Cuando uno se pone a hablar o escribir acerca de un ser querido al que acaba de perder, corre el riesgo de hacerlo más de uno mismo que de aquel a quien quiere referirse. Más cuando la pena y el desconcierto todavía nublan el ánimo y la memoria.
Espero no caer en ello en el momento en que intento trazar unas pinceladas de lo que mi amigo Bernardo Baquedano fue y significó para nuestra sociedad y, claro, también para mí.
Político y funcionario honesto y riguroso, tan aplicado en el discurso como en la gestión, de pensamiento elaborado y palabra certera, gozó de especial protagonismo en la etapa del CDS, apenas unos diez años entre la construcción, el auge y la caída de quizás el proyecto más sólido y prometedor del espectro político de centro (que terminaría como todos sus antecesores y sucesores sin excepción en el vertedero de la historia. Seguramente porque, pese a que buena parte de la ciudadanía española se declara en teoría moderada y centrista, en su articulación práctica se tropieza siempre con la dificultad de mantener ese precario equilibrio entre fuerzas contrarias.)
No obstante, Bernardo Baquedano se dedicó con pasión e inteligencia a este reto en el que invirtió vocación y capacidad de trabajo en el plano institucional, en el orgánico e incluso en el de activista.
Bernardo sabía hablar y sabía escuchar. En la conversación que con frecuencia derivaba en debate y análisis siempre hallaba un ángulo nuevo, un enfoque y una perspectiva brillantes que tú no habías considerado. Su agilidad mental y su almacén informativo eran demoledores.
Frugal hasta la exageración, a veces tenías la impresión de que se sustentaba con el humo de su sempiterno "ducados" mientras se iban enfriando los cortados sin que tuviera apenas tiempo de apurarlos enfrascado en la conversación.
No fue un hombre especialmente efusivo, tampoco muy dado a las confidencias personales, ni siquiera sobre su propia salud, un tema al que otros añosos aludimos con fatidiosa insistencia.
Sí fue leal, firme y sincero.
Quienes le quisimos, le quisimos así, como era, porque la amistad es precisamente eso, no una búsqueda del absoluto, sino un depósito voluntario de afecto y sentimientos.
Querido amigo: después de tantos desvelos maquinando ideas, acaso mereces no descansar del todo y que, desde algún lugar del universo espiritual, seguro que en compañía de tu entrañable compañero de batallas José Luis Pomar, sigas alumbrando con tu ejemplo y tu mirada, ahora silenciosa, pero siempre lúcida, nuestro camino. Estas pequeñas hormigas, a menudo desorientadas, que van a añorar tu sabiduría y tu amable consejo te lo agradecerán.
Hasta siempre Bernardo.