Este año ha sido galardonada con el premio Juan de Mariana la historiadora y economista americana Deirdre McCloskey por su contribución al avance de las ideas de la libertad. La perspectiva de McCloskey es tan sorprendente que ha cambiado el punto de partida para poder entender la evolución histórica de Europa y del capitalismo.
Hasta ahora había dos corrientes que se complementaban para poder comprender por qué Europa, un continente pequeño, con división territorial, múltiples lenguas y pobre comparado con Asia, pudo ser la cuna de multitud de avances científicos, humanos y económicos que dieron como resultado el sistema que más prosperidad ha generado en la historia: el capitalismo. Las dos corrientes, resumiendo, se pueden agrupar en: 1) Acumulación de Capital. 2) Instituciones.
La acumulación de capital no es más que el ahorro. Tener ingresos actuales y decidir no gastarlos por si existieran necesidades futuras, incluso que ese ahorro traspase generaciones y sea un activo familiar.
Por otro lado, las instituciones no es sólo el estado y la iglesia, sino instituciones intermedias (gremios, asociaciones, Universidades, etcétera). Estas instituciones no sólo protegen a sus miembros, sino que también compiten por las mejores personas. Ningún otro lugar del planeta contaba con acumulación de capital y con instituciones, por lo que el capitalismo sólo podía darse aquí, en Europa. Y eso se creía hasta que McCloskey vino a preguntarse ¿Por qué la gente acumuló capital? ¿Por qué se generaron instituciones fuertes y competitivas? Por las ideas.
Una sociedad no está aislada de las corrientes ideológicas, por lo que su funcionamiento depende mucho de las ideas predominantes del momento. Durante siglos en Europa ha habido una serie de ideas o de corrientes de pensamiento que han ido transformando la sociedad poco a poco hasta hacerla proclive a pensar en el futuro y en el prójimo. Deirdre McCloskey ha bautizado a estas ideas como las virtudes burguesas. Los ejemplos que pone la autora en sus libros son paradigmáticos: Un empresario no se enriquece empobreciendo a su vecino, sino dándole lo que necesita; y, además, de la mejor calidad posible para que se cree confianza y el día de mañana vuelva. Un padre no sacrifica su placer actual para que disfruten, o tengan una vida, mejor unos nietos o bisnietos que no conoce sino es porque cree en una institución más importante que él como es la familia. Unos mecenas no donan dinero en la construcción de una catedral, u obras de arte que disfrutarán otros, por derrochar el dinero, sino que lo hace porque son parte de una sociedad y quieren que la sociedad los respete.
Confianza. Respeto. Amor. Comunidad. Valores que tiene esta sociedad pero que sólo florecen en libertad, y aquí tiene su importancia el pasado europeo: la filosofía grecorromana y la iglesia católica. Sin la libertad que nos concede la religión católica (“El discípulo no es más que su maestro, ni el siervo más que su señor”. Ó “Amarás al prójimo como a ti mismo”) estas virtudes no hubieran podido crecer.
McCloskey lo tiene claro, no son las instituciones o la acumulación de capital lo que llevó a Europa a ser el gran continente que fue, sino las ideas.
En una conversación que pude mantener con la premiada esta semana recalcaba que, igual que las ideas hicieron triunfar a Europa, olvidarse de ellas puede que nos condene a otra época oscura. No sólo debemos estar orgullosos del capitalismo y de sus virtudes, sino que debemos recordar a todo el mundo cómo hemos llegado hasta aquí, que el liberalismo funciona y más, que el liberalismo es el único sistema que ha demostrado que funciona.