Luis Ángel Pérez de la Pinta

´La palabra 'migrante'

Periodista y formador
26 de Febrero de 2026
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Un servidor viene de un pueblo que hace 200 años no existía o, bueno, mejor dicho; que existía de forma ni remotamente parecida a como existió después y aún lo hace hoy. El sitio en cuestión, Barruelo de Santullán, está en Palencia y tenía, allá por 1826, 37 vecinos. Era, la cifra lo evidencia, una aldea insignificante en la que la gente sembraba patatas y garbanzos y cuidaba ovejas y cabras, porque ni para criar vacas daba el lugar. Montaña arriba, a unos cinco kilómetros, estaba Salcedillo, que tenía 100 vecinos y podía presumir de hasta cura propio. El sacerdote, como cualquiera, necesitaba comprar y entretenerse algo y, para hacerlo, bajaba hacia el sur, en concreto hasta la entonces muy noble y leal villa de Aguilar de Campoo, que debía rondar el millar y medio de habitantes.

En uno de esos viajes, el caballo que montaba el cura tropezó a la altura de Barruelo con unas piedras negras que parecían carbón. El cura, curioso él, las recogió y, llegado a Salcedillo, las puso en la chimenea y vio que ardían. Era, como él pensaba, carbón, y la historia que vino después cambió lo que después sería mi pueblo. Tanto fue así que, en treinta años, la aldea mudó en próspera villa industrial de tres mil vecinos y dejó a Aguilar pequeño. Con el tiempo, cambiaron las tornas porque en Aguilar alguien tuvo la feliz idea de empezar a fabricar galletas y las minas de Barruelo cerraron. Hoy, mi pueblo llega a duras penas a los 1.200 vecinos y Aguilar ronda los 7.000, pero la historia ahí está.

Viene a cuento todo esto que les explico al hilo de esta regularización (masiva, dicen) de lo que en ciertos círculos insisten en llamar ‘migrantes’. El que suscribe, que lleva años ganándose la vida con las palabras, nunca ha usado tal vocablo, aunque sí otros de más regular utilización a la hora de designar la acción de irse de un sitio para instalarse en otro. Con todo, la distinción entre el que se va (emigrante) y el que viene (inmigrante) me ha parecido siempre estúpida, porque, si emigrar es irse, el emigrante dejaría de serlo cuando llega y, si inmigrar es venir, el que inmigra deja de hacerlo en cuanto hace su casa del sitio al que ha llegado. Por eso, los creadores de esa singular neolengua tan popular entre los citados círculos que más arriba cito, llevan años tratando de imponer otro término (migrante) que excluye la diferenciación entre el ir y el venir y no es circunstancia, sino condición inmutable que marca a la persona a la que le cae en suerte.

Aquí llegados, no puedo evitar pensar en aquellos paisanos (y paisanas) que a mitad del XIX y desde lugares dispares llegaron a mi querido Barruelo para convertir casi en ciudad aquella antaño aldea insignificante. ¿Qué eran? ¿Migrantes? A mí, ya me perdonarán, no me lo parece porque, si bien es cierto que fueron emigrantes cuando se fueron del sitio de donde fuera que viniesen e inmigrantes cuando llegaron a Barruelo, dejaron de ser una cosa y otra en el mismo momento en que se asentaron allí aunque, eso sí, tampoco dejaron de ser nunca lo que fueron desde nacimiento. ¿Por qué? Pues muy fácil: basta con echar un vistazo al hoy menguado listado de vecinos de la villa para comprobar la abundancia de apellidos de diverso origen, alguno hasta indudablemente extranjero como ‘Chevalier’, y cruzarlos con los apodos vinculados a gentilicios por los que aún se conoce a algunos de los vecinos que pueblan la localidad.

¿Se sintió aquella gente migrante, inmigrante o como narices sea que les de a alguno por llamarlos? No lo creo. Eran franceses, asturianos, andaluces o lo que fuese y, con el tiempo y por propia elección, devinieron barruelanos también y simplemente. Por eso, porque lo sé y porque llevo a gala venir de un pueblo donde nunca (hasta ahora, porque tenemos allí un alcalde que se las trae) se preguntó a nadie si iba o venía ni se pretendió que, pese a haber llegado, pareciera que todavía estuviese viniendo, me aburren e indignan ciertas cosas. Una de ellas es ver cómo los mismos pazguatos paternalistas que se llenan la boca hablando de acoger e integrar y hasta de borrar las necesarias fronteras, pretenden tatuar ese horrible palabro que es migrante en la frente de cualquiera que, por gusto o necesidad, vive en un sitio distinto a donde nació.  

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