Eduardo Pérez Barrau

Premio a la mediocridad

13 de Junio de 2026
Guardar

La confirmación del fichaje del presidente del PAR, el Sr. Izquierdo, como asesor del Ejecutivo aragonés a instancias del propio presidente Azcón, y el anuncio del rescate del deporte de élite aragonés por parte del Gobierno de Aragón han vuelto a poner sobre la mesa las contradicciones en las que incurren los políticos en el ejercicio del poder y la enorme distancia que suele existir entre el discurso electoral inicial y las iniciativas políticas finales.

Estamos hablando de dos decisiones ejecutivas que dejan en mal lugar al Gobierno aragonés. Nada indica que el fichaje del presidente del PAR en calidad de asesor vaya a mejorar de alguna manera las capacidades ejecutivas del Gobierno autonómico. Se desconocen sus atribuciones reales, más allá de servir de nexo, como se ha dicho, entre el Gobierno y los concejales y alcaldes del partido político al que pertenece el asesor, y se ignoran las verdaderas motivaciones por las que se ha llevado a cabo este nombramiento.

Pareciera que se rescata del olvido electoral a un político en horas bajas. No hablamos de un miembro del partido que integra la coalición gobernante, sino del dirigente de una formación extraparlamentaria cuya trayectoria política futura resulta cuando menos, una incógnita. Este tactismo político, en un momento social en el país en el que se exige transparencia y se reclama un comportamiento ejemplar, deja mucho que desear.

Se ignora, por otro lado, la idoneidad de este premio de consolación. Y ello conduce inevitablemente a pensar en una utilización de la potestad ejecutiva -la de crear un puesto de asesor de estas características- como mecanismo para vehicular futuros favores políticos al margen de la opinión expresada por los votantes.

La incorporación del Sr. Izquierdo al organigrama del Gobierno del Sr. Azcón resulta aún más inconveniente porque colisiona frontalmente con el ADN político del partido al que pertenece el presidente aragonés. No se entiende esta forma de captar talento al margen del mérito que debería exigirse a la hora de evaluar la capacidad de cualquier candidato. Si el presidente del PAR ha quedado fuera del hemiciclo aragonés es precisamente porque los ciudadanos decidieron retirarle su confianza. Que ahora otro partido lo rescate no deja de ser una forma de desvirtuar la voluntad expresada en las urnas, que dejó a esa opción política fuera de la representación parlamentaria aragonesa. Premio, por tanto, a la irrelevancia.

Otro tanto sucede con el rescate del deporte de élite aragonés, eufemismo tras el que se esconde en realidad el fútbol profesional en Aragón. El premio de esta subvención no se concede al buen desempeño ni a la excelencia deportiva; más bien al contrario, viene a recompensar los peores resultados que pueden obtenerse. Con esta medida se transmite la idea de que la ausencia de resultados no tiene consecuencias ni repercusión alguna sobre la continuidad del apoyo institucional.

Puede colegirse así que el respaldo de las distintas administraciones al deporte aragonés llegará tanto si se gana como si se pierde, dejando de lado los principios de competitividad y esfuerzo que deberían primar en cualquier actividad deportiva. El dinero público vuelve, una vez más, a remunerar el fracaso.

No solo el destino de nuestros impuestos para el “rescate futbolero” presenta serias sombras desde el punto de vista de la legitimidad pública, sino que además se adopta de espaldas a una regulación que debería recoger las circunstancias y los requisitos por los cuales se ayuda a un club deportivo en una situación económica o financiera determinada. Porque, visto cómo se ha hecho por parte del Gobierno de Aragón, la operación se parece más a un favor concedido a una entidad privada -muy representativa, eso sí, de Aragón- que a una política pública justificada y transparente.

En ambos casos existe una extralimitación en la concepción de la acción política al ignorarse el requisito esencial del interés general. Tanto el fichaje del señor Izquierdo como el rescate del deporte de élite aragonés representan un premio a la mediocridad: a la carrera política del primero, hundiendo al partido político del cual es presidente, y a los pésimos resultados deportivos de los segundos.

Ambas decisiones parecen tomadas mirando más al rédito político futuro que al interés de todos los aragoneses. En un caso, se mantiene cerca a un dirigente cuya utilidad política puede volver a ser relevante; en el otro, se estrechan lazos con entidades de enorme peso social y mediático. Dicho de otro modo: se pone dinero y poder ahora con la esperanza de rentabilizarlos políticamente después.

Todo esto suena a mala política, a premios indebidos, a acuerdos de despacho y a chanchullos inconfesables entre bambalinas. Decepciona que el nuevo Gobierno caiga en esa vieja política que tanto critica cuando la practican otras administraciones gobernadas por partidos distintos. Y decepciona aún más porque no se trata de decisiones adoptadas al final de la legislatura, cuando algunos gobiernos sucumben a la tentación electoralista, sino al comienzo de la misma, casi como una declaración de intenciones o una guía de actuación para el resto de áreas del Ejecutivo.

Archivado en