Julián Illana

El lugar más peligroso del mundo

Médico de familia
23 de Febrero de 2026
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Huelga de médicos en Huesca. El lugar más peligroso del mundo
Huelga de médicos en Huesca. El lugar más peligroso del mundo

Para completar mi formación como Médico de Familia, tuve la fortuna de poder realizar la residencia en el Hospital Virgen de la Arrixaca de Murcia, uno de los mejores de España. Las rotaciones por los diversos servicios fueron muy interesantes y me aportaron conocimientos que recuerdas toda la vida, pero donde realmente se aprende a enfrentarte con los límites de tus conocimientos médicos, con los pacientes de todo tipo, con las enfermedades todavía no filiadas, es en la puerta de urgencias. Nuestros tutores en urgencias eran excepcionales. Tenían estilos diversos y llevaban distintas mochilas vitales a sus espaldas. Todos ellos me hicieron crecer como profesional y como persona pero hubo uno de ellos que, siendo residente de primer año, me hizo reflexionar mucho con una frase que nos dijo durante la madrugada de una guardia muy compleja.

Aquel tutor de urgencias no era hombre de metáforas delicadas ni de frases para enmarcar en la sala de residentes. Había hecho demasiadas guardias y visto demasiadas cosas para perder el tiempo en lirismos. Por eso, cuando dijo: “¿Sabéis cual es el lugar más peligroso del mundo?, es un hospital a las tres de la madrugada”, nadie se rió. Sabíamos que no hablaba por hablar.

A las tres de la mañana, el hospital es una criatura distinta. La luz es la misma, pero el pulso cambia. Los pasillos se aquietan y, sin embargo, el riesgo aumenta. No porque falten protocolos ni porque la ciencia se haya ido a dormir, sino porque el eslabón humano, ese que sostiene todo el edificio asistencial, empieza a resentirse. La literatura sobre seguridad del paciente es inequívoca: la privación de sueño deteriora la atención sostenida, enlentece el tiempo de reacción, empeora la toma de decisiones complejas y favorece los errores de omisión. En términos neurocognitivos, trabajar tras 18 o 20 horas despierto puede equipararse a hacerlo con una tasa de alcohol en sangre inaceptable para conducir.

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A esa hora, el hospital es una trinchera. No hay épica, no hay banda sonora, no hay focos. Hay fluorescentes mortecinos, un monitor que pita como un centinela nervioso y un médico que lleva despierto desde el amanecer anterior. Doce, quince, veinte horas después de empezar la jornada, el cerebro ya no es un bisturí fino sino una navaja mellada que debe cortar igual de bien.

La medicina de urgencias es un combate cuerpo a cuerpo con la incertidumbre. El dolor torácico puede ser una contractura o una sentencia. El dolor abdominal, una indigestión o una bomba de relojería. A las tres de la mañana, el profesional decide con los mismos protocolos que a las tres de la tarde, pero con menos gasolina en el depósito. Decide con el cerebro fatigado, que es el órgano más frágil cuando se le exprime, y eso, en cualquier disciplina seria, se llama factor de riesgo.

En servicios de alta presión como los de urgencias, la fatiga no es un accidente, sino una variable estructural. El residente que empezó su jornada por la mañana, enlazó consultas, interconsultas, ingresos y guardia. En ocasiones, no ha comido más que algo rápido de una máquina expendedora, pero está tomando decisiones críticas cuando el reloj marca las tres. Y lo hace, además, arrastrando el sedimento emocional del día: el paciente agresivo, la familia que exige certezas imposibles, el error que se evitó por centímetros, la muerte que no se pudo esquivar. La medicina de urgencias es clínica, sí, pero también es una disciplina de gestión de incertidumbre bajo presión.

Por eso la frase del tutor no era una impugnación del hospital sino una advertencia sobre el sistema. Durante décadas hemos romantizado la guardia como rito de paso: noches en vela que forjan carácter, épica del sacrificio, el médico que aguanta porque “así se ha hecho siempre”. Pero la épica no reduce eventos adversos, la organización sí. Países que han limitado horas de trabajo, reforzado equipos nocturnos y protocolizado la transferencia de información han visto descender complicaciones evitables. No se trata de fragilizar a los profesionales, sino de reconocer que la fisiología no negocia. El cuerpo humano no fue diseñado para sostener la vigilia infinita ni la responsabilidad absoluta bajo fluorescentes.

Conviene recordar lo que hay detrás de ese médico que duda frente a una pantalla de constantes vitales. No llegó ahí por azar ni por un cursillo acelerado. En España, hacerse médico exige una nota altísima en bachiller, hacer una EBAU (antes Selectividad) excelente, seis años de carrera universitaria, una travesía larga y áspera entre anatomía que memorizar, fisiologías infinitas, bioquímicas indescifrables y prácticas hospitalarias donde uno aprende pronto que el dolor ajeno no es teoría. Después, un año más, a menudo dos intentos, tres en algunos casos, encerrado con manuales y simulacros para preparar el MIR, esa oposición despiadada que ordena los sueños por número de aciertos. Y cuando por fin se cruza esa puerta, no termina nada, empieza la especialidad. Cuatro o cinco años más de formación reglada, guardias interminables, responsabilidad creciente y sueldo de aprendiz cualificado. En total, once o doce años de vida invertidos antes de poder firmar con plenitud un diagnóstico. Once o doce años de estudio, renuncias y disciplina. Eso no es improvisación: es vocación, es capacidad y es resistencia.

"Once o doce años de vida invertidos antes de poder firmar con plenitud un diagnóstico. Eso no es improvisación: es vocación, es capacidad y es resistencia"

La palabra vocación se utiliza con frecuencia como si fuera una coartada. “Lo hacen por vocación”, se dice, como si eso bastara para justificar cualquier sacrificio. Pero la vocación no anula la fatiga ni paga la hipoteca. No convierte el agotamiento en virtud ni el abuso en mérito. Es, si acaso, el motor íntimo que empuja a seguir cuando el cuerpo pide tregua, pero ese motor tiene límites físicos.

La guardia es tiempo de vida arrancado al sueño, a la familia, al descanso mínimo que preserva la cordura. Es un tiempo biológicamente caro. Pero el sistema lo trata como una extensión barata de la vocación. La vocación, esa palabra que todo lo justifica y nada paga. Se diría que la sanidad pública descansa sobre un equívoco moral: que el compromiso del médico suple lo que la administración no retribuye. Así vamos, celebrando la entrega mientras regateamos la nómina.

Porque, además de peligroso, el hospital a las tres de la madrugada es barato. Escandalosamente barato para quien lo sostiene. Las horas de guardia, las más ingratas y las más críticas, deberían pagarse como se paga el riesgo y la responsabilidad, se remunera como si fuera un suplemento anecdótico, una propina institucional, pero lo más sangrante es que, esas horas, no cotizan como deberían, no construyen futuro, no suman dignidad jubilatoria. Son horas fantasma en la contabilidad del Estado, aunque sean horas muy reales en la espalda del médico.

"Médicos excelentemente formados, seleccionados tras una criba feroz, trabajando al límite biológico en las horas más delicadas, con una retribución que no refleja ni el riesgo ni el desgaste"

Así, el sistema descansa sobre un equilibrio precario: médicos excelentemente formados, seleccionados tras una criba feroz, trabajando al límite biológico en las horas más delicadas, con una retribución que no refleja ni el riesgo ni el desgaste. Se confía en que la ética profesional supla lo que la organización no corrige. Se da por hecho que el compromiso será infinito.

Entretanto, el hospital sigue siendo el lugar donde se concentran los extremos de la vida. Allí se recibe la mejor noticia y la peor. Allí se nace y se muere. Una familia ríe en un paritorio mientras otra aprende, en un pasillo frío, el significado exacto de la palabra irreversible. Ese contraste brutal es la sustancia misma del hospital.

Durante los momentos más duros de la pandemia, cada tarde a las ocho, miles de balcones en toda España se convertían en improvisados escenarios de reconocimiento colectivo. Aplausos, cacerolas y pancartas recordaban que el personal sanitario era, en palabras de muchos, “nuestros héroes”. Aquella liturgia diaria parecía sellar un pacto moral entre la sociedad y quienes sostenían el sistema sanitario al borde del colapso.

Hoy, sin embargo, el contraste resulta doloroso. Ante la huelga convocada por distintos colectivos médicos, una parte significativa de la opinión pública ha mutado el aplauso en reproche. Los mismos profesionales que fueron elevados a la categoría de símbolo nacional son ahora tachados de peseteros, egoístas o incluso mentirosos. La narrativa ha cambiado con una rapidez inquietante: del heroísmo al sospechoso interés económico; del sacrificio admirable a la supuesta insolidaridad.

La narrativa ha cambiado con una rapidez inquietante: del heroísmo al sospechoso interés económico; del sacrificio admirable a la supuesta insolidaridad

En primer lugar, conviene recordar que una huelga médica no surge en el vacío. Es, por definición, la expresión de un conflicto estructural. Las reivindicaciones giran en torno a ratios de pacientes inasumibles, jornadas extenuantes, retribuciones desalineadas con la responsabilidad asumida y, sobre todo, una degradación progresiva de las condiciones asistenciales. Cuando un médico protesta, no lo hace únicamente por salario, lo hace porque las condiciones materiales afectan directamente a la calidad y seguridad del acto clínico.

Resulta paradójico que, hasta hace nada, se repitiera casi como un mantra que España tenía “el mejor sistema sanitario del mundo”. La frase se convirtió en consigna identitaria, una especie de elemento de orgullo nacional. Sin embargo, esa afirmación convivía con realidades menos épicas: infrafinanciación crónica, precariedad contractual, fuga de profesionales y una Atención Primaria tensionada hasta el límite.

Ahora que las costuras están visibles, el discurso social ha virado de nuevo. Las quejas por las listas de espera interminables se multiplican, pacientes que denuncian consultas saturadas, tiempos de atención insuficientes, rotación constante de médicos o dificultades para acceder a pruebas diagnósticas. La percepción ciudadana ya no es la del “mejor sistema del mundo”, sino la de un servicio desbordado y, en ocasiones, ineficaz.

Lo contradictorio es que ambas narrativas, la idealización y la queja, suelen omitir el mismo elemento: las condiciones laborales de quienes sostienen el sistema. Se exige excelencia con recursos limitados; se reclama cercanía en consultas de cinco minutos; se denuncia el retraso en cirugías mientras se cuestiona que el profesional pida mejoras estructurales.

Hay aquí una tensión ética que no puede obviarse. Por supuesto, una huelga médica genera incomodidad y puede tener consecuencias para los pacientes. Nadie lo discute. Pero reducir el conflicto a una caricatura de codicia profesional es intelectualmente deshonesto y socialmente miope. Si las condiciones laborales se deterioran, el impacto no lo absorbe únicamente el médico, lo absorbe el paciente.

Reducir el conflicto a una caricatura de codicia profesional es intelectualmente deshonesto y socialmente miope

El aplauso de las ocho fue un gesto emocional. La huelga, en cambio, exige una reflexión racional. Aplaudir no cuesta nada, reformar un sistema sanitario, sí. Implica inversión sostenida, planificación estratégica, negociación política y, sobre todo, coherencia social. No se puede idealizar el sistema cuando conviene y deslegitimar a sus profesionales cuando reclaman mejoras. Si de verdad se desea preservar un sistema sanitario público fuerte y de calidad, el debate no puede quedarse en la superficie moralizante. Debería centrarse en cómo garantizar condiciones dignas para quienes ejercen la medicina, porque sin profesionales motivados y bien tratados no hay excelencia posible.

El médico no es un héroe ni un mártir, es un profesional altamente cualificado haciendo su trabajo en condiciones que ningún piloto aceptaría para volar un avión comercial. Si el lugar más peligroso del mundo es un hospital de madrugada, no lo es por la maldad de quienes lo habitan, sino por la negligencia de quienes organizan el tablero.

La solución no es el cinismo ni la resignación, es la responsabilidad institucional. Si aceptamos que la madrugada es un factor de riesgo, debemos tratarla como tal: dimensionar plantillas, garantizar descansos reales, facilitar soporte psicológico, invertir en cultura de seguridad y en sistemas que compensen el error humano antes de que llegue al paciente. La excelencia clínica no puede sostenerse sobre el agotamiento crónico.

El hospital a esas horas es peligroso porque es profundamente humano. Porque el paciente tiene miedo y el médico tiene sueño. Un país serio no convierte la madrugada en una ruleta rusa presupuestaria: la protege, la paga y la cotiza. Porque en ese tramo oscuro del día no sólo se decide la vida de los pacientes, sino la dignidad de quienes los cuidan.

Mi tutor de urgencias no quería asustar, quería formar. Enseñar que la medicina no es sólo conocimiento técnico, sino conciencia situacional. Que la humildad de saber que a las tres de la mañana somos menos lúcidos, salva más vidas que la arrogancia. Y que el hospital, ese lugar donde caben lo mejor y lo peor, merece que cuidemos tanto a quienes ingresan por su puerta como a quienes velan al otro lado del fonendo cuando la ciudad duerme.

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