La primera vez que llegué a Huesca tenía veinte años y una novia reciente. La estación de autobuses estaba entonces detrás del Casino, y bajé del autocar con la torpeza del que pisa ciudad ajena en mitad de una fiesta que no entiende. Lo primero que vi fueron camisetas rotas. Camisetas blancas hechas jirones, teñidas de vino, y gente con trozos de sandía en la cabeza o colgando de los pantalones como condecoraciones curiosas. En cualquier otro sitio aquello habría parecido el final de una batalla. Allí era el principio de una fiesta. Nadie me miró raro, nadie me hizo sentir peligro. Irene me llevaba del brazo y la ciudad entera parecía llevarnos a los dos.
Tardé poco en comprender que aquel desorden era otra clase de orden. Debajo del vino y de la sandía había una manera de estar en el mundo: alegría sin estridencia, sobriedad hasta en el exceso, fuerza, camaradería y un entusiasmo rebosante. Huesca celebraba la vida en el mes que invita al descanso, con el año de trabajo pesando todavía en la espalda. La celebraba a su manera, sin la impostura de querer parecer lo que no se es y con todo el mundo dentro: el de la peña y el del traje, el abuelo y el crío, el de toda la vida y el recién bajado del autobús con cara de no saber dónde meterse. Que era yo, por cierto.
Para un murciano, el contraste fue considerable. Y conste que yo no venía ni de un secarral geográfico ni festivo. Crecí con las Fiestas de Primavera: el Bando de la Huerta en el que media Murcia vestida de huertano, con sus zaragüeles, sus refajos y sus esparteñas, peregrina de barraca en barraca entre michirones, zarangollo y vino de la tierra; y el Entierro de la Sardina, aquel desfile delirante de hachoneros alumbrando la noche, carrozas sepultando a la gente bajo una lluvia de juguetes y una sardina gigante ardiendo al final entre fuegos artificiales. Lo mío era la primavera desbordada, la luz levantina, la fiesta de día y el desfile. Huesca me ofrecía otra cosa: agosto en vez de abril, un mártir en vez de una sardina, una pañoleta en lugar de un traje regional.
Tardé en poder describir la diferencia. Murcia celebra hacia fuera, ofreciendo espectáculo a quien quiera mirar. Huesca celebra hacia dentro: en esta fiesta no se está de público, se ingresa, y el pañuelo verde es el papel de admisión. Dos temperamentos distintos, supongo. Entendí que el sur abraza a gritos y el norte abraza apretando. A aquel murciano de veinte años lo desarmó descubrir una fiesta multitudinaria sin espectadores, donde nadie mira porque todos están dentro. Eso no lo había visto nunca.
Como buen forastero, me picó la curiosidad antes que el sol de Agosto. Quise saber por qué iban todos de blanco y verde, qué significaba aquel cohete que paraliza una plaza entera, a qué venían las procesiones, la albahaca y los danzantes. Nadie me dio una respuesta corta, porque no la hay. Para entender San Lorenzo hay que remontarse diecisiete siglos. Y ese viaje, se lo aseguro a ustedes, merece la pena.
La tradición hace a Lorenzo hijo de esta tierra, nacido de Orencio y Paciencia, con su memoria anclada para siempre en Loreto y en el corazón de la ciudad. Marchó joven a Roma, donde llegó a ser archidiácono del papa Sixto II, custodio de los bienes de la Iglesia y de la caridad con los pobres. En el año 258, la persecución del emperador Valeriano segó primero la vida de Sixto. A Lorenzo le concedieron tres días para entregar los tesoros que administraba. Al cabo de ellos se presentó ante el prefecto acompañado de pobres, enfermos, viudas y huérfanos, y soltó una de las frases más hermosas de la historia del cristianismo: estos son los tesoros de la Iglesia. Le costó la vida. El 10 de agosto murió abrasado en una parrilla, y la tradición le atribuye ante el suplicio una serenidad terrible, un humor seco frente a sus verdugos que cualquier aragonés reconocería como propio. No es mala genealogía para una fiesta, un hombre que llamó tesoro a los pobres y que se rió de la muerte.
Su figura atravesó los siglos con una fuerza tremenda. Baste recordar que Felipe II, tras vencer en San Quintín un 10 de agosto, levantó en su honor El Escorial con planta de parrilla, pero fue Huesca la que nunca dejó de sentirlo hijo. La ciudad le dedicó una cofradía, le levantó en el siglo XVII la basílica que preside su barrio sobre un templo anterior, y le consagró unas fiestas que hoy van del 9 al 15 de agosto. Sobre el papel, un programa de actos. En la calle, otra cosa muy distinta.
Todo empieza el día 9, a mediodía, con el cohete. Quien no lo ha vivido no puede imaginar lo que es una plaza compacta de camisetas blancas todavía impolutas, a las que quedan minutos de vida, y miles de pañuelos verdes esperando un estallido. Cuando por fin suena, la plaza revienta y la ciudad se pone en marcha para una semana. Huele a pólvora, a colonia y a vino derramado sobre algodón nuevo. Ese olor, mezclado luego con la albahaca y con la sandía fresca en cualquier esquina, es para los oscenses el olor de la felicidad. Sin exagerar.
El blanco y el verde merecen explicación, porque el forastero suele tomarlos por un disfraz y son casi lo contrario: un uniforme que iguala. El blanco de la luz de agosto junto al verde de la esperanza y de la albahaca, esa planta humilde que la ciudad convirtió en emblema. El porqué lo cuenta la leyenda: en la hoguera del martirio se arrojaron ramas de albahaca para que su perfume tapara el olor de la carne quemada. Historia documentada, poca. Verdad poética, toda. Desde entonces el mártir y la planta van juntos, y esta ciudad honra al uno oliendo a la otra. La albahaca se bendice, se regala, se planta en macetas que asoman a los balcones, se lleva la ramica tras la oreja o prendida en el pecho, y hasta tiene jota propia, que en Huesca es la forma más seria de tomarse algo en serio. Una fiesta entera cabiendo en el aroma de una planta de huerto. A ver quién da más con menos.
Si San Lorenzo es el alma de la fiesta, los danzantes son su columna vertebral, y hay noticia de sus dances desde hace siglos. Vestidos de blanco, con pasamanería y rosetones, ejecutan al son de orquesta las danzas de palos, de espadas y de cintas, y ese dance sobrecogedor del degollau en que los aceros rozan el cuello del compañero. Al frente, el mayoral. Cerrando la cuadrilla, el rapatán, el niño que garantiza que esto no se acabará nunca. Porque ser danzante en Huesca no es apuntarse a nada, es heredar. Hay apellidos que se repiten generación tras generación, y he visto a hombres hechos y derechos, de esos que no lloran ni en los entierros, romperse por dentro al danzar ante el santo. Un oscense puede discutirle a usted de política, de fútbol y hasta de gastronomía. De los danzantes, no. Ahí no se entra.
La mañana del 10 de agosto, la procesión saca a San Lorenzo por las calles de su ciudad, con los danzantes acompañándole y batiendo los palos sobre el asfalto. El incienso se mezcla con la pólvora de la víspera y con la albahaca de todos los balcones, y uno comprende que aquí lo sagrado y lo festivo llevan siglos entendiéndose sin pedirse explicaciones.
El resto lo ponen las peñas, con la Alegría Laurentina, septuagenaria, junto a la Zoiti, La Parrilla y tantas otras; las charangas que no dejan calle sin música, los almuerzos interminables, las vaquillas de la mañana, las ferias, los conciertos y esa institución suprema que es la mesa compartida. Aquí no se pregunta a nadie de dónde viene, se le pregunta si ha comido. Quien llegue de fuera debe saber a lo que se expone: en cuarenta y ocho horas llevará pañuelo verde, habrá perdido la camiseta a manos del vino, una peña lo habrá adoptado y opinará de los danzantes como si hubiera nacido en el Coso. Nadie se lo impedirá, al contrario, se lo exigirán, con esa hospitalidad seca y sin aspavientos que es la marca de la casa.
Han pasado los años. Aquella novia que me bajó del autobús es hoy mi mujer, y nuestros dos hijos viven San Lorenzo como si la fiesta fuera suya, porque lo es. Comprendí hace mucho todos aquellos porqués, y al comprenderlos me enamoré de esta tierra como antes me había enamorado de la mujer que me trajo hasta ella. Nunca he sabido cuál de los dos amores le debe más al otro. Tampoco hace falta averiguarlo.
Como todos los meses de agosto, que cantaría Ixo Rai!, cuando el cohete está a punto de sonar, pienso en todos. Pienso en la familia reunida alrededor de una mesa que cambia de tamaño cada año. En los que están fuera y cuentan los días para volver, porque no hay oscense en el mundo que en agosto no mire el calendario con el corazón encogido. En los que ya no están y no volverán a anudarse el pañuelo, y que sin embargo salen con nosotros el día 10 aunque no se les vea, porque la fiesta es suya más que de nadie ya que ellos nos la dejaron en herencia.
Pienso en el turista que llegó de paso y se irá con la camiseta rota y una peña nueva en el corazón. En los católicos que rezan al santo y en los fiesteros que lo celebran a su manera, que bien mirado es otra forma de rezarle. En los que este año encontrarán el amor en mitad del gentío, y ojalá tengan la suerte que tuve yo. En los de la noche larga y en los del vermú y la procesión, que son la misma fiesta a distintas horas. Pienso en los dirigentes que cargan con la responsabilidad de que todo salga bien, en los empresarios y hosteleros que se dejan la piel una semana entera para que no falte de nada, en las fuerzas de seguridad que velan sin hacerse notar para que la alegría no se tuerza, en los empleados públicos que cada madrugada devuelven las calles limpias como si la fiesta empezara de cero, en los periodistas que cuentan cada detalle para quienes no pueden estar y en el personal sanitario que está preparado por si hay que ayudar en alguna urgencia. A todos los que hacen posible este milagro que se repite cada año se lo dice, de corazón, un murciano que aprendió aquí a ser de Huesca: MUCHAS GRACIAS y ¡VIVA SAN LORENZO!