Julián Illana

La Navidad en un bolero

Médico de familia
20 de Diciembre de 2025
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 Actuación de Elenco bailando villancicos en los Porches de Galicia de Huesca. Foto Mercedes Manterola
Actuación de Elenco bailando villancicos en los Porches de Galicia de Huesca. Foto Mercedes Manterola

La Navidad llega siempre sin pedir permiso. Se cuela por las rendijas del calendario, sabe a turrón, suena a villancico y a pasos conocidos por el pasillo. La Navidad no es solo una fecha: es un reencuentro. Con los nuestros, con lo que fuimos, con lo que todavía somos capaces de ser cuando bajamos la guardia.

Cada uno tiene su propia historia y sus recuerdos de estas fechas. La mía está ligada a un pequeño pueblo de la serranía de Cuenca llamado Cañamares. Mi familia materna procedía de allí y, desde muy pequeño, mis padres me llevaban a pasar las vacaciones a la casa de mis abuelos. Una casa sin calefacción donde el invierno entraba sin llamar. La única estufa calentaba a base de leña, y era el abuelo Paco quien la alimentaba cada pocas horas, como si cuidara de un corazón encendido. Por la noche, tiraban los colchones al suelo del salón y nos cubrían con varias mantas para que mi hermana y yo no pasáramos frío. Afuera helaba, nevaba, y el gran olmo centenario de la plaza amanecía cubierto de escarcha, inmóvil y blanco, como un guardián del tiempo.

De vez en cuando, escuchábamos algo de ruido en el exterior. Mi abuelo era el cartero del pueblo y el buzón que daba a la calle consistía en una pequeña rendija abierta en una placa azul que daba directamente al salón de la casa. No dejaban de entrar cartas. Cartas a los Reyes Magos de todos los niños del pueblo. Cada carta caía como un milagro cotidiano que hacía volar la imaginación. Mi abuelo las custodiaba como si fueran tesoros y las metía en la saca que el coche de línea recogía cada mañana en el cruce de la plaza.

Las calles, muchas todavía sin asfaltar, olían a chimenea y a invierno verdadero. A los coches les costaba arrancar, especialmente el de mi tío Luis que siempre lo forzaba más de la cuenta. En casa, la televisión era en blanco y negro, y el mundo cabía en dos colores. El día que llegó la de color fue una revolución, un asombro colectivo ya que los programas especiales de Navidad mostraban detalles antes inimaginables.

En la cocina del corral, al calor de la lumbre, el abuelo contaba historias de la guerra. Las contaba sin odio, sin rencor, sin sembrar venganza. Eran relatos llenos de reflexión, sembrados con cuidado, pensados para su nieto, para que entendiera que aquello no debía volver a suceder nunca más en España.

La mesa se llenaba de gente querida. No había lujos ni excesos, pero todo sabía mejor porque estaba hecho con cariño y con tiempo. Nadie quería levantarse de la mesa. Era un momento mágico, frágil, eterno. Y cuando de esa mesa empezó a faltar gente, los niños nos convertimos en mayores. Aprendimos el peso del recuerdo y el nombre exacto de la pena.

En familia, la Navidad adquiere su verdadera dimensión. No importa si la mesa es grande o modesta, si hay turrón del caro o del de siempre. Importa quién se sienta. Importa la silla vacía que duele y la risa nueva que irrumpe. Importa la memoria. Porque la Navidad es también un álbum invisible de recuerdos: los abuelos que ya no están, las tradiciones que resistieron el paso del tiempo, las manos que aprendieron a partir el pan juntas. Es una historia íntima y colectiva a la vez.

Tiene, además, un significado religioso que ha atravesado siglos. Celebrar el nacimiento de Jesucristo es celebrar la esperanza, la humildad de un Dios que llega sin ruido, en un pesebre, para recordarnos que lo esencial no suele venir envuelto en grandeza. La Navidad cristiana habla de amor al prójimo, de perdón, de paz. Palabras gastadas por el uso, sí, pero imprescindibles cuando se viven de verdad.

Las tradiciones, que no son cadenas sino hilos, nos atan a un pasado común y nos permiten reconocernos. Encender una vela, montar un belén, cantar lo de siempre. Repetir para no olvidar. Porque quien olvida de dónde viene corre el riesgo de no saber hacia dónde va.

En uno de esos boleros de Los Panchos, que saben más de la vida que muchos manuales, se decía que “tres cosas hay en la vida: Salud, Dinero y Amor”. Y es cierto. Sin Salud, todo se apaga; sin Amor, todo se vacía; sin Dinero, todo se complica. Pero hay algo que sostiene a las tres, algo que las hace posibles y dignas: la Libertad.

La libertad es el aire que no se ve pero sin el cual no se puede respirar. La libertad de pensar, de creer, de celebrar. La libertad religiosa para vivir en paz la fe que cada uno elige o no elige. Defender la Navidad, en su sentido más profundo, es también defender esa libertad: la de celebrar el nacimiento de Jesús sin miedo, sin imposiciones, sin amenazas. En un mundo donde a veces las convicciones chocan y donde existen visiones religiosas que no siempre aceptan al diferente, es importante recordar que la libertad no se impone, se protege.

Protegerla no significa atacar a quien piensa distinto. Al contrario. Significa afirmar con serenidad que el respeto es la única frontera legítima. Respetar a quien profesa otras religiones, a quien no cree, a quien vive la vida de otra manera, siempre que no haga daño a los demás. La libertad auténtica no excluye: convive.

Por eso debemos dar gracias. Por vivir en una sociedad occidental, en Europa, donde la diversidad es un valor y la libertad un derecho que costó siglos conquistar. Nada de esto es definitivo ni está garantizado para siempre. La libertad, como la Navidad, hay que cuidarla cada año, renovarla, defenderla con todas nuestras fuerzas, sin estridencias pero sin renuncias.

Queridos Reyes Magos: Este año no pedimos cosas. Pedimos tiempo para escucharnos y paciencia para entendernos. Pedimos puentes entre pueblos que se miran de lejos y palabras nuevas para generaciones que a veces no se encuentran. Ayudadnos a cuidar lo común, a respetar lo distinto, a recordar que nadie sobra cuando se construye el futuro. Traednos la valentía de dialogar sin miedo, la ternura para corregir sin herir, la memoria para no repetir errores. Regaladnos escuelas donde se enseñe a pensar, espacios dignos donde podamos sanar, hogares donde se aprenda a querer, plazas donde la convivencia sea posible. Si podéis, dejad un poco de esperanza en cada zapato. Que alcance para unos cuantos meses, que falta nos hace.

Y así, entre tradiciones que se repiten y deseos que se renuevan, la Navidad vuelve a cumplir su misión más humilde y más grande: recordarnos que lo verdaderamente importante es estar juntos. Amar. Cuidar. Creer que un futuro mejor empieza hoy, alrededor de una mesa. Quizás, al final, de eso va la Navidad. De sentarnos juntos, de mirarnos a los ojos, de recordar lo importante: Salud, Dinero, Amor y Libertad. Para creer, para celebrar, para vivir en paz. Y para seguir llamando hogar a ese lugar, físico o emocional, donde nadie nos dice quién debemos ser.

Volver a la casa de la infancia, aunque ya no exista. Volver a las manos que nos enseñaron a amar. Volver a sentarnos juntos, aunque no pensemos igual, aunque la vida nos haya cambiado. Porque el Amor de la familia, la de sangre y la elegida, es la única tradición que no envejece. La compañía de los seres queridos no necesita grandes discursos: basta un abrazo largo, una conversación sin prisas, un “estoy aquí” que lo diga todo. Por ello, disfrutad de cada pequeño momento porque es fugaz y eterno.

Con todo mi cariño, ¡FELIZ NAVIDAD!

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