Antonio Naval

¿Qué fue de Jaimito?

25 de Febrero de 2026
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Buena parte de la genialidad de los los filósofos ha traído consigo hacer difícil de entender las cosas ordinarias con sus explicaciones. En una comida de cafetería universitaria oí que un profesor le decía a otro, sé obscuro cuando no puedas ser profundo. También oí que a algún predicador le dijeron “debe ser muy importante lo que has dicho porque no he entendido nada”. Es la cándida sinceridad que denuncia el procaz intento de crear confusión como recurso dialéctico.

La otra cara de la existencia es la de la gente llamada vulgar que a pesar de tal etiqueta es la que detenta el sentido común. Como nadie se llega a expresar, incluso con profundidad, mediante su peculiar poética, en la que el uso de la ambigüedad puede ser magistral. El chiste es el innato culmen de esta natural prerrogativa. Siempre me fascinó la profundidad que transmite precisamente por remitir a las intuiciones como medio de desciframiento, y por las soluciones que sugiere sin pretender recurrir a sesudos proyectos de ejecución. Llega a hacer evidente lo difícilmente explicable.

El chiste, en su ambigüedad, es una filosofía inteligible, de perogrullo, incontestable, que además de explicar lo inexplicable suscita complacencia en plenitud y risa. La risa, desconcertante prerrogativa del ser humano, siendo tonificante  frente a la ansiedad, llegó a ser denigrada por creer que pertenecía  a las malas artes del Maligno. Recuérdese  en  “El Nombre de la Rosa” todo lo de intrigante que tenía el libro oculto, la “poética” de Aristóteles en lo que se refería a la risa. Era tal la fascinación que suscitaba en aquel monasterio que fue ocultado como libro prohibido. La risa tiene mucho de desafío que desestabilizaba el orden preestablecido. Jaimito, el que fue avatar más vivo que el hambre, fue otra figura de la galería de existencialistas portador de tonificante enjundia como don Quijote y Pedro Saputo. Jaimito, cuando estaba entre nosotros, ofrecía explicaciones y soluciones a lo más desconcertante por enrevesado.

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Nunca nos reímos de nosotros mismos tanto como en los calificados ominosos tiempos de Franco haciendo de este personaje un tema de posibilidades jocosas inacabables. Podían ser tiempos difíciles pero no nos arrebataron el humor. Se pierde el humor cuando se percibe estar al borde del  precipicio. Y, ni qué decir lo que dieron de sí personajes como Fernando Morán y Matutes, ambos embajadores. Nuestro actual canciller Albares con no más sustancia que la que supone llevar unas gafas a lo Nietzsche, todo lo que sugiere es imaginarlo con la cara pintada de azul y con barretina blanca. Vean, vean ustedes sus andares por la alfombra roja de Bruselas. Su dialéctica es incontestable (incontestable porque no hay por donde cogerla, como la de tantos mindundis colegas suyos metidos a políticos). En este nuestro diario existir el desmoronamiento es tal, la hecatombe tan inminente, que no queda resquicio ni para que un Jaimito levante la moral. Se intuye el precipicio.

Con  Franco vino el aburrimiento que siempre trae el “más de lo mismo”, pero mal que les pese a los nuevos redentores: ni frustración nacional ni ansiedad personal. Con Jaimito y sin Jaimito nos reímos de nuestra sombra. Y para colmo de una percepción popular que tenía más de sana que de desquiciamiento en Europa nos cantaron “que viva España”. No, esto no es apología del franquismo. ¡Qué más querrían los que, a cambio, no ofrecen más sustancia que la que proporciona el sebo!

La semiótica es ciertamente inextricable, pero esclarecedora. La poesía y poética son recursos de confuso mecanismo pero de clara eficiencia en la comunicación. La ambivalencia y la “obra abierta” es de eficiencia creativa en el intercambio. Solo las obras de arte se hacen metatemporales cuando son obras abiertas al involucrar al contemplador inmerso en cualquier avatar de la historia, porque le permiten expandir su limitación existencial. Por eso el chiste es atemporal.

Hace unas décadas era impensable que las desventuras de nuestro país iban a ser tan adversas y las limitaciones de sus gestores tan desventuradas que el humor sería de difícil presencia en el devenir de los españoles. El pesimismo es la mala sombra de la alegría de vivir. El añorado Jaimito, con su filosofía simplona supo sacar rendimiento de lo desconocido, intrincado, confuso, contradictorio, demoledor..., filosofía simplona pero enjundiosa.

A la cuarta petición que hizo Jaimito para ausentarse de clase fue cuando su maestra, supuestamente perspicaz, se percató y al preguntarle cómo es que otra vez iba a asistir al entierro de su padre, él, con aplomo, le contesta: "Señorita, alguna ventaja tiene que tener tener tantos padres y no saber cuál es el auténtico”. Eso es sacar partido ejemplarizante de la vida. Positivar lo más desafortunado de la existencia. Es el pragmatismo del sinsentido, la lógica de la ilógica, que deja atónitos y, con contundencia, sugiere que la más sana reacción es reírse de la propia sombra.

Apareció la jaimitada progre que se auto constituyó en profeta del delirio, fastidiando la fiesta jocosa de la vida. Algo va mal en nuestra cultura del bienestar y del pretendido progreso cuando hemos dejado de reírnos de nuestra sombra. Algo va muy mal cuando ya no nos reímos de nuestro diario convivir. Hemos optado por apagar la luz para que así no nos moleste la mala sombra.

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