Julián Illana. Jenofonte y el fútbol

Jenofonte y el fútbol

Médico de familia
26 de Abril de 2026
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Julián Illana. Jenofonte y el fútbol
Julián Illana. Jenofonte y el fútbol

Hay libros que uno no lee, los atraviesa. Como si fueran un páramo hostil en el que cada página es un paso más hacia alguna parte que no siempre está clara. La Anábasis de Jenofonte es una de esas obras y recuerdo, como si fuera ayer, lo que sentí al leer la frase que más me marcó de ese texto: “Esforcémonos de manera que cada uno pueda considerarse a sí mismo como artífice de la victoria”.

La Anábasis es la historia de diez mil hombres perdidos en tierra extraña, sin mando claro, rodeados de enemigos, con la muerte respirándoles en la nuca y el horizonte convertido en una línea incierta. Y, sin embargo, avanzan. No por heroísmo individual, que también lo hubo, sino por algo mucho más antiguo, más sólido y más difícil de encontrar hoy: el apoyo mutuo.

Aquellos mercenarios griegos no eran amigos. Ni siquiera compatriotas en el sentido sentimental del término. Eran hombres distintos, con acentos distintos, intereses distintos y, probablemente, motivos poco nobles para estar allí. Pero comprendieron algo esencial: o caminaban juntos, o no caminaba ninguno. Esa lección, que huele a sudor, sangre y barro, sigue vigente en algo tan aparentemente trivial como un campo de fútbol.

Porque el fútbol, cuando se despoja del ruido, del negocio y de los focos, es eso: una pequeña Anábasis con botas de tacos. Unos cuantos jugadores, y unos cuantos más en el banquillo, que deben atravesar minutos de incertidumbre. La experiencia demuestra que los equipos que llegan al final, los que sobreviven y triunfan, no son siempre los más brillantes, ni los más rápidos, ni los que fichan mejor. Son los que se sostienen unos a otros cuando todo se tambalea.

En el vestuario, que es un lugar mucho más importante de lo que creen los que nunca han pisado uno, se decide casi todo. Ese espacio cerrado, con olor a linimento y ropa húmeda, es en realidad el salón de una casa. Pero no una casa cualquiera: una en la que la familia la eliges tú. Eso cambia las reglas. Porque no te une la sangre, sino la voluntad de permanecer, y eso exige más.

Allí dentro se aprende a comprender al que es distinto, a tolerar al que te cae mal pero corre por ti, a respetar al que manda, (el entrenador, el capitán), pero también a exigirle justicia, porque sin ella no hay grupo que aguante. Se aprende a cuidar al que cae lesionado, a levantar al que falla un penalti, a felicitar al que ha hecho lo que tú no supiste hacer… y sobre todo, se aprende a sacrificarse: a correr un metro más, a cubrir un hueco que no te corresponde, a renunciar al lucimiento propio para que otro marque el gol.

Luego están las concentraciones y los viajes. Ese territorio intermedio, lejos de casa, donde las máscaras se caen sin darnos cuenta. En los hoteles impersonales, en las carreteras interminables, en las cenas compartidas y las risas a destiempo, es donde uno conoce de verdad a los demás. Y a sí mismo. Porque allí, fuera de la rutina y del papel que cada cual interpreta en su vida diaria, los jugadores vuelven, aunque sea por unas horas, a lo que fueron: niños en un patio de colegio, con las rodillas raspadas y la única ambición de divertirse y meter goles, cuando se podía. En ese regreso humilde, casi secreto, se forjan complicidades que ningún entrenamiento puede fabricar.

El cariño, además, no aparece de golpe ni se decreta en una charla técnica. Se va acumulando gota a gota, con el paso del tiempo y el peso de las historias compartidas: una victoria improbable, una derrota que dolió más de la cuenta, un viaje interminable, una conversación a media luz cuando nadie más escucha. Ese poso, casi invisible, es el que sostiene al grupo cuando llegan los momentos de verdad.

Porque uno lucha, sí, por los que están a su lado, por los que respiran contigo en el esfuerzo, pero hay días en que la fuerza viene de más lejos. De los que ya no están en el vestuario, de los que colgaron las botas o se quedaron por el camino. Y entonces se aprieta un poco más los dientes, se corre un metro más, se aguanta un segundo más. Porque en el fondo, cada equipo es también la suma de sus ausencias.

Eso no lo enseñan los libros de táctica. Ni los discursos grandilocuentes. Eso se aprende en el barro, como los hombres de Jenofonte aprendieron a marchar cuando no quedaba otra opción.

Entonces llega el campeonato. Ese momento en que todo empieza con la certeza incómoda de que, al final, sólo ganará uno. Todos lo saben cuando se atan las botas la primera jornada. No hay engaño posible. Pero también hay otra verdad, más callada y más profunda, que no sale en las clasificaciones: cuando un equipo es de verdad una familia, cuando compite unido, cuando cada uno entiende que su sitio está junto al del otro, entonces ya ha ganado algo que no depende del marcador.

Porque hay victorias que no caben en las sedes de los clubes ni en las estadísticas. Llegar a un torneo siendo un grupo que se quiere, que se respeta, que se sostiene en los malos días y celebra sin envidia en los buenos, es haber conquistado la más importante de todas. La de querer y ser querido. Un trofeo silencioso, sin metal ni brillo, que sólo tiene cabida en la vitrina del alma.

La vida, a veces, concede el lujo de esos momentos irrepetibles: un vestuario en silencio antes de salir, una mirada cómplice, un abrazo que no necesita palabras. No duran mucho. Nunca duran. Pero existen. Y por eso, quizá, deberíamos sentirnos unos privilegiados cada vez que nos toca vivirlos. Estas cosas son las que de verdad importan. Son las que, poco a poco, hacen del mundo un lugar mejor.

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