vulgaridad se están convirtiendo en moneda de uso corriente.

Pues bien, el texto en cuestión, como se ha avanzado, trata sobre el ideario ilustrado, tema sobre el que el escritor ha incidido en diferentes ocasiones. Es decir, el valor del conocimiento, la necesidad de cultivar el espíritu crítico, la relevancia de la educación, el imprescindible esfuerzo y disciplina para aprender, desarrollar y valorar un buen trabajo o el diálogo como base de convivencia en sociedades democráticas. Late en su alegato el sapere aude kantiano como medio de emancipación individual y social. Presupuestos todos que sería deseable se convirtieran en denominador común en nuestras sociedades.

Lamentablemente, como constata el escritor, estamos lejos de esa feliz situación… El texto, en definitiva, constituye una apasionada defensa de la Ilustración y la racionalidad moderna, tan necesarias, por otra parte, en un mundo en el que la irracionalidad, el sentimentalismo más vano o el exabrupto visceral campan a sus anchas.

El autor recuerda que la ilustración clausuró el Antiguo Régimen y puso fin a los privilegios de nacimiento, lo que significó que: “todos los seres humanos, tan diferentes entre sí en inclinaciones y caracteres, poseen una misma dignidad y un conjunto de capacidades que no están marcadas por el origen, sino que se descubren y se van desarrollando a través de la buena salud y la enseñanza sólida e igualitaria”. Cómo no suscribir la defensa de la igualdad entre los seres humanos que la modernidad intentó inaugurar.

Añade el novelista que los principios racionales y humanistas que subyacen a la propuesta ilustrada hoy “no le importan a nadie, o casi”. Lo cual, pensamos al leerle, no es exactamente así: al feminismo, como humanismo que es, le importa, y le sigue ocupando, universalizar el derecho a la igualdad entre hombres y mujeres. Por eso quisiéramos hacer algunas consideraciones al artículo del académico.

Muñoz Molina sugiere que hubo un tiempo en que “las religiones, las ideologías racistas, las tradiciones sagradas” dividieron y jerarquizaron a la humanidad pero en la modernidad “con la convicción ilustrada de que todos los seres humanos poseen una misma dignidad” parece que se pusiera fin a los rangos. Pero no fue así. En primer lugar, la Modernidad no acabó con todos los privilegios de origen, pues mantuvo la ventaja de quienes nacen con el sexo masculino -el más ancestral, quizá, de los privilegios-. Olimpia de Gouges, que se atrevió a reclamar los “derechos del hombre” -es decir, a universalizarlos, de verdad, a la otra mitad de la humanidad-, pagó la osadía con su vida en 1793.

Por otra parte, la asimetría entre los sexos no sólo se mantuvo en la modernidad, sino que se cientificó y se codificó en leyes. Es decir, se instituyó la desigualdad entre los sexos y el mundo del saber se ocupó de legitimarla. Uno de los fundadores de la sociedad que, en buena medida, sigue siendo la nuestra -J.J. Rousseau-, estableció la autonomía, la instrucción y la ciudadanía para Emilio y la sumisión, la moralidad y la domesticidad para Sofía. Principios que fundamentaron la convivencia social y los sistemas educativos que conocemos. Por tanto, no es prudente predicar cosas de “los seres humanos”, en abstracto, como si hombres y mujeres estuvieran en posiciones de igualdad, porque la historia y la realidad nos muestran que ni ha sido ni es así.

Por otra parte, difícilmente podemos hablar de que el saber, en abstracto, es emancipador sin relacionarlo con los sujetos o los colectivos que lo producen, las instituciones que lo avalan, los sistemas educativos que lo transmiten o las formas de selección y acceso a ellos. Conviene recordar que quien ha ocupado los espacios de producción y distribución de lo que se considera “saber legítimo” (“universal”) ha sido una élite masculina durante milenios. De forma que lo que entendemos por cultura o por conocimiento, incluyendo los campos científicos, constituye un pensamiento profundamente patriarcal.

Hablamos de un discurso homogéneo que entroniza al humano masculino como sinónimo de lo humano y obvia, invisibiliza o menosprecia como insignificante la mitad femenina de la humanidad así como su experiencia y sus aportaciones al acervo común. Tenemos un ejemplo palmario en el relato histórico en el que, en buena medida, la mitad de la humanidad sigue estando ausente. Y, también, de alguna forma, las notables columnas del académico conforman una realidad deficitaria que invisibiliza a las mujeres, dada la escasa atención que dedica a pensadoras, artistas, ingenieras, compositoras, novelistas, cineastas, historiadoras, pintoras, científicas, músicas… O echamos en falta que un intelectual preocupado por convivencias justas no dé cobertura adecuada en su tribuna a realidades lacerantes para la salud democrática, como el terrorismo machista, la explotación sexual de mujeres, la barbarie pornográfica y prostitucional, la cosificación y deshumanización de las mujeres en la publicidad o el cine, la injusta brecha salarial…

Por lo demás, como académico, no se le puede ocultar el dispositivo de poder que es la lengua o que el “masculino genérico” es una falacia que opaca a la mitad de la humanidad. O que el diccionario de la lengua, que clarifica los términos con los que pensamos, constituye un compendio marcadamente sexista... El asunto es que ese conocimiento tan parcial no es inocuo, no se queda ahí: legitima la subordinación política, social, económica, etc., de las mujeres. Y les resta la autoridad y el poder que les corresponden.

Insiste el escritor, con razón, en la importancia de la educación. Pero en los sistemas educativos, que forman parte del nacimiento de los Estados nación, hubo una constante hasta época reciente: se excluyó al sexo femenino. Y cuando las niñas entraron en ellos básicamente moralidad y “las labores propias de su sexo” fueron sus asignaturas.

Por otra parte, desde los análisis del currículo conocemos que el sesgo patriarcal de los “contenidos”, que beneficia a los chicos (y a las clases acomodadas), ha sido, y sigue siendo, una constante. Por consiguiente, sería preciso revisar profundamente el currículo androcéntrico si aspiramos a una enseñanza que no sea tendenciosa. Pero hay más: los estudios feministas han evidenciado que los procesos de socialización en la escuela continúan reproduciendo roles que subordinan a las chicas, a pesar de que los resultados académicos son frecuentemente superiores a los de sus compañeros. Como puede deducirse, la escuela no es un medio de redención social per se. O no para el conjunto social.

Por todas estas razones, el feminismo defiende desde hace décadas una educación racional, laica e igualitaria entre los sexos. Y habla de coeducación porque cuestiona de forma radical un sistema que nació enfocado e ideado para una parte de la sociedad, centrado en temas, experiencias, intereses, etc., de los humanos masculinos. Una escuela aparentemente igualitaria, mixta actualmente, pero que sigue segregando. Con el problema añadido de que en lugar de poner en el centro el respeto y la igualdad entre unos y otras, una educación que cuestione los estereotipos sexuales, está canalizando, justamente, el encumbramiento de estos a través de doctrinas irracionales. La coeducación, como reza un libro reciente, ha sido secuestrada.

Por otra parte, Muñoz Molina señala que la derecha se inclina por “demoler cuanto antes la enseñanza pública a fin de beneficiar a la privada y a la santa iglesia”. Lo cual es verdad. Pero, desafortunadamente, la devastación de la escuela pública no sólo se la debemos a la derecha. Habría que recordar que diferentes gobiernos socialistas no hicieron en su día el esfuerzo de revertir la anómala situación de la enseñanza en nuestro país en manos de la iglesia, un auténtico botín de Guerra. Seguramente al escritor no se le oculta que los procesos de privatización, tanto endógena como exógena, siguiendo los dictados de la OCDE y otros organismos, no son exclusivos de la derecha.

Lo propio ocurre con la inclusión de la cacharrería informática, la gestión empresarial -la calidad- o las “competencias”. Proceso paralelo a la rendición de la enseñanza universitaria al lenguaje de los créditos, los resultados o la innovación. Tecnocracia y mercado en detrimento de una concepción, al menos en teoría, del saber y la educación al servicio de la emancipación personal o social. Termina el escritor afirmando: “Nos quieren ignorantes, groseros, sectarios, ansiosos, apoltronados, narcisistas, aislados cada uno en su paraíso virtual, insolentes y mansos en nuestro aborregamiento colectivo”. No podemos sino estar de acuerdo con el sombrío panorama que describe. Pero, puesto que mujeres y hombres estamos lejos de contar con las mismas oportunidades, añadiríamos que el sistema capitalista y patriarcal quiere, además, que las mujeres sigan estando al servicio de los demás; y prefiere que estén calladas.

Resumiendo, el escritor piensa que el profesorado puede ser la barrera contra el triunfo de la ignorancia y la barbarie. Sin obviar en absoluto el valor del conocimiento, -un saber, de verdad, universal-, más bien pensamos que el movimiento feminista puede ser esa barrera frente a la barbarie. Porque quizá sea el único que continúa interesado en hacer realidad los principios de justicia e igualdad entre los seres humanos a que alude Muñoz Molina. Porque a las mujeres les puede ir la vida en ello. En concreto, el acceso a la producción y transmisión del saber ha sido una vindicación de siglos -y sigue siendo en buena parte del mundo; pensemos en contextos trágicos, como Afganistán o Irán-. Una apuesta esencial porque comprender y tomar conciencia de la situación subordinada en que nos ha situado, y nos sigue colocando, el sistema que jerarquiza a los sexos es clave para poder revertirlo. Y, además, porque es una vía para desarrollar un trabajo o ejercer una profesión, una forma de independencia no sólo intelectual sino también económica. Pura supervivencia.

M. Engracia Martín Valdunciel (Abolicionistas Aragón)

 

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