Después de viajar en estos últimos días en el AVE entre Madrid y Zaragoza necesito calmar mi indignación publicando mi experiencia sobre el lamentable estado de la vía.
Como consecuencia de la catástrofe de Adamuz el tren va a 230 Km/h o a 160 Km/h, según el estado de los tramos, habiéndose reducido la velocidad de 300 Km/h para la que fue construido el ferrocarril, dado el riesgo que suponía su insuficiente mantenimiento.
El caso es que el tren circula casi constantemente con fuertes vibraciones que meten miedo al usuario más experimentado o impiden un viaje relajado, tomar una bebida sin derramarla y manejar el ordenador con precisión sobre la mesa plegable, aunque el tren circule a 160 Km/h, vibraciones causadas por defectuosas alineaciones y rasantes con hundimientos o “baches” en los raíles apoyados sobre traviesas asentadas sobre un balasto mal perfilado o pulido por el rozamiento entre las piedras. Lo más grave es el peligro real que esto puede ocasionar.
¿Qué pasaría si el tren circulara a 300 Km/h como antes? Por la ley de conservación de la energía cinética, la fuerza del impacto rueda/raíl ocasionado por un hundimiento es prácticamente proporcional al cuadrado de la velocidad de circulación del tren. En consecuencia, si en los tramos a 230 km/h la velocidad volviera a ser de 300 Km/h la fuerza del impacto sería el 70 % mayor, y si en los tramos a 160 Km/h volviera a ser de 300 Km/h la misma sería nada menos que el 250 % mayor. Estos impactos tan reiterados producen el efecto fatiga en el acero de los raíles y en el hormigón de las traviesas, y también el rápido desgaste del balasto. Es evidente la urgencia de que ADIF realice el acondicionamiento y el adecuado mantenimiento de la vía.
A los mencionados problemas para los usuarios hay que añadir los derivados de los retrasos de los viajes, antes motivo de orgullo por su puntualidad. A propósito de esto, también hay que reivindicar de ADIF, p.e. para la estación de Huesca donde resido, la reapertura de los servicios complementarios —cafetería, restaurante, alquiler de coches y kiosco—, suprimidos hace demasiados años y reclamados insistentemente por las entidades públicas y privadas desde hace otros tantos, con mayor motivo ahora por la irregularidad de los viajes.